lunes, 16 de marzo de 2015

Los fantasmas del barrio

Madrid, España, a sábado 14 de marzo, 2015.

Calle del Prado en el Barrio de las Letras
Me gusta cuando salgo temprano y camino por la Calle del Prado en el corazón del Barrio de las Letras en Madrid, en donde la fortuna me ha sonreído gracias a un ángel de la guardia que me permitió aterrizar, desde las alturas, para asumir uno de los mayores retos de mi vida.

Poco a poco lo he recorrido con calma y a diferentes horas. Por ahí deambulaban y vivían en la Edad de Oro, don Miguel de Cervantes (1547-1616), quien escribió a su mecenas «puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo…» para desear y ser enterrando en el Convento de las Trinitarias Descalzas que está también en este mismo barrio y poco después de haber terminado Los trabajos de Persiles y Segismunda, con esta especie de realismo mágico diciendo que «en esta vida los deseos son infinitos y unos se encadenan de otros y se eslabonan y van formando una cadena que tal vez llega al cielo y tal se sume en el infierno», como bien dice en esa otra novela que nunca, aunque él mismo decía que era lo mejor que había escrito, logró superar las delicias de Don Quijote. Ahora los expertos escarban en el Convento para ver si encuentran los restos de huesos de este gran novelista.

También vivía Félix Lope de Vega (1562-11635), el Monstruo de la Naturaleza, como le llamó Cervantes, un hombre que escribió tres mil sonetos, tres novelas y unas mil ochocientas obras de teatro, un hombre que participó del fracaso de Gran Armada para luego ser desterrado y vivir fuera por ocho años, un personaje que vivía siempre enamorado de tantas mujeres al mismo tiempo: «estaba casado con dos mujeres y entre las actrices, tenía un número indeterminado de amantes…»  

Al final de su vida, agobiado, se encerró en un claustro, tomó las órdenes sagradas aunque al mismo tiempo era el secretario de Luis Fernández de Córdoba donde funcionaba como secretario y alcahuete. Pero ahí está su casa en la calle de Cervantes —una especie de venganza poética de ese que fue siempre su rival—, además de tener otra callecita en este mismo barrio.

Por ahí está también el Ateneo de Madrid (Calle del Pardo número 21) proyectado en 1882, un edificio que le da una dignidad como la de sus miembros. Pero también existen otros lugares para tomar la ‘caña’ o un vino de esos que abundan en España, comer algo y salir a la calle a fumar desesperados hablando en voz alta, como si estuvieran en su casa. Otros más, después de varias cañas, cantan, como los amigos que decidieron venir de marcha en este barrio viejo de Madrid, con el edificio del Congreso en una de sus fronteras en la plaza de las Cortes y su estatua de Cervantes o nuestra Embajada que está enfrente, en la Carrera de San Jerónimo, con una Galería y el Instituto México tan activos en eso de promover las artes y las letras de México al tiempo que delimita el Barrio de las Letras.


Me gusta caminar por el barrio temprano, cuando las banquetas están mojadas, barridas de tantas colillas entre las lozas, cuando el aire fresco en este mes marzo invernal que le da la entrada a la primavera que ya vendrá a su apogeo. Entonces, salgo a comprar el periódico y de pasada, unos ‘caracoles’ recién hechos para saborearlos con un buen café.