El influjo encantatorio del engaño

México D.F. a sábado 25 de julio, 2015.

Chaplin actuando como il Cavlieri Cipolla de Thomas Mann.    
Mario Vargas Llosa escribió El caballero Cipolla y el desvarío griego, en El País (12.07.15) haciendo una analogía entre el poder de ese ilusionista con esos personajes que han podido convencer a las masas una vez que han creado un ambiente de miedo para que los sigan cómo si estuvieran hipnotizados, intuyendo lo que hacía Mussolini o lo que, un poco más adelante, haría Hitler para lograr la obediencia total de millones alemanes que parece que estuvieron bajo ‘el influjo encantatorio del engaño.’

Cipolla es uno de los personajes de Mario y el mago de Thomas Mann (1875-1955), publicada en 1930, después de haber recibido el Premio Nobel. Es una historia breve en donde dice Vargas Llosa que ‘la crítica ha visto siempre la parábola sobre el efecto encantatorio de los líderes carismáticos sobre las masas que, seducidas por la palabra del jefe, abdican de su soberanía y su poder de decisión para seguirlos a ciegas y dóciles, en sus extravíos’ y son capaces de hacer locura y media, como esos genocidios en donde se cargaron a millones de seres humanos sin resistir ni frenar su locura.

La novela trata sobre una familia de alemanes que se van de vacaciones a Torre de Venere, Italia: el marido, que es el narrador, su esposa y dos hijos pequeños para contarnos los sucesos de lo que pasaron ahí, en donde, de entrada, perciben un ambiente tenso e irritable por sentirse, de alguna manera, discriminados como extranjeros ‘rodeados por la mediocridad humana y la tontería burguesa, que hay que admitirlo, no por haber nacido bajo aquel cielo resulta ser más atractivo que bajo el nuestro.’

Los tratan como ciudadanos de segunda aunque, los chiquillos, inocentes, la pasaron de maravilla y nunca supieron ‘dónde acababa el espectáculo y dónde comenzaba la catástrofe’ y, por eso, se hicieron la ilusión de que ‘todo lo que había pasado era simplemente, teatro.’

Il Cavalieri Cipolla es un ilusionista que presenta su espectáculo en ese pueblo. Es un viejo deforme con una giba que esconde bajo su capa negra y que maneja un látigo que chasqueaba para realizar sus trances hipnóticos, parte del show, mientras que los niños entusiasmados de ver todo eso, saludaban a sus amigos: Mario, el mesero y otros con los que habían conocido o jugado.

Un día, la hija pequeña se llenó de arena y corrió ‘desnuda al agua, a pocos pasos se distancia, sacudió el traje de baño y regresó. ¿Quién podría prever la ola de burlas, de censura y de discusiones que su gesto y el nuestro provocó?’

Finalmente van una noche a ver el espectáculo de Cipolla. Nos confiesa su miedo de contar esa historia en donde ‘todos habían sucumbido a la singular fascinación con aquel hombre deforme que logró imponer y privar (o más bien suspender) la voluntad del público, como la que ejercía con el silbante fuete de la tiranía bajo la cual su arrogancia sometía a todos.’

Sin duda, dice el narrador, ‘existen fuerzas más poderosas que la razón y la virtud… fuerzas que unen la burla al espanto’. Ya entrada la noche, cuando se dio ‘el exaltado derrumbe de la resistencia que hasta entonces se oponía a la influencia de aquel hombre odioso’, llegamos al gran final, antes de despertar y darse cuenta del embrujo en el que habían caído por miedo. 
   Por ejemplo:
  --Para comenzar, pues, nuestro espectáculo --dijo el caballero Cipolla-- permítanme que me ponga más cómodo.
    Y se dirigió a la percha, para colgar la capa.
  --Parla benissimo --afirmó alguien que estaba cerca de nosotros. El hombre no había hecho aún nada, pero ya sus palabras se estimaban como un mérito, solo con ellas había sabido imponerse...