viernes, 5 de junio de 2015

Percibir esa música nos salva

EL INFORMADOR de Guadalajara. Ciudad de México, a sábado 6 de junio, 2015.

Margarita Molina y Adolfo Patrón,
fundadores de la Orquesta Sinfónica de Yucatán.
Si fuera ciego, les pediría a mis guardianes que me despertaran todos los días con los primeros tres minutos del primer movimiento de la Primera Sinfonía de Mahler*, para que así me pudiera imaginar cómo sería el amanecer, pero, en todo caso, que lo hicieran con la versión de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) tal como la escuchamos el jueves pasado en la Sala Nezahualcóyotl en su gira por la ciudad de México. (*Con razón imaginé eso. Acabo de descubrir que la intención de Mahler al inicio de su Sinfonía era describir ‘el despertar de la naturaleza después de un largo sueño invernal’.)

Finalmente, vi y escuché a esta Orquesta, once años después de que la fundó Adolfo Patrón con todo y el Patronato que ahora preside Margarita Molina, su esposa, feliz de ver la respuesta del público en la Nezahualcóyotl. La interpretación fue como una puesta en escena: bien cuidados los contrastes desde el murmullo del amanecer y el canto de la alondra, hasta las melodías sentimentales y, al final, Mahler hecho todo un Dante sale del infierno rumbo al paraíso en un ‘súbito estallido de desesperación como puede ser el de un corazón herido profundamente.’

El director es Juan Carlos Lemónaco y el programa inició con el Concierto para piano No. 5 de Beethoven, el Emperador con Jorge Federico Osorio al piano, un virtuoso que desglosa cada nota como lo hizo esa noche con el más famoso de los conciertos por ‘su virtuosismo que se combina a la perfección’ que arranca con una melodía que se repite y se modifica con pequeñas variantes, como si la improvisaran sin perder su grandeza y majestuosidad inspirada en la vida de aquel Emperador cuando gobernaba en el Palacio de Schönbrunn en Viena.

Hace una década, Adolfo Patrón fundó esa Orquesta con sede en la ciudad de Mérida, en el Teatro Peón Contreras, restaurado como Dios manda y desde entonces lo hizo como si no tuviera otra cosa que hacer desde que se retiró para irse a vivir a su ciudad natal y, entre otras cosas, pudiera promover como nadie antes lo había hecho para que los yucatecos pudieran percibir la música culta. Con el don y la habilidad que tiene Adolfo, logró, en unos años, integrar los fondos y las instituciones que le han dado vida a esa que dicen se llama ‘La Orquesta Sinfónica Nacional de Yucatán’.

Como buen amante de la música, sabía cómo podía salvarles la vida, tal como lo explica Xavier Güell (Babelia, 23.05.15) cuando escribe sobre la música como «el ruido, la furia de un mundo destemplado, egoísta, no nos permite oír nuestra propia armonía interior. Esa armonía… ese canto sereno, cálido, que proclama la reconciliación entre el pulso trágico que late inevitable en todo ser humano y las fuerzas ocultas de la naturaleza. Percibir esa música nos salva, nos proporciona el placer inmenso de sentirnos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos, en donde todo está concordado por una cadencia general.»


Lemónaco dramatiza el primer movimiento de Mahler alejando a las trompetas del foro al amanecer; con los cornos levantados en horizontal para mayor contundencia; con los dobles timbales y, por ahí, salpicado, el canto sereno con el que Mahler expresó algunos de esos sentimientos amorosos y esperanzadores. Sí, la música es efímera y sólo existe en el preciso momento que la escuchamos. Sin embargo, altera la manera de ver el mundo y el lugar que ocupamos en él. ¿No creen?