miércoles, 31 de diciembre de 2014

Los Reyes Magos y el fuego eterno

INFOSEL, Crónica cultural para el jueves 1 de enero, 2015.

Los tres Reyes Magos en esta obra de Andrea Mategna.
Viene el año nuevo sin el agua nieve ni con el pelo mojado, seguido de esos reyes legendarios que llegaron a Belén para confirmar la buena nueva convertida en esperanza, como deseamos se cumplan este año que inicia y que no sean como los propósitos que hacemos, que más tardamos en declararlos que en incumplirlos.

Seis días después del año nuevo celebramos a los Reyes Magos con regalos y juguetes para los niños. Nunca entendí por qué le habían llevado mirra, incienso y oro al niño recién nacido, hasta que ahora leo eso que observó Marco Polo y luego le contó a Rustichello de Pisa, cuando estuvo en Sava, en la antigua Persia, a finales del siglo XIII.

Todo lo que Marco miraba «era como una red inmensa que cuando la retiraba, venía llena de peces deslumbrantes: había visto lo que otros sólo miraban, pero él atrapaba lo que la realidad tiene de fabuloso», como esas narraciones que brillan y nos dan luz cuando leemos el Elogio de Marco Polo de Félix Pita Rodríguez, una fuente de la que he abrevado en estas fechas:

¿Cómo mirarle para comprender lo que nos está diciendo cuando habla de la ciudad de Sava, en Persia? Bueno, pues que cada quien lo comprenda a su manera, ¿no creen?

«En Persia se halla la ciudad de Sava, de donde partieron los tres Reyes Magos cuando vinieron a adorar a Jesucristo. En esta ciudad están enterrados en tres grandes y magníficos sepulcros. Encima de los cenotafios (esos monumentos donde no está el cadáver del personaje a quien se le dedica) hay un templete cuadrado, muy bien labrado y estos sepulcros se hallan el uno junto al otro. Los cuerpos de los reyes están intactos, con sus barbas y sus cabellos. Uno se llama Baltasar, el otro Gaspar y el tercero Melchor. Meser Marco interrogó a varias personas con respecto a estos tres reyes magos —dice Pita Rodríguez—, y nadie supo dar razón de ellos, exceptuando que eran reyes y fueron sepultados ahí en la antigüedad. Pero les voy a referir lo que averiguó más tarde sobre el particular:

»Un poco más lejos, a tres días de viaje, se halla un alcázar llamado Cala Atapereistan, lo que en nuestra lengua significa: ‘Castillo de los adoradores del fuego.’ Y esto es la verdad, pues estos hombres adoran el fuego. Les diré por qué lo adoran: las gentes de ese castillo cuentan que en la antigüedad tres reyes de esa región fueron a adorar a un profeta que acababa de nacer y a llevarle tres presentes: el oro, el incienso y la mirra, para saber si ese profeta era un dios, rey terrestre o médico. Pues dijeron que si tomaba el oro, era rey terrenal; si el incienso, era un dios; si la mirra, entonces era un médico...

»El niño cogió las tres cosas y, en cambio, les entregó un cofrecillo cerrado. Los tres reyes volvieron después de esto a sus respectivos países. Cuando hubieron cabalgado algunas jornadas se dijeron que querían ver lo que el niño les había dado. Y al abrir el cofrecillo se encontraron que tenía una piedra... Los tres reyes tomaron la piedra y la echaron a un pozo ignorando su significado. Cuando la piedra cayó al pozo, un fuego ardiente bajó del cielo y penetró ahí mismo. Cuando tal vieron los reyes, quedaron estupefactos y se arrepintieron de haber tirado la piedra, pues era un talismán. Cogieron del fuego que salía del pozo para llevarlo a sus respectivos países y ponerlo en un magnífico y rico templo. Y desde entonces está ardiendo y le adoran como si fuera un dios... Y son numerosos los que adoran el fuego en esta región...»

Así es como Marco nos trae la versión persa de la leyenda de los tres reyes magos —dice Pita Rodríguez—, y la enseña para decir sin decirlo que ésta es la raíz de la otra. No hay establo en Belén, ni hay estrella guía, ni esos reyes saben lo que van a encontrar: se preguntan entre ellos si será un rey de la tierra, un médico o un dios. Y cuando regresan a sus países, lo que traen para adorar el fuego sagrado que Zoroastro proclamara como dios supremo muchos siglos antes de Cristo. Si alguien anuncia el Renacimiento, ese fue Marco Polo en su Libro de las Maravillas del Mundo —como lo relata en su Elogio y que he descubierto como una más de las maravillas de este mundo.