La libertad del niño y su papalote

México D.F. a jueves 7 de agosto, 2015.-


Uno de los sonidos que más nos puede llegar hasta el fondo del alma es el del violonchelo entre sus límites guturales que, de alguna manera, los entendemos mejor que otro instrumento.  Por eso siempre me he imaginado que el Quinteto de cuerdas Opus 163 D 956 de Schubert es en realidad mi 'auto-ficción' —como esa que estoy terminando de corregir para que esté lista el año que entra—, y digo 'ficción', porque sin duda estamos hechos de la misma materia que los sueños y cuando tratamos de ponerlos en blanco y negro, aunque bien sabemos que 'mil palabras dicen más que una foto', lo que consideramos como ‘realidad’ se ve metamorfoseada o trastornada, como decían en el rancho, creando así, por más real que haya sido el suceso, algo que tiene una columna vertebral llena de sueños y fantasías.

'Tal cual', como dicen los italianos, desde que inicia ese quinteto esboza dubitativamente su existencia, hasta que poco a poco, el chelo, como el de Pablo Casals –que vivió una época en Guadalajara—, empieza a tomar la iniciativa de la narración a insistir en las razones de ser y en la búsqueda de esas razones, en un vaivén que denota una sensibilidad como la que tenía el joven Schubert siempre enamorado de quien no sabía que lo estaba, al tiempo que se desgañitaba tratando de explicar lo que sentía, no con palabras, aunque sus ’lieder’ son más que obvias y, en este caso, uno de los dos chelos va tratando de contarnos cómo es que van y vienen sus sentimientos, sus angustias y su vida exaltada, casi siempre por el amor. Con el segundo movimiento casi lloro (que no es nada difícil, que digamos), porque es como si cantara mi propia desilusión.

Pero este fin de semana se trata de escuchar a Asier Polo con su chelo en el Concierto para violonchelo de Dvorák en donde podemos dejarnos llevar por ese sonido que nos habla tan al oído y que va directo al corazón, como si su tono y su rango así lo permitieran de manera natural. Lo va a interpretar la Orquesta Sinfónica de Minería en la Sala Nezahualcóyotl (sábado 8 a las 20:00 y domingo 9 de agosto a las 12:00 horas)

Y la maestría no se hace esperar. Más moderna que la obra de Schubert, volvemos a comunicarnos, una vez más, con ese instrumento y su lamentos o exaltaciones como si ya conociéramos esos sentimientos. La orquesta nos da el contexto antes que le permitan al chelo empezar a darnos su punto de vista, una vez que el dramatismo ha llegado a su máximo tan pronto, tan al principio, que no nos ha dado tiempo de sosegarnos en nuestro asiento y atender la cumbre del drama, cuando lo empezamos a escuchar, confirmando el tema con tanta seguridad antes de darnos su propia de versión de los hechos, siguiendo las consejas del corno que parece que le da un buen consejo.

Entonces, como si ya hubiese aprendido a caminar, se levanta y 'andó' el chelo lo mejor que puede: pidiendo tiempo y espacio para que lo escuchen con calma antes de abrir fuego graneado con vigor y contundencia para que la orquesta se quede en el fondo, entrecomillando el tema que tan bien lo ha entendido el chelo que repite la idea por completo y de pronto, como un niño que se siente en plena libertad, jugando con su papalote en medio del campo, corre de un lado para el otro, mostrando cómo es la libertad que tenemos la que nos permite estar vivos para que podamos expresar el gusto por la vida.