sábado, 21 de marzo de 2015

El orgullo de nuestros padres

Ciudad de México, a sábado 21 de marzo, 2015.

Catalina Corcuera en casa Luis Barragán. Foto Cristina Kahlo, 2013.
¡Adelante, adelante nobles ingleses, por cuyas venas corre la sangre de sus padres que, como buenos Alejandros, combatieron de sol a sol en estos mismos campos sin envainar la espada hasta conseguir la victoria! ¡Que sus padres se sientan orgullosos de ser sus dignos hijos! Eso es. Sentirnos muy bien sólo de imaginar que nuestros padres, vivos o muertos, se sientan orgullosos de lo que hacemos, como es el argumento que utiliza Enrique V cuando incita a su tropa para que entren por la peligrosa brecha y puedan, finalmente, tomar la ciudad amurallada y sitiada de Harfleur.

Es asombroso el énfasis que hace de este deseo (escrito en 1599) que casi todos tenemos en el fondo de nuestra alma: imaginar que nuestros padres estén orgullosos de lo que sus hijos hacen, es más que suficiente para sentirnos motivados y listos para enfrentar los azares de la vida.

Esto sucedió la semana pasada cuando la Academia Nacional de Arquitectura decidió, a través del arquitecto Francisco Covarrubias Gaitán, Presidente de la Academia, otorgarle a Catalina Corcuera Cabezut el título de “Académico Honorario” y, de esta manera, le confieren los derechos y obligaciones inherentes a esta nueva condición académica y profesional. Catalina ha sido la directora de la Casa Luis Barragán en la ciudad de México desde el 2000 y   desde entonces ha logrado varias cosas: uno, mantener la casa en buen estado; dos, que la UNESCO incluya esta obra arquitectónica en su catálogo de obras del siglo XX Patrimonio de la Humanidad y, tres, recibir cada año a más de 10 mil visitantes de todo el mundo sorteando toda clase de dificultades para fondear los gastos y costos de este mantenimiento y restauración y convertir esa casa en un hito del la arquitectura mundial.

Durante todos estos años aprendió como nadie del valor de la arquitectura y de los arquitectos del siglo XX. Y todo esto lo ha venido realizando con esa modestia, como lo hemos aprendido de los tapatíos hasta que se ha convertido en una manera de ser en nuestra vida profesional.

Por desgracia y por esos azares misteriosos, no pude estar en la entrega de su nombramiento pero, cuando regresó a casa sonriente, con su diploma en la mano, no pude más que pensar en lo feliz que podrían estar sus padres, Carlos Corcuera y Alicia Cabezut, al ver llegar a su hija con ese nombramiento por su trabajo. Imaginar esa posibilidad es más vigoroso que cualquier otra cosa.

Los impedimentos para estar con ella no disminuyeron para nada la luz que alumbra su camino como si, por un instante, se alinearan los planetas y públicamente le reconocieran su trabajo en la difusión de esa obra de arte de la arquitectura de un tapatío del siglo XX y hacerlo, todos los días, con esa emoción que contagia. Y así pues, las coincidencias en esta vida y el azar que se entremete, aunque no queramos, cuando estamos en el campo de batalla.

La simbiosis que se da cuando uno visita la casa de Luis Barragán es algo mágico: los espacios, la luz, la modestia y la elegancia juntas y hasta el carisma de ese arquitecto tapatío está a la vista en esa casa que construyó en 1947 y que vivió hasta que se murió en 1988. Es en esta casa que Catalina Corcuera ha podido promover la obra de un artista que ha dejado una marca en la historia de la arquitectura.

¡Felicidades!