miércoles, 7 de enero de 2015

Sueño de invierno: lo trágico de las pequeñas cosas

INFOSEL. Crónica cultural del jueves 8 de enero, 2015. 

Aydin y su hermana Necla en su estudio del hotel de Cappadocia    
Cuando la vida y la obra se entrelazan, todo lo que vemos en escena es una cara de la vida real pero como si fuera una obra de teatro en donde las personas son actores que tienen sus entradas y salidas en una de las siete edades del hombre y, cuando esas escenas se traducen en una película basada en la vida o en alguno de los cuentos de Chéjov, como esta que hicieron dos guionistas turcos como es Nuri Bilge Ceylán, (1959-) y su prima Ebru Ceylan, (1976-), entonces, el producto es una historia contada en poco más de tres horas, filmada en esa locación que parece ser irreal como es el Hotel Elkep Evi Cave en Cappadocia, Turquía con esas habitaciones en cuevas incrustadas en una montaña de piedra seca donde se logra, como en ninguna otra parte, una inmersión total en la intimidad de sus habitantes para ser testigos de una tragedia de las pequeñas cosas, oyendo con la cámara fija unos diálogos en close-ups aislados del mundanal ruido, que se quieren pero discuten, como lo hace Aydin (Haluk Bilinger, 1954-), un actor retirado decide hacerse cargo de esa estructura del Neolítico (9000 a.C.), que su padre había adaptado como hotel, donde estaremos constreñidos. Ahí, en esas recámaras o en su estudio tan acogedor, nos podemos concentrar en los diálogos y en los silencios como los que se llevan a cabo entre los personajes de Chéjov, parte de esas escenas íntimas que producen un constante choque de egos entre el hombre y la mujer.

Sueño de invierno o Kis uykusdo en turco, es la película que vimos el domingo pasado en la Cineteca Nacional. Había ganado la Palma de Oro en Cannes (2014) filmada en ese hotel en Capaddocia disfrutando del estudio de Aydin con su mesa de trabajo, su iBook donde escribe todo el tiempo y una lámpara con pantalla de pergamino y esa luz amarilla tan antojadiza, rodeado de libros, máscaras y objetos que compró durante su carrera como actor, hasta que decidió retirarse y administrarlo con su joven esposa Nihal y aprovecha el tiempo de ocio para pensar y escribir una columna semanal y, un día de esos, contar la Historia del teatro de Turquía.

De tarde en tarde, Necla (Demet Akbag 1960-), hermana de Aydin que padece una depresión post-divorcio, tirada en un sillón, no hace más que criticarlo como parte de esa cruda del divorcio de un marido que era alcohólico y seguramente golpeador, como lo podemos imaginar y, como parte de esa depresión dejó de hacer sus traducciones para pasar a la inacción total (muy chejoviana) y al aburrimiento, sin hacer nada, nada de nada, para ventilar su frustración y dejar de criticar su hermano y a su cuñada, la joven Nihal (Melisa Sözen, 1985-) a quien Aydin, en un arranque de celos, intenta abandonarla cuando ha llegado el invierno que cubre todo el paisaje para hacerlo más desolado e inhóspito, cerca de las montañas Tauro.

La obra es chejoviana en espíritu y por eso, podemos ver esa manera que tiene para mostrarnos la incapacidad del hombre para cambiar y dejar de ver la vida anterior para verla hacia delante. Hemos visto y sufrido esa imposibilidad de cambiar en Las tres hermanas y El jardín de los cerezos, y, por otro lado, esta obra nos transmite el panorama que bien conocía Chéjov como médico rural después de haber ido a la isla de Sajalín, frontera de Rusia y Japón —en una prisión como el que tenemos en las Islas Marías—, en donde decía que residía, sin duda, «uno de los más terribles absurdos a que puede llegar el hombre».

El Sueño de invierno ha integrado esos «instantes que tiene su densidad propia, una densidad que no está en el diálogo, sino en el silencio, en la vida que se escapa», como lo hizo Chéjov para revolucionar el teatro con dos procedimientos paradójicos: los diálogos que se suspende con pausas y los personajes estáticos, caracterizados por su inacción que, cuando cenan, no hacen más que eso, pero, durante esos momentos es cuando nos damos cuenta que se construye su dicha o se rompe la vida».

Como si no hubiera otra salida, todo es una sucesión de estados de ánimo que parecen simples, pero que son complicados como la vida misma y así es como se sirve de todo esto, no tanto para lograr efectos escénicos, sino para revelar la vida misma del alma.

Al terminar de ver esta larga historia de amor, salimos meditabundos, tratando de asimilar las grietas de esas intimidades que bien pudieron haber sido propias.