sábado, 9 de mayo de 2015

Al borde de la catástrofe

EL INFORMADOR. Ciudad de México, sábado 9 de mayo, 2015.

Ha sido sorprendente y afortunado volver a leer Al filo del agua (1947), la novela de Agustín Yáñez con ese título que tiene que ver con lo que dicen en los Altos de Jalisco —que traemos en la sangre—, cuando presienten que viene una catástrofe o empiezan a caer las primeras gotas gordas de agua antes de la tormenta: ‘Estamos al filo del agua’ —dicen— y, a partir de esa expresión, Yáñez estructura esa obra donde describe el ambiente, el contexto y el alma de la gente originaria de los Altos de Jalisco como pueden ser de Tepatitlán, del Valle de Guadalupe, de San Miguel el Alto, de Yahualica, Arandas o Jalostotitlán, entre otros.

Amos Oz tenía razón cuando dice que antes de viajar a una región desconocida, mejor leamos una novela sobre esos pueblos pues, de esta manera… «adquirimos una entrada a los pasadizos más secretos... y es una invitación a visitar las casas y sus estancias más íntimas… en donde podemos entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños…»

Es lo mismo que propuse a los Escritores de Turismo cuando se reunieron en el Hospicio Cabañas hace un par de años cuando ‘Pancho’ Martínez y Aurelio López Chávez me invitaron a dar una conferencia. De entrada, les pregunté si antes de viajar a Guadalajara habían leído The Edge of the Storm de Agustín Yáñez, porque si lo hubieran hecho —les dije—, podrían haber descubierto el interior de esas mujeres en la ventana y de esa manera podrían haber conocido ‘sus estancias más íntimas.’

Claro que de 1947, cuando se publicó la obra de Yáñez, a nuestros días, han cambiado las cosas pero, no estoy seguro si ese cambio es sólo de la fachada y adentro todo siga igual y siga siendo un pueblo de mujeres enlutadas, de gente y calles absortas; sin fiestas, seco, sin árboles ni huertos; sin alameda; pueblos conventuales en donde el deseo, los deseos, disimulan su respiración y los matrimonios se llevan a cabo en las primeras misas a oscuras —como lo percibió Yáñez.

Y ‘cuando la vida se consume —escribió—, las campanas mudan ritmo y el miedo, los miedos asoman, agitan sus manos invisibles y los deseos, los ávidos deseos, los deseos pálidos y el miedo rechina en las cerraduras… Nadie se ha muerto de hambre en estas tierras en donde es pardo el mirar y pardos los ademanes, tardos en resolver, el andar, el negociar, el hablar.’

Un pueblo seco —dice Yáñez—, ‘seco hasta para dolerse, sin lágrimas en el llorar’ en donde ‘el pobre habla al rico lleno de un decoro, de una dignidad que poco falta para ser altanería… en donde cada quien vive a su modo, libres, sin estar sujetos a necesidades o dependencias’ en donde los hombres se sientan del lado del Evangelio y las mujeres de la Epístola. 

Un día Yáñez invitó a mi padre a Tepa para ayudarle y que les aclarara que el gobierno no era ‘el diablo’ por promover la educación laica. Mientras, en la casa de Tepa —a espaldas de la Parroquia—, a la tía Raquel, soltera, enlutada, católica ferviente y con un sentido del humor muy suyo, la visitaba el cura Reynoso para tomarse una copita de jerez, jugar a las cartas y dejar de pensar en las jóvenes que se habían confesado que ellas… ‘¡ya yo ya!’ —con ese deseo disimulado en su respiración—, impedidas por eso a cargar la imagen de la Virgen en la procesión.