sábado, 2 de mayo de 2015

Desafiar los augurios

Ciudad de México, a sábado 2 de mayo, 2015.

Claudio, el rey de Dinamarca invita al príncipe Hamlet para que participe en un torneo de florete y daga contra Laertes, el hijo de Polonio, a quien el Príncipe había matado accidentalmente. Por un instante duda si la invitación es una trampa, pero acepta, a pesar que algo le latió que algo estaba mal y por eso se lo comenta a Horacio:

—No te imaginas lo mal que está todo aquí en mi corazón; pero no importa —le dice. Él sabía por una intuición en su apogeo, por esa inteligencia emocional que nos permite descubrir lo que está detrás de las cosas y de lo que nos dicen, con tal fuerza como si pudiéramos conocer de esa manera extraña la verdad de las cosas.

—Es una premonición como esas que perturbarían a una mujer —agrega Hamlet. Él, como muchos, creen que la intuición y esa inteligencia emocional es un asunto ‘de mujeres’, tal como lo pensaba Julio César que, poco después de haber aceptado lo que Calpurnia, su esposa, había intuido, suplicándole que no fuera al Senado ese idus de marzo, como buen macho romano, negó esos presentimientos sin darse cuenta que Calpurnia era la única gente en la que podía confiar:

—¡Qué ingenuos me parecen tus temores, Calpurnia! Siento vergüenza de haber cedido. Denme mi toga que iré al Senado.

Horacio funcionaba como espejo de Hamlet y por eso, puede ver reflejado su miedo con toda claridad:
—Si le disgusta algo, hágale caso —le dijo Horacio— y no se preocupe, que yo me encargo de todo.
Después de una pausa, Hamlet le contesta:

—Nada de eso Horacio. Hay que desafiar los augurios. Pues hay una providencia especial en la caída de un gorrión y si ha de ser ahora, no será luego; si no ha de ser luego, será ahora; y si no es ahora, será el día que llegue. Estar preparados, eso es todo y en vista de que nadie tiene lo que deja, ¿qué importa si lo dejamos pronto?

El resto sabemos tal como lo escribió Shakespeare en 1601, que lo hizo como si fuera una historia real porque de otra manera, cuando nos preguntamos… ‘qué hubiera pasado si…’, sabemos que esa pregunta pertenece a la ficción cuando analizamos nuestro pasado y vamos creando posibles bifurcaciones imaginarias —como las que Borges encontró en un jardín donde se bifurcan los caminos—, describiendo lo que pudo haber pasado si tal o cual cosa, como si la vida fuese parte de una novela en donde somos actores y los escritores son los dioses que deciden el final que se les ocurra.

Pero nada podemos hacer en la vida real para saber lo que se llevará a cabo en el futuro. No sabemos pero un día brinca la liebre pues son ‘¡sorpresas las que nos da la vida!’, como dice la canción.

Lo sorpresivo es el caldo de nuestra sopa y por eso admiro a los boy scouts que dicen estar ¡siempre listos! Eso es, hay que estar listos para aceptar lo que venga sin importar que el cambio sea brusco, irremediable, inesperado, sutil o imperceptible, a traición o de frente. Estar preparados, eso es todo pues, como decía Darwin: «en las especies, el que sobrevive no es el más fuerte, ni el más inteligente, sino aquel que responde mejor al cambio» o como pensaba Jean Monnet que «la gente acepta los cambios cuando tiene la necesidad, pero sólo reconoce esa necesidad cuando se enfrenta a una crisis». ¡Siempre listos!