jueves, 13 de agosto de 2015

De la ausencia y la tristeza que provoca

México D.F., a jueves 13 de agosto, 2015.—

Sibelius y el canto del cisne en la leyenda de Kalevala.    
Conforme avanzó el concierto fui asociando algunas ideas y conectando con otras cosas. Por eso, cuando escuché ‘El cisne de Tuonela’ en la narrativa musical de las Leyendas de Kalevala de Jean Sibelius, pensé en el canto del ruiseñor que me visita al atardecer durante la primavera desde hace años, cuando me cantaba una melodía con todo y sus variaciones. El año pasado le hice tanto caso como si fuera una cita amorosa. En cuanto escuchaba los primeros trinos, desde lo alto de la Jacaranda que nos cobija, salía a la terraza a buscarlo para ver si lo veía —cosa que no logré— pero que, de todas maneras, le contestaba con esa misma melodía y otras variaciones. Así pasábamos un rato, como si él o ella correspondieran con su canto los placeres del agua fresca que disfrutaba con toda su familia en la pequeña fuente que tenemos en la terraza con todo y su chorrito de agua —que se hace grandote y se hace chiquito— sobre la superficie cóncava donde se meten, por tandas desde temprano en la mañana, padres e hijos de la camada, para refrescarse, papaloteando felices durante los meses de abril y mayo.

Este año, por desgracia no puede hacerle caso: estuve convaleciente, arrastrando la cobija sin poder levantarme del sillón para platicar con ‘Pavarotti’, como le he llamado desde entonces, sin investigar si era el mismo ruiseñor del año pasado o el heredero de estas costumbres y miembro honorable de su estirpe que genéticamente haya heredado de su padre o madre —porque tampoco sé si es él o ella—, la costumbre y el despliegue amoroso de su canto con el que hemos celebrado tardes enteras desde que se posó por primera vez al atardecer en una de las ramas de la desnuda Jacaranda, agotada, después de haber florecido.

De pronto, con cierta nostalgia dejé de escucharlo(a) y con cierta tristeza lo empecé a extrañar. Tal vez por eso, durante el concierto de Sibelius, me entró una nostalgia pensando que no le había dado la respuesta de otros años y que por eso se haya sentido abandonado como ahora yo me siento con esta música legendaria que acentuó este sentimiento, pues ya saben ustedes cómo es esto de la música: la más efímera de las artes que, apenas escuchamos lo que nos está contando, cuando ya pasó, dejándonos sólo una estela como si fuera uno de los velos transparentes del recuerdo: ‘sólo por ahoritita’, como podríamos decir, parafraseando la notable actitud de los AA, herederos del existencialismo francés.

Así como el piccolo y el fagot se hacen notar entre todos los instrumentos de la orquesta cuando entran en acción, así ‘Pavarotti’ lo hacía durante esas apacibles tardes de lectura, cuando no me importaba dejar a un lado el libro para salir a la terraza y contestar su llamado desde los primeros trinos, como esos enamorados que saben corresponder al chiflido de la Primavera en su diaria visita.

Ahora, fuera de temporada, salgo y chiflo varias melodías como lo hace el oboe en el canto del cisne de Sibeluis, tal como lo asocié cuando escuché su canto pero, como ‘Pavarotti’ ya se ha ido y no sé a dónde, ni por qué, sentí una vez más la nostalgia, por no haberle hecho caso y cuando ya me levanté de la lona, sabía que era tarde: había empezado el tiempo de aguas y Zeus, desde su Olimpo, los había espantado o simplemente se había cumplido un ciclo y en el verano los ruiseñores se van a otro lado. El hecho es que ya no oigo su canto y extraño las historias —repetitivas— que me contaba, como el oboe lo hace con su propia nostalgia, tanta, que me hizo recordar su ausencia.

Mientras le daba de vueltas a estas ideas y sentimientos, se había terminado la leyenda finlandesa de la Suite Lemminkäinen Opus 22, asombrado de la capacidad narrativa del finlandés que, además, provocó una serie de sentimientos que, sin saberlo a ciencia cierta, estoy seguro que en la leyenda nórdica se trata de la ausencia y la tristeza que provoca, integrada en una narración musical.