lunes, 20 de julio de 2015

Un encuentro fortuito con Omar Sharif

México D.F., a sábado 18 de julio, 2015.

Omar Sharif y Julie Christi en Doctor Zhivago (1965).    
Hay cosas que no se pueden olvidar, por ejemplo, la noche que cené con Omar Sharif en Las Mañanitas de Cuernavaca en el verano de 1980, cuando estuve viviendo en esa ciudad, después de haber trabajado como loco en la revista Ciencia y desarrollo (1976-1979) del CONACYT. Esto lo cuento, entre otras anécdotas, en el libro A la orillita del río que corrijo para poder entregarlo a los editores para que se publique el año que entra.

Se trata de narrar varios recuerdos de la década de los ochenta, una feliz década cuando fui editor de literatura y que ha resultado algo que le llaman ahora ‘auto-ficción’ que, por cierto, está de moda después que Karl Ove Knausgaard publicó con tanto éxito Mi lucha. En este otro libro se desarrollan dos historias la del editor Matías Ventura (alter ego) y sus varias caídas en la lona y la del poeta Pedro Malatesta, a quien le publiqué su único libro. Dos vidas que tienen un punto de encuentro y que terminan a su manera.

Cuando la semana pasad nos enteramos de la muerte de Omar Sharif (1932-2015), protagonista del Doctor Zhivago (1965) junto con Julie Christi se me antojó compartir con ustedes esta historia tomado del manuscrito en proceso:

«Matías aprovechó los meses que vivió en Cuernavaca, movilizándose con su motoneta entre las siete barrancas buscando esos lugares donde Firmin, el Cónsul, se había emborrachado hasta caer por los suelos para ver desde ahí las faldas del volcán y su copete de nieve. Una cultura inútil en donde tomó la fotografía de una de las cantinas que quedaban de pie antes que les dieran marro.

»Por primera vez en su vida Matías no tenía horario que cumplir y ahora tenía toda la libertad del mundo: podía leer hasta la hora que se le antojara y levantarse a la hora que podía, aunque sus amigos, Guillermo Sastré y Rubén Cerda, pasaban para ir a correr a la Buenavista o alrededor del Rancho Cortés donde estaba su casa, para sudar como el Cónsul las copas del día anterior. Disfrutó mucho de esa libertad.

»Rubén era el mero, mero de Las Mañanitas y, un día cualquiera, le habló a Matías para preguntarle si podía ir a cenar a Las Mañanitas más o menos temprano:

»—¿Qué haces, Matías?
»—Nada, Rubén, leyendo y oyendo música...
»—¡Ah, qué bueno! Porque te quería pedir un favor. Mira…, esta mañana llegó al hotel Omar Sharif. ¿Te acuerdas del Doctor Zhivago de hace unos años?… Bueno, pues como tú hablas inglés, no sabes cómo te agradecería si lo acompañas a cenar esta noche. ¿Podrás venir un poco antes de las siete?

»Matías se bañó antes de salir y llegar fresco y rozagante a Las Mañanitas para tomarse un par de Martinis en esos jardines mágicos (los pavos reales durmiendo) para platicar un rato con Sharif de sus películas o del millón de dólares que había perdido en una noche en un algún casino de Mónaco o de sus libros: El eterno masculino o Juegue Bridge con Omar Sharif. Había enviudado de su la joven Faten Hamama (1955-1974), bella egipcia con quien tuvo a su hijo Tarek. Esa tarde-noche, Matías tuvo la impresión de que la vida le sonreía.


»Resultó ser un personaje inolvidable: amable, galán y jugador que, además, esa noche aceptó con gusto compartir su Suite con dos argentinas que, por equivocación, les habían cancelado su reservación. Cosas del azar y de la vida.»