viernes, 3 de abril de 2015

Todo un Ulises

Ciudad de México, a sábado 4 de abril, 2015.
Ulises atado al mástil, escuchando 'la dulce voz de una sirena'.
Tito Monterroso escribió un día: “Me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”. Esa especie de confesión me llevó a esta otra igual pero en sentido contrario: “Me siento mal, todo un Ulises sin poder regresar a Ítaca”, quien después de haber dado la batalla tuvo que sortear esos obstáculos que se fueron encadenado, una tras otro, puestos por las diosas del Olimpo en cumplimiento de una ley de la física que explica que a toda acción hay una reacción igual pero en sentido contrario.

Ítaca estaba relativamente cerca, como lo está Madrid –once horas de vuelo–, pero ha sido imposible saber lo que puede suceder cuando a los dioses pelean por ese Ulises vanidoso que había cantado victoria. Nunca hay que cantarla, cuantimás si las voces llegan al Olimpo y despiertan a los dioses ociosos para que entren en acción y decidan hacer la vida imposible, tal como se la hicieron a los aqueos vencedores cuando intentaron regresar. Ponen trampas como todas esas que nos narra Homero en su poema como lo hizo Alfonso Reyes en ese espléndido traslado de La Ilíada de Homero: publicado por el FCE, México, donde podemos leer esto:

Canta, diosa, la cólera de Aquiles el Pelida,
funesta a los aqueos, haz de calamidades,
que tantas fieras almas de guerreros dio al Hades,
y a los perros y aves el pasto de su vida
—en tanto que de Zeus las altas voluntades
iban adelantando por su propio camino—
desde que la disputa enemistó al Atrida.

Una tras otra se fueron encadenando las desventuras de Ulises desde que intentó regresar, ahora hecho todo un calvario, con toda clase de sufrimientos, incluyendo esa de ‘oír la dulce voz de una sirena y no poder del árbol desasirse’, como decía Lope de Vega.  

Odiseo sufrió y enfrentó a los Cíclopes y una o varias estancias forzadas por las circunstancias, luchando con toda clase de animales, reales o mitológicos, invadido por nostalgia, la tristeza y la depresión, tuvo que sobreponerse mientras en el Olimpo se vengaban de aquel presuntuoso aqueo, pues como bien lo sabía Enrique IV, ese desafortunado rey de la Inglaterra medieval cuando exclama: ‘¿por qué la Fortuna nunca llega con las manos llena y siempre nos da las buenas nuevas, escritas con tinta roja?’

Ulises naufraga en la isla de Alcínoo, el rey de los míticos feacios y padre de Nausícaa quien lo encuentra en la playa mientras ‘Palas Atenea, transfigurada en heraldo del prudente Alcínoo, recorría la ciudad y pensaba en la vuelta del magnánimo Odiseo a su patria’, como lo rescató Jorge Arturo Ojeda De Troya a Ítaca (Fontamara, 2005).

Ulises siente la misma furia que sintió el troyano Héctor, cuando ya no lo escuchaba nadie y se preparaba para el combate… ‘como un silvestre dragón que habiendo comido hierbas venenosas espera ante su guarida al hombre y con feroz cólera echa terribles miradas y se enrosca en la entrada de la cueva: así Héctor con inextinguible valor permanecía quieto, desde que arrimó el terso escudo a la torre prominente.’

Es esperanzador saber que Ulises libró los obstáculos y llegó sano y salvo a su destino. Seguro que otro día, en la vejez, al atardecer, se va a sentar más calmado en su mecedora y les va a contar éstas y otras aventuras a sus nietos durante otra primavera furibunda, viendo llover sin mojarse, viendo cómo caen las flores azul-plumbago de la Jacaranda que lo cubre.