miércoles, 14 de enero de 2015

La viuda alegre, la opereta del año

INFOSEL. Crónica cultural del jueves 15 de enero, 2015.

Renée Fleming como la viuda alegre en el MET.
Empezar el año viendo y escuchando La viuda alegreDie Lustige Witwe de Franz Lehár (1870-1948) de este compositor austro-húngaro famoso por su operetas —aunque también escribió sonatas, poemas sinfónicos y marchas— y verla en la producción que ha preparado el MET de Nueva York este sábado 17 de enero a las 12:00 es otra manera de seguir festejando el inicio del 2015, disfrutando de los bailes —como esos que había en el XIX y que ya no existen— tal como los que veremos en esta obra que parece exaltar el estado de ánimo —a pesar de los pesares—, sobre todo cuando canta y baila Renée Fleming, que bien actúa como esa viuda alegre en el MET que la vemos cómo florece en escena donde se supone que es una atractiva y rica viuda disponible en el mercado de esas flores, tanto, que el embajador del principado de Pontovedro en París trata de conseguirle un marido de esa localidad para que su dinero se quede en el principado que está al borde de la quiebra. Para eso organiza, por lo pronto, un baile en los salones de su embajada en París.

Antecedente de los famosos musicals y que va de la mano de las hispánicas zarzuelas —como las que se sabían de memoria Tere Márquez y Eduardo Matos Moctezuma y que las cantaban a dos voces, como era Luisa Fernanda o Las boda de Luis Alonso… ¡Ah! cómo ‘añoro la dicha inicua de perder el tiempo’—, con esas frívolas, divertidas, empalagosas y deliciosas obras musicales cuyas tramas patinan sobre la superficie de la vida en sociedad y que entretiene al público que no desea otra cosa más que eso.

En La viuda alegre es el barón Mirko Zeta (Thomas Allen) el embajador de Pontevedra que trata desesperadamente de rescatar a su país de la quiebra a través de que esta viuda se gaste su fortuna en ese principado, sin que sepamos dónde está frontera entre la coquetería, la seducción y la necesidad de no perder ese capital fuera de sus fronteras y para eso se prepara el baile en la embajada donde Valencienne (Kelli O’Hara) la esposa del embajador coquetea con Camille de Rosillon (Alek Shrader), un francés que dice estar enamorado de ella.

Tanto el embajador como el resto de los invitados esperan a Hanna Glawari (la Fleming), invitada especial que llega más bien despampanante al tiempo que el embajador espera que Danilo Danilovitch (Nathan Gunn), un aristócrata ruso —mujeriego y jugador— logre casarse con Hanna.

En cuanto llegó la viuda entra en acción la adulación y todo mundo la admira girando como moscas a su alrededor. Vemos a Danilo que llega directo del Maxim’s y se la encuentra para platicar —es decir cantar— con ella y hacer un poco de memoria: Hanna había estado enamorada pero en vista de que socialmente no tenía el nivel que necesitaba, ese amor se disolvió en la nada.

Para entonces se inician los malentendidos: Valencienne pierde su abanico donde Camille había escrito Je t’aime, y cuando Kromow, el jefe de personal de la embajada, lo encuentra, cree que es de su esposa Olga y así se desarrolla en paralelo, esta comedia de equivocaciones y nosotros esbozamos una sonrisa porque sabemos que se va a armar la de San Quintín.

El embajador le ordena a Danilo que le proponga matrimonio a Hanna pero él se niega, pero le promete que va a mantener a la jauría de caballeros parisinos alejados de la viuda. Por su parte es ella la que escoge bailar con Danilovitch.

Al día siguiente seguimos con la fiesta y ese desfile de mujeres guapas, vestidas de lujo y esos galanes que van tras sus huesos —o su lana, no tanto por interés, sino por capital— en un oficio que tendría su beneficio.

En el segundo acto seguimos de fiesta y ahora es en la villa de Hanna; en el siguiente estaremos de parranda en el famoso Maxim’s. Lo que nadie sabía es que Hanna hace saber que en el testamento su marido había establecido que ‘quedaría desheredada si se volvía a casar’… Automáticamente, la runfla de parisinos pierden el interés por ella excepto Danilo, que bajo esas condiciones, le pide que se case con él…

Lo que bien inicia, bien acaba y por eso la viuda alegre una vez que acepta casarse con él, le confiesa que había interpretado mal eso del testamento y que, en realidad decía que ‘toda su fortuna pasaría a las manos del nuevo marido’ y así, como en toda comedia que se respete, tenemos otro final feliz para que salgamos encantados de la vida, bailoteando y cantando como la viuda pues por lo menos esto en esta vida, salió bien, aunque es una opereta como hemos vistos tantos musicals del siglo XX y por eso La viuda alegre tiene lo suyo en donde la escena es un París en plenitud de sus funciones.