La negra noche del alma

Ciudad de México, a sábado 11 de abril, 2015.

Bertrand Russell (1872-1970)

Ciudad de México, a sábado 11 de abril, 2015.— Justo antes de internarme el pasado miércoles para una cirugía de la ‘posdata’ –como dice mi amigo Max–, me sentí como los soldados ingleses antes de enfrentar a los franceses –descansados y cinco veces más numerosos que ellos– sobre la colina que veía el castillo de Agincourt. Lo que estos hombres sentían los expresa claramente el Coro del IV acto en Enrique V de Shakespeare con estas palabras que tanto me gusta recitarlas pausadamente. Se trata de ‘la negra noche del alma’, como lo recordarán los alumnos que han participado de los talleres de Liderazgo que inspira y motiva basado en ese joven rey medieval:

«Imagínense ahora ese momento en que los murmullos avanzan y las tinieblas se expanden por la gran nave del universo. De uno a otro campamento, en el seno de la noche, reverbera tan claramente el rumor de cada ejército que los centinelas en sus puestos casi oyen los secretos susurros de los otros.

»Las fogatas responden a las fogatas y, a través de sus pálidas llamas, cada ejército distingue la primera línea del contrario.

»Los caballos desafían a los caballos con sus estridentes relinchos que traspasan el sordo oído de la noche; y en las tiendas, los armeros avisan siniestramente de sus preparativos con el golpeteo de sus martillos al cerrar las bisagras de las armaduras, mientras terminan de aprestar a los caballos y a sus caballeros.

»Los gallos cantan.

»El reloj da la tercera hora de la mañana dormida. Orgullosos de sus numerosas fuerzas y con el alma segura, los franceses, confiados y jubilosos, se juegan a los dados a los ingleses, poco valorados y reprochan la lentitud de la marcha de la noche que, como una inmunda y horrenda hechicera, renquea penosamente.

»Los pobres ingleses, como víctimas condenadas al sacrificio, están sentados con resignación en torno a sus fogatas pensando en el peligro que va a depararles la mañana. Con esos tristes semblantes, en consonancia con sus demacrados rostros y sus gastados uniformes, semejan horribles espectros bajo la luz de la luna…»

Sí, así me sentía, como una ‘víctima condenada al sacrificio’. Por fortuna, todo salió bien y aquí estamos reponiéndonos después de la microcirugía que realizó el Dr. Mauricio Cantellano, con un gran anestesista como es el Dr. Odilón Vázquez Aguilera de tal manera que me ha permitido volver a la vida como uno más de los soldados de la tropa que sobrevivieron la batalla.

Sin duda esta es la ‘primera llamada, primera’ de los últimos actos de esta obra o del otoño de la vida antes de que inicie el invierno en donde, impotentes, vamos perdiendo independencia.

Por eso dan ganas de repetir eso que quería decirles Bertrand Russell a las nuevas generaciones sobre lo que realmente vale la pena considerar desde dos puntos de vista:

—Desde el punto de vista intelectual –decía– les propongo que cuando estudien algo se pregunten ‘cuáles son los hechos’ y ‘cuál la verdad que esos hechos sostienen’ y, desde el punto de vista moral, lo que tengo que decir es sencillo: ‘el amor es sabio, el odio es estúpido’… En este mundo, cada vez más interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a otros y, por eso, debemos aprender a aceptar que alguien pueda pensar o decir cosas que no nos gusten, pero sólo así podremos vivir juntos de esa manera y, si vamos a vivir juntos, y no a morir juntos, debemos aprender a tener un poco de caridad y tolerancia, dos cosas que son absolutamente vitales para la continuación de la vida humana en este planeta.