Cuando los planetas se alinean

México D.F. a jueves 24 de julio, 2015.

Algunos de los que ya no son planetas
Un día afortunado, me asomé por la mirilla del gran telescopio de dos metros que acababan de instalar en el observatorio de San Pedro Mártir en Baja California. Por primera vez me acerqué a lo que era el infinito: un espacio ocupado por miles de millones de puntitos brillantes, unos más intensos que otros, cuya densidad variaba, pero que nunca acababa, ¡nunca!

Esa noche sólo escuchaba el ruido del movimiento del telescopio mientras lo posicionaba el ingeniero José de la Herrán, después de haber capturado las coordenadas del objeto que el doctor Arcadio Poveda había escogido para ver en ese momento: las galaxias espirales gemelas que estaban a dos mil millones y medio de años luz…

—¿Qué? ¿A dos mil millones de años luz, es decir, que eso que vamos a ver es una luz que recibimos después de ese casi infinito tiempo? —le preguntó azorado Matías al doctor Poveda. Nunca pudo olvidar esta experiencia, ¡nunca!

El número total de estrellas que chisporrotean en el universo es cercano al infinito y las encontramos en más de cien mil millones de galaxias, una cifra inimaginable. Las estrellas de la Vía Láctea que vemos como polvo que colea por el espacio atravesando el horizonte de alguna noche despejada, son tan antiguas y están tan alejadas que su luz ha tardado millones o miles de millones de años en llegar hasta nosotros mientras esperábamos que el telescopio llegara a su lugar preciso para que nos pudiéramos asomar.

No hay pueblo alguno en este mundo que, al ver los cielos estrellados, no haya inventado leyendas, cuentos y mitos asociándolo con lo que se imaginaban o creían ver, en unas líneas imaginarias. Desde siempre, cuando las observamos, nos dan ganas de pedir que se cumplan nuestros deseos y les rezamos porque las asociamos con esos dioses que imaginamos o con ciertos animales fantásticos. 

Durante miles de años las estrellas han orientado a los marineros y a esos peregrinos que pueden navegar en medio de la oscuridad, como si navegaran en medio de la ignorancia. Cuando estamos de duelo, levantamos la vista y encontramos su alma brillando en algún rincón del universo. Es la forma móvil de la eternidad —como decía Platón— y como nos seguía contando Poveda la historia de Nut, la diosa egipcia del cielo nocturno, que la representaban pariendo estrellas y acercándolas a su oscuro vientre como lo podemos ver en los libros de la antigüedad.

En la madrugada habíamos salido para darle la vuelta a la cúpula y ver de un lado el Mar de Cortés y por el otro, el Océano Pacífico, antes de ver al Oriente como surgían los velos de las ninfas de Apolo que empezaban a bailar con sus transparencias anaranjadas y violetas. Bajamos en silencio para tomar el jeep que nos llevaría de regreso a nuestras cabañas para descansar un rato antes de emprender el regreso a México.

En verdad, guardar silencio era lo mejor que podíamos hacer después de haber navegado toda la noche, pasando desde lo obvio, las Pléyades y el cinto de Orión, hasta las profundidades o como quieran llamarles, todo con esa sensación de no ser más que un puntito menos que una caca de mosca en el mapa del universo que se expande y gira sin fin, como lo vi esa noche por millones de años para que pudiera ver esa galaxia elíptica color amarillo.*

Este fin de semana la Orquesta Sinfónica de Minería interpreta Los planetas de Gustav Holst (50 min.) con la sección femenina del espléndido coro EnHarmonía Vocalis, que dirige Fernando Menéndez y todos bajo la batuta de José Areán, con esta obra que nos hace pensar en la música de las esferas isabelinas y el placer cuando los planetas se alinean y todo funciona con una naturalidad espeluznante.

*NOTA: tomado este texto del libro en proceso A la orillita del río, que está en corrección. MCA.