Como rey del espacio infinito

México D.F., a martes 6 de agosto, 2015.—


Me senté en el asiento que está cerca de la ventanilla para desde ahí ver cuando pasáramos encima del Lago de Chapala a diez mil metros de altura, ahora con una cota de 94.3, como pocas veces en estos últimos años e imposible de imaginar que fuera la que tuviera hace un par de décadas. Ahora, le podemos volver decir como le llamaba mi madre: el mar Chapálico.

En cuanto había despegado el avión giró al noroeste y poco a poco tomó la altura y la dirección indicada en su ruta a Puerto Vallarta sobre la Sierra Madre Occidental, hasta desembocar en el esplendor y grandeza del Océano Pacífico.

Mi mujer se puso a leer y yo me quedé con la frente pegada a la ventanilla como si nunca me hubiera subido a un avión. Por lo pronto quería ver el manto extendido y los millones de habitantes que van como hormigas de un lado para el otro a vuelta de rueda por las vías de alta velocidad: ¿cómo podemos vivir tantos en esta ciudad y que todos los días haya agua, luz y trabajo para tantas almas? Por ahí ubiqué dónde quedaba mi casa: una cáscara de nuez. Sin quitar la frente de la ventana, con la vista sobre ese manto de la ciudad de México, a vista de pájaro, recordé lo que Hamlet decía que bien podía vivir en una cáscara de nuez y sentirse el rey del espacio infinito.

En ese momento el avión cruzaba un bodoque de nubes blancas, prístinas y espesas en lo que podría ser el principio del espacio infinito. Capas de nubes donde uno puede imaginar unas figuras grotescas como si fueran unos gigantes burlones con la boca abierta o como si se estuvieran riendo y otras, esos viejos ancestrales con el ‘ceño’ fruncido (conste que corregí y puse ‘ceño’ y no ‘coño’, como lo hice en el primer borrador), alrededor de esas bellezas que brillaban en el horizonte y debajo de ellas o los lados, nubes como pinceladas hechas con descuido por el Gran Acuarelista, grises, como sombras pálidas que se extendían mientras recorren el espacio como si las persiguieran. Debajo de ellas, la capa compacta de otras más gordonchas y bonachonas que daban ganas de echar el brinco y flotar, disfrutando de su blandura en esa parte del cielo.

Todo en completa transformación. Mutación constante.

Nubes que no pueden quedarse quietas por un momento ni para salir en la foto. Todo, como sabían los griegos, en cambio constante de forma y fondo. Y uno, como si nada, a diez kilómetros de altura, disfrutando del paisaje y de la blancura que se repite por los cielos y que duran el tiempo que uno las ve.

Seguí asomado a la ventana para ver el paisaje: me gustan las arrugas de las barrancas y su geometría fractal y ese deseo de imitar sus propias formas que siempre se quedaron en intento: eso que parecen dedos y que bajan en desorden desde la cima hasta el valle se entrelazan con lo demás, como buen objeto de la geometría fractal. Por allá la caída del agua y los humildes arroyos que se van conectando con los orgullosos ríos revoloteando con sus giros caprichosos —por la ley del mínimo esfuerzo— hasta llegar al mar dando de vueltas y desembocar en el Pacífico como ahora pretendemos hacerlo.

El calor que hace en estos días se va a compensar con la brisa y el agua del mar una vez que nos hayamos despojado de las vestiduras.