La fiesta de los Arieles

Ciudad de México, El Informador del sábado 30 de mayo, 2015.—

Bertha Navarro, ganadora de un Ariel.
«Sentir júbilo por el éxito del otro y vivirlo como si fuese propio, pues cada buena película mexicana, cada reconocimiento, nos aporta a todos. Y no hay que olvidar que nadie puede hacer cine solo, hay que trabajar siempre con otros, el cine es producto de muchos talentos…»—dijo Bertha Navarro al recibir el Ariel por ser una productora que no ha soltado la toalla en las malas y que ha descubierto y traído a la alfombra roja a varios genios del cine, como al tapatío Guillermo del Toro, todo un fenómeno y uno de esos talentos que de niño no quería ir a la escuela y se la pasaba viendo sus cómics de terror, hasta que tiempo después, se dieron cuenta que estaba gestando El laberinto del fauno. Bertha piensa que en el cine, hay que «saber reconocer y aprender a ver al otro, así como, entender cuál es su talento, pues del Toro hubiera seguido por su propio camino… Yo, lo único que le di fue un empujón»… y esto lo sabe esta mujer que ha producido tantas películas.

En esta versión de los Arieles hubo más buenas noticias para los Navarro: la querida Valentina Leduc, hija de Bertha y del cineasta Paul Leduc, ganó otro Ariel como editora, que es lo hace desde que tenía uso de razón, trás de las bambalinas y como parte de uno de los eslabones de esa cadena, tal como dijo Bertha esa noche cuando habló de la industria cinematográfica en donde el ‘yo’ se convierte en ‘nosotros’, con esa tan atinada retórica y conocimiento de causa de esa industria donde es imposible pensar de otra manera.

Pero ahí no terminó la felicidad del pasado miércoles sino que siguió cuando vimos cómo es que arrasó Alonso Ruizpalacios con Los Güeros, como director de su ópera prima años después de haber llegado en la Royal Academy of Dramatic Arts de Londres (RADA), en esos años cuando tuvimos la suerte de conocerlo y tratarlo alrededor del 2001, que se integró al club de lectura de Shakespeare con Ilse, esa bella jovencita que se le acurrucaba agustísimo escuchando las barbaridades que decíamos los demás, mientras que él, con el colmillo que ya le había crecido en Inglaterra, nos ofrecía su perspectiva y los secretos de actuación que había aprendido, por ejemplo, cuando Ricardo II había sido derrotado por su primo Bolingbroke y le dieron ganas de «sentarse en el suelo y platicar unas tristes historias de otros reyes que han muerto», pues le había arrebatado la corona antes de darse cuenta que su reino estaba abandonado y estaba lleno de mala hierba, como lo explican metafóricamente los jardineros de la reina.

En los Arieles fue todo lo contrario: todo mundo estuvo celebrando con júbilo en el Palacio de Bellas Artes, pues bien nos había dicho Bertha que, ‘el triunfo de los demás, es el de todos’.

Esa noche vimos a la misma Ilse Salas quince años después, como a uno de los mosqueteros, hecha y derecha como actriz, guapa como ella sola, sabiendo cómo es que había empezado su carrera de la mano de su Tutor, hasta llegar a la pantalla grande con Restos y Los Güeros después de haber actuado en decenas de obras de teatro como Rey Lear o en Un alma simple de Flaubert, entre otras, para brincar a la pantalla grande y a la chica. Por todo esto y más, la noche de los Arieles fue toda una fiesta.