Los privilegios de la Naturaleza

México D.F. a sábado 8 de agosto, 2015.-

Zeus jugando con su rayos y centellas desde el Olimpo.
Cuando salimos de vacaciones los ánimos se distienden como si nos quitáramos un peso de encima desde el mismo momento en que tomamos la carretera para asombrarnos de lo bien mantenidas que las tienen, por lo menos esas que van rumbo a Guadalajara en el tramo de México-Atlacomulco (donde hay que hacer la primera escala para unos taquitos de barbacoa) y hacia el noroeste, por Maravatío, hasta llegar a la orilla del Cuitzeo para bordearlo y ver a esas garzas que vuelan y papalotean encima del espejo de agua, sin manchar su plumaje y luego, descansar en las copas de los mezquites que hay por el rumbo.

Como en el primer mundo y con un liderazgo que cuida de los detalles y no sólo ordena que se hagan las obras y que está pendiente de que se limpien, tal como lo vi, las pequeñas luminarias que hay en las defensas metálicas o los drenes y las caídas de agua para cuando llueva como sucede en esta época, cuando el campo está ‘verde que te quiero verde’ y uno respira a fondo y agradece, a quien corresponda, el cuidado por las cosas y su limpieza que permite se nos acomoden hasta los malos pensamientos.

Días de vacaciones en donde, los de mi generación, viajamos con los nietos que no desatienden sus WhatsApp’s y mandan ‘ya’ las fotos de lo que están viendo con todo y sus selfies, por si se les olvida como son, mientras oyen su música con sus audífonos, aislándose del mundanal ruido, incapaces de disfrutar el silencio, el viento y los colores, así como los privilegios de la Naturaleza en su apogeo, como el verde valle entre los bosques de pinos de La Marquesa o los Sauces llorones a la orilla de los arroyos o los Mezquites en el Lago de Cuitzeo o la selva tropical que hace una especie de promenade en la carreterita de ida y vuelta antes de llegar a Vallarta.

Pero hay que aceptar que cada generación tiene su modo de ver el mundo y cómo es que ellos lo ven a través de la imagen de sí mismos, como buenos ‘Narcisos’ que sonríen a la pantalla para que no digan que la están pasando mal o cuando posan entre las olas del mar cuando, por fin, hemos llegado a la playa para disfrutar de esa temperatura del mar de estas épocas, con ese oleaje que nos hace creer que está vivo, como si el movimiento fuese la expresión de su vitalidad, mientras nos dejamos llevar por la ola y, por las noches con su vaivén que nos arrulla después de ver lo que pensábamos que era una metáfora convertida en realidad como fue la ‘luna azul’, como esa vieja canción de la ausencia que experimentamos hace tanto tiempo, tanto que ya no nos acordamos.

Y así pasan los días y las noches cuando todo cambia y se respira hondo tan cerca de la Naturaleza como esa primera noche cuando cayó, por fin, una tormenta refrescadora y vimos cómo es que Zeus jugaba con sus rayos lanzándolos a lo largo y ancho del horizonte, como si estuviera en sus juegos olímpicos, sin escuchar el retumbo por lo lejos que los lanzaba. En medio de ese silencio, vimos toda clase de relumbrones que iluminaban el horizonte y veíamos cómo las palmeras temblaban de emoción como Venus lo hizo, ‘enferma de deseo y temblorosa de pasión’ cuando Adonis la descubrió desnuda, bañándose, un día de verano que es como una hora breve.