lunes, 21 de septiembre de 2015

Don Chico que vuela

México D.F., a jueves 24 de septiembre, 2015.— 

Con Eraclio Zepeda en la presentación de su libro en 1982.

No podía faltar ‘lo imprevisto’ de todos los días: el jueves por la mañana nos dieron la noticia del fallecimiento en Tuxtla Gutiérrez del escritor y amigo Eraclio Zepeda (1937-2015) a los 78 años de edad. Todo el día estuve pensando en él, en la vida que dura lo que tardamos en decir ‘uno-Constantinopla’ y en la muerte, cuando se apaga la luz y ‘lo demás es silencio’.

Eraclio tuvo una vida intensa —de eso se trata—, una vida que la pudo revivir, como los cuentos que nos gusta mucho que nos vuelvan a contar, desde que se puso a escribir su biografía en varios tomos, una vida plena de aventuras, de viajes por tierras lejanas como las que conoció de joven acompañado de Elva Macías, su mujer de toda la vida.

Él fue un cuentero por excelencia, como lo pudimos comprobar el día que viajamos a Guadalajara para presentar su libro Andando el tiempo en el Hospicio Cabañas en 1982,  un libro que se convirtió en el más vendido de la editorial. Luego de la presentación, fuimos a la casa de Anís Díaz de Blancarte en donde estuvimos hasta el amanecer escuchando, unos tras otro, esos cuentos hilados hasta que alguien le preguntó si todo lo que había contado era cierto y, Laco, con ese buen humor que tenía, le contestó: “Señora, no soy Notario.”

Nada más adecuado que el título de su libro ahora que ando por la ciudad divagando, recordándolo con la vista perdida, y tratando de recuperar esa otra memoria que, como faro nos ilumina en medio de la tormenta y nos permite resaltar algunos de los puntos cumbres de nuestra vida durante los años que trabajé como editor (1980-1994), emocionado cuidando los detalles: la lectura de los manuscritos, las posibles correcciones, el diseño de la portada, la caja y la tipografía con esos márgenes amplios y la regla de oro de la tipografía para que el lector no sufra de la miseria de esos editores avaros del espacio.

Entonces le sugerí a Laco que fuese Antonio Martorell quien ilustrara sus cuentos y capitulares a quien luego le pedí me hiciera un retrato con Catalina, mi esposa que debía estar sentada en el suelo —bella, plácida, mujer, mujer—, escuchando lo que estaba leyendo a su lado y que era ‘Don Chico que vuela’: Te paras al borde del abismo y ves el pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina ante mis ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas

Entonces, tomo de mi diario esto: «15 de mayo, 1982. Hoy cumplo 41 años. Por fin me siento atamañado —me he emparejado en el tiempo. Hoy vino Martorell y nos trajo las capitulares del libro de Laco. ¡La obra del artista, sus manos, su mirada, qué bien lo entiendo!… La vida sigue su marcha agradecido por la visita inesperada de Eraclio a la editorial de quien tan bien me había hablado Juan Rulfo diciendo que ‘era el último escritor del realismo mágico en México’. Eraclio me preguntó si podía publicarle Andando el tiempo

Memorias, recuerdos de nuestros viajes a Xalapa y a Guadalajara para presentar su libro, viajes donde habíamos platicado y soñado en donde él siempre estaba con el ánimo bien puesto, orgulloso de lo que hacía y modesto como hommo politcus y yo, su editor, el más feliz del mundo con ese libro que se vendía como pan caliente.


Sí, gracias Laco, fuimos muy felices contigo.