viernes, 30 de enero de 2015

La disertación sobre las telarañas

México D.F., a sábado 31 de enero, 2015.


«Los últimos 500 años han sido testigos de un crecimiento vertiginoso y sin precedentes del poder humano. En el año 1500 había 500 millones de Homo sapiens en el mundo. Hoy en día, hay 7,000 millones», una cifra importante, me dije mientras Yuval Harari presentaba su libro De animales a dioses. Breve historia de la humanidad en el capítulo en donde explica los orígenes de la revolución científica cuando el hombre empezó a salir a la luz, tratando de contestarse tantas preguntas como las que se habían acumulado con el tiempo.

La revolución científica —explicó—, no ha sido la revolución del conocimiento, sino la revolución de la ignorancia, pues fueron los descubrimiento que hicieron los hombres los que pusieron en marcha esta revolución, cuando por fin los humanos se dieron cuenta que no tenían respuesta para tantas preguntas, ‘pues en las tradiciones premodernas del conocimiento, como el islamismo, el cristianismo, el budismo y el confucianismo, afirmaban que todo lo que era importante saber acerca del mundo ya era conocido’, es decir, que los grandes dioses, o el único Dios todopoderoso, o los sabios del pasado, eran los únicos que poseían la sabiduría de todo lo que se consideraban importante, tal como les habían sido reveladas en las escrituras o gracias a la tradición oral. Pero, si un joven quería saber ‘¿qué, cómo y porqué las arañas hacían sus ‘telarañas’? —como un día se lo preguntó Hugo Hiriart—, si la respuesta no estaba en los grandes libros, entonces, los sacerdotes le respondían diciendo que si no estaba en los libros sagrados que no se preocuparan porque eso que se preguntaban no tenía la menor importancia.

¡Ah!, pero llegó el siglo de la Ilustración y los que se preguntaban cosas encontraron respuestas aunque fuesen perseguidos por los fundamentalistas como pasó con el profeta Mahoma que «inició su carrera condenando a sus conciudadanos árabes por vivir en la ignorancia» y, luego, cuando él se declara el único conocedor de todas las verdades, dice que no hace falta hacer búsquedas inútiles más allá de las que le habían sido dadas a él.

Darwin nunca dijo algo parecido y no se creía ‘el profeta’ de los biólogos, ni había resuelto el enigma de la vida pues, después de tantos siglos, los biólogos siguen explorado tantas cosas y siguen teniendo dudas. Así son los científicos: viven envueltos con la duda y tratan, todos los días de librar el mundo de dificultades en el que se encuentran. De pronto, en 1969, pisamos la Luna.

Hugo Hiriart demostró cómo su curiosidad fue parcialmente satisfecha aunque en términos poéticos, cuando publiqué su Disertación sobre las telarañas en 1982 en donde dice lo siguiente: «Los artefactos son criaturas animadas. Prófugos de la blandura generable y corruptible de los organismos, álzanse arrogantes como esqueletos. Viven incansables su existencia cristalina y concertada, habitantes en los altos cielos de estrellas fijas, arquetipos y diosas, e inmunes al poder nefasto, a la cálida luna de los mortales, locos por necesidad…»

Cuando era su editor de cabecera, Hugo recordó esa frase que había visto colgada en la pared del consultorio de su hermana la doctora: ‘Hay que aprender a vivir en la dificultad’ y esa declaración había sido hecha por un científico o alguno de sus maestros. Ahora que la he tomado de mis diarios, uso esa bandera que ondea en el campo de batalla como leit motiv, conforme las voy resolviendo desde que he aceptado mi ignorancia y trato de encontrar una solución.