domingo, 22 de febrero de 2015

Caminar bajo el cielo azul

Día de campo a orillas del Manzanares. Goya, 1776.
Madrid, España, a sábado 21 de febrero, 2015.— Cuando camina uno por el Paseo del Prado en Madrid, se pasa a un lado del Museo del Prado donde hay una exposición magistral de Goya (pendiente de verla un día de estos), con obras de este artista que tuvo, como es de esperarse, diferentes etapas en su vida artística, entre otras como pintor de cámara antes de llegar a ser el de la Corte, tiempo después de haber ido a orillas del Manzanares donde captó escenas de la vida cotidiana bajo un cielo azul como el que he podido ver, paso a paso, durante estos días de un invierno tan amable como el de hasta ahora.

Tarda uno en entender muchas cosas cuando está uno recién llegado a Madrid, entre otras, que puede uno caminar sin mayores preocupaciones por unas banquetas anchas, bien construidas para poder hacerlo de manera natural, sin tumultos, simplemente caminar al paso que uno quiera, viendo a la gente que nos vamos encontrando por el camino donde aparecen 'unas tías bien vestidas' (como dicen por acá) que caminan igual por estos rumbos y, de pronto, uno levanta la vista para ver un cielo azul sin nubes, en donde vemos algunas de las primeras imágenes de Goya, tal como las que pintó con algunos madrileños de fin de semana bailando a orillas del Manzanares.

Y entonces, todo adquiere una dimensión diferente y las ideas se van acomodando una tras otra, como si hicieran cola esperando ser atendidas entre lo urgente y lo inmediato y uno, envuelto con una bufanda calientita, respira aire fresco y limpio, agradeciendo -con un gesto de la mano- a los coches que se detienen para dejarnos pasar cuando tenemos derecho a hacerlo que denota somos de fuera como en otras cosas por desconocer hábitos y costumbres.

Tomo nota: Goya llegó a Madrid en enero de 1775 para colaborar, bajo la dirección de Anton Raphael Mengs, primer pintor de cámara y director artístico de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, en el proyecto de los cartones de tapices destinados a los Sitios Reales. Pero su reconocimiento en la Corte no llegó hasta once años después, cuando fue nombrado pintor del rey en 1786, y luego como primer pintor de cámara, compartido con Maella, en 1799. El artista recibió siete encargos de cartones, en cuyas composiciones reflejó la diversidad del pueblo en escenas llenas de alegría y animadas por las diversiones, los juegos, los niños y las fiestas, pero también de violencia, engaños y tristeza, donde el deseo y la seducción actúan como trasfondo de la vida. Goya consigue una gran variedad de sentimientos por su extraordinaria capacidad para captar la riqueza de los tipos humanos, los diferentes atuendos masculinos y femeninos y la sugerencia de infinitas situaciones.

Al caminar desde el Barrio de las Letras –más propio no podía ser–, hasta la calle de Velázquez, está la estatua de Cervantes en la Plaza de las Cortes hecho cuando era un joven entero, con una pose que le corresponde a su genio, como si no hubiese tenido pena alguna, viendo hacia el Paseo e imaginando alguna de sus travesuras literarias y las formas de contar las del Caballero de la Triste Figura. De pronto, cruzo, por no haber dado una vuelta a tiempo, por la calle de Ruiz de Alarcón y me detengo encantado de la vida: eso, me digo, nada de creer verdades y sí en sospechas y, pensando en esto, sigo mi camino, a paso firme, como si todos estos avatares fueran parte de lo cotidiano y de una cierta alegría de vivir.