El suceder del tiempo

México D.F. a miércoles 8 de julio, 2015.— 

Mi Buenos Aires querido....
Las cuatro estaciones son como las cuatro edades del hombre sin importar si estas suceden en nuestra ciudad o en ese Buenos Aires que no ha perdido su personalidad ni su elegancia a pesar de los pesares o por la ausencia de algunos de sus artistas como Ástor Piazzolla (1921-1992) que decidió irse a vivir a París para poder hacer la música que él quería, dejando a un lado el tango clásico y con todo y su bandoneón como bandera expresar su nostalgia como esa que transpiraba al recordar cada una de las estaciones porteñas.

Nostalgia que pega más cuando uno ha nacido y crecido en una ciudad y se vive lejos de ella porque entonces, duele la lejana primavera, verano, otoño o invierno que, en esa ciudad porteña van contra reloj que las nuestras en el hemisferio Norte, como si sucedieran a contrapunto.

Tal vez por eso tardó cinco años (1965-1970) para componer sus Cuatro estaciones porteñas la pieza central del segundo concierto con la Orquesta Sinfónica de Minería para este fin de semana (11 y 12 de julio), una obra que ha sido orquestada por el músico ucraniano Leonid Desyatnikov (1955-) con Nadja Salerno-Sonnenberg al violín, el instrumento sobre el cual giran ahora las cuatro estaciones que nos llevan de golpe a esa ciudad entre sus edificios, costumbres, mujeres y hombres elegantes esos que extrañan el pasado como si no tuviesen futuro alguno. Una obra en donde el ritmo cambia levemente con cada una de ellas entre pausas y silencios.

En 1973 tuve la fortuna de pasar una noche completa en Buenos Aires, tan completa que estuve en Caño Catorce, la iglesia del tango, para escuchar al bandoneonista Aníbal Troilo (1914-1975), en escena, hasta atrás y sin luces, tocando como dios su bandoneón, frente a un público que sabía que estaba frente a uno de sus monumentos de esa música que nos mueve el tapete porteño. De ahí, con esa música dando de vueltas, caminé hasta el amanecer por sus calles con esa gente nocturna, como los búhos, unas parejas elegantes del brazo con tilmas de pelo de camello sobre la espalda, comprando libros o tomando, como lo hice para cerrar con broche de oro, una pasta al dente con un buen vaso de vino que cayó del cielo después de haber bebido toda clase de historias.

No puedo menos que recordar esa noche presencial —no virtual como acostumbro hacerlo—, la experiencia borgeana de la ciudad porteña y esa gente admirable que recuerdo como un relámpago en una noche lluviosa que asocio con la música de Piazzolla, una música que siguió creciendo en calidad y profundidad como las Cuatro estaciones porteñas que tienen la misma intención que esas otras barrocas como las recuerda por un instante en un pequeño homenaje a Vivaldi o como son esas otras joyas literarias del Diario de un espectador de Juan Palomar Verea en donde percibimos —virtualmente— cómo cada jardín es una lenta explosión de la vida que busca su propio lugar bajo el sol… y cómo es que se da el suceder del tiempo en ese universo que es el patio de su casa tal como lo entendió Piazzolla musicalmente durante los años que estuvo inspirado, recordándolo, cuando las primaveras anteceden a los veranos, otoños e inviernos en aquella vida que tuvo mientras crecía en su ‘Buenos Aires querido.’

Este fin de semana interpretan: de Juilán Orbón Tres versiones sinfónicas; Las cuatro estaciones porteñas de Ástor Piazzolla y de William Walton (quien compuso la música para la película de Laurence Olivier de Enrique V), Belshazzar’s Feast con EnHarmonia Vocalis y Fernando Menéndez como director coral.