Ocho siglos de tolerancia

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 7 de febrero, 2015.

Cantando con la guitarrita bajo los árboles frutales de el-Andaluz.
Una manera de estrechar relaciones con otras ciudades en el mundo es declarándola como «ciudad hermana», un proyecto que inventó Dwight D. Eisenhower en 1960 con la idea de «unir y estrechar a los pueblos y transmitir un espíritu de Paz y Amistad que rebase las fronteras.»

El 19 de agosto de aquel año, la ciudad de Guadalajara, Jalisco se hermanó —entre todas las ciudades—, con Downey, California —que no tengo la menor idea dónde está, mucho menos por qué fue la primera de las ciudades hermanas de la Perla Tapatía—; luego, en 1972 nos hermanamos con Tucson, Arizona —que bien valdría la pena recordárselo a los alcaldes de esa ciudad tan discriminadora— y más adelante, nos hermanamos con otras ciudades del mundo, por ejemplo, en 1976 con Milán y, en 1982, con Sevilla, España. Hoy en día, Guadalajara tiene treinta y nueve ciudades hermanas por todo el mundo, incluyendo la de San Petersburgo hermanada recientemente en el 2011.

Siempre he pensado que Guadalajara tiene mucho que ver con Sevilla y con la España del al-Andalus, esa que fue conquistada por los musulmanes del califato Omeya entre el 711 y 726 que llegaron a ocupar casi toda la península.

¿Será por el estilo de vida, frívolo y fiestero o por sus patios y jardines en algunas de sus viejas casas? No lo sé, pero reconozco una clara influencia de esa arquitectura inspirada en Marruecos por el arquitecto Luis Barragán, sobre todo en la casa que construyó en 1929 para don Efraín González Luna y que ahora ITESO Clavigero. ¿O será gracias a su clima los tapatíos y los andaluces viven en sus patios y jardines?

Si imaginamos algunos aspectos de esta extraña hermandad a lo mejor reconocemos en ese espejos algunas de sus cualidades, por ejemplo, la tolerancia que hubo durante los ocho siglos que estuvieron los árabes en España que fue ejemplar, pues con los bereberes cohabitaron con las tres religiones que hoy en día no se toleran: judía, católica y musulmana.

Es un tema que merece explorarse a ver si de esta manera encontramos cómo y por qué fue posible esa convivencia sin que actuara el fundamentalismo del Estado Islámico de nuestro tiempo o como el que aplicaron los Reyes Católicos en España en el XVI y que lo llevó al máximo de ferocidad Felipe II (1527-1598) cuando, a partir de la segunda mitad se consagró como el Siglo de Oro con Cervantes, Quevedo, Lope de Vega y Calderón de la Barca.

Para algo sirven las ciudades hermanas: viéndolos cómo se caen cuando caminan aprendemos a librar las batallas de la vida copiando lo bueno de su estilo de vida, a ver si de esta manera nos vemos reflejados, por lo menos, como en esos grabados medievales de los jardines de la Alhambra en Granada o los patios de al-Andalus que delimitan el espacio y marcan la geometría del lugar, aunque tuvieron en su tiempo formas distintas y pudieron estar cubiertos de naranjos o con una maraña de árboles y arbustos densos y altos o cuando eran solo un bosque de cipreses libres o recortados.


No se sabe a ciencia cierta, pero lo que sí vemos a través de esos grabados medievales es la chorcha amable bajo la sombra de los árboles frutales, guitarra en mano, en donde cantan historias, como las que podemos escuchar en uno de esos patios y jardines de las viejas casas de Guadalajara, que sabemos que hablan del amor y del paso del tiempo.