viernes, 26 de diciembre de 2014

Las trampas en la serie Marco Polo

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 27 de diciembre, 2014.

El Gran Kahn y Marco Polo en la serie de TV-Netflix.
Durante estos meses he estado cerca del tema Marco Polo, tal como se los contaba la semana pasada por la publicación que hice del Elogio de Marco Polo de Félix Pita Rodríguez (El Globo Rojo, 2014), un texto de excepcional manufactura que brilla en el universo de la literatura caribeña del siglo XX que tanto me ha conmovido. Ha sido a través de ese libro que conozco el original Libro de las Maravillas del Mundo dictadas por Marco Polo a Rustichello de Pisa, mientras estaban prisioneros en una celda en Génova, después de que había viajado 25 años por los territorios de Kublai Kahn entre 1270 y 1295 de nuestra Era.

Coincide la salida del libro de Félix Pita Rodríguez con el estreno de la serie Marco Polo en Netflix, misma que empecé a ver creyendo que se basaba en la obra de Polo y nada, a esta serie debieron de haberla llamado «Las batallas del Gran Kahn y el imperio Song», pero en lugar de eso, lo titularon Marco Polo sólo para atraer a más televidentes y por eso resulta que es un engaño, porque si Marco aparece en escena, no tiene nada que ver, ¡absolutamente nada!, con la trama de esta serie que fabricada al estilo americano que nada tiene que ver con lo poético y descriptivo que fue su viaje extraordinario.

En cambio, Netflix preparó un cóctel con la fórmula del aparente éxito, mezclando sexo, amor y violencia con dos que tres chinas encueradas, algunas historias de amor de la princesa al estilo de la Cenicienta y varias escenas de una violencia brutal y sádica empacado en una producción millonaria.

Nada como esto que decía Pita Rodríguez de  Polo: «Nunca otras ciudades como las suyas. Ni ahora ni siquiera entonces, porque mirar no es ver. Hormigueante la multitud que las miraban, pero ¿cuántos en ella con la facultad tan singular y solitaria de ver, que es apresar abarcando, y aneja, la condición aún más singular y más solitaria de separar y escoger y cernir cien veces, para que luego, en el contar y testimoniar sólo sobrevivan las piedras preciosas y queden atrás, en las landas infinitas de lo olvidado, las arenillas y las escorias sin valor?

»¿Quiénes antes que él levantaron el polvo de sus caminos? Nadie con el pensamiento descabellado de lo contrario, pues que estos caminos estaban allí, y el mundo estaba allí, desde siempre. Pero ¿quién les tomó el pulso antes que él? ¿Quién les vio el color escondido y les apreció primero lo delicado del perfume irradiado? Aquí sí que nos quedamos con la pregunta en el aire y sin respuesta.»

Nada que ver con esa oscuridad que domina la serie en los primeros capítulos, mucho menos, en esas escenas de sexo —que abundaba en la corte del Gran Kahn, pero que nunca las hace explícitas Marco Polo—, mucho menos la guerra contra el Imperio Song y su ciudad amurallada que, en la serie, es la cuerda del arco que tensa la acción dramática pero que no tiene nada que ver con Las maravillas del mundo menos, con todo lo que vio durante un cuarto de siglo.


Esta serie no tiene nada que ver con Marco Polo ni con las narraciones descritas, como lo entendió Italo Calvino en Las ciudades invisibles, una de sus obras maestras. Entonces, la serie hay que verla quitándonos de encima a Polo y verla como las batallas de los Imperios en el Lejano Oriente allá en el siglo XIII.