Hablar entre las mudas soledades

Madrid, España. Miércoles 18 de febrero, 2015.

Librería Juan Rulfo del FCE en Madrid, España.
He sido nombrado Gerente General del Fondo de Cultura Económica (FCE) en España por José Carreño Carlón, Director General del FCE. Feliz de la vida y emocionado, he viajado a Madrid para asumir los retos que implica esta etapa de mi vida con la que podré cerrar con broche de oro una historia y una vida como editor.

Madrid fue fundada y declarada capital del reino en 1561 por Felipe II de España, después de haber heredado la corona de Carlos I (1500-1558), quien decidió asentarse en este poblado y declararlo como la Capital del reino, entre otras cosas, por que está en el centro de su geografía. A partir de ese año, empezaron a llegar los artesanos, alarifes, cocineros, poetas -por supuesto-, dramaturgos, soldados, prostitutas y vagos de toda la Península de tal manera que, en cuarenta años, la población pasó de 20 a 85 mil almas. Ahora tiene 6.5 millones.

Como bien sabía Felipe II, Madrid está en el centro geográfico de la península que fue creciendo de manera desigual durante los siglos de la dinastía de los Habsburgo herederos del emperador Maximiliano I (1459-1519), reinando en España los siglos XVI y XVII desde Felipe I, el Hermoso (1478-1506), reconocido rey consorte de la Corona de Castilla, hasta el año de 1700, con la muerte de Carlos II, el Hechizado, con quien se inició la Guerra de Sucesión.

A la segunda mitad del siglo XVI se le conoce como el Siglo de Oro un tiempo en el que surgieron obras geniales de escritores de todos los géneros, al tiempo que declinaba el poder político y militar de España, para equilibrarse de esta manera las fuerzas que trataban de dominar el mundo.

En esa época nació Juan Ruiz de Alarcón (1580-1639) en Taxco, en pleno auge de la explotación de la plata en la Nueva España, quien después de estudiar en la Real y Pontificia Universidad de México (1600), decidió irse a la de Salamanca y quedarse a vivir en Sevilla donde conoció a don Miguel de Cervantes. Para sobrevivir, escribió varias obras de teatro que son joyas de la dramaturgia y que tuvieron éxito a pesar de la envidia y los celos que le tenía Lope de Vega, otro genio español que escribió miles de obras y entre otros, el Soneto 61 que es justo lo que necesito para enfrentar esta época de mi vida (ya otras veces publicado y leído en voz alta porque me identifico por completo en esto que tiene que ver con el cambio y sus sentimientos): 

Ir y quedarse, y con quedar partirse
partir sin alma, y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre suave arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo, jamás arrepentirse.

hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.
    
Por otro lado, en La verdad sospechosa Ruiz de Alarcón narra cosas nunca vistas por los españoles, como la fiesta que dijo haber ofrecido Don García, el indiano:   
Entre las opacas sombras
y opacidades espesas
que el Soto formaba de olmos, 
y la noche de tinieblas, 
se ocultaba una cuadrada,
limpia  y olorosa mesa,
a lo italiano curiosa,
a lo español opulenta
... 
Cuatro aparadores puestos
en cuadra correspondencia,
la plata blanca y dorada
vidrios y barros ostentan...
   
Cómo deseo hacer lo que hizo Ruiz de Alarcón y poder compartir en España «entre las opacas sombras» y compartir esas maravillas que hay en el catálogo de libros del Fondo de Cultura Económica (FCE) como las de Rulfo, Paz  o Gorostiza y su Muerte sin fin tan llena de vida, como tantas otras cosas nunca antes vistas.