sábado, 21 de noviembre de 2015

Sin aliento

México D.F., a sábado 21 de noviembre, 2015.— 

Miles de hugonotes asesinados la noche de San Bartolomé, 1572.
Hay situaciones que nos quedamos sin aliento como todo esto que pasó el viernes 13 pasado en París o como pasó en el 9.11.01 cuando murieron 3,016 personas en las destruidas Torres Gemelas de NY cuando vimos actos que nos dejaron sin habla, o cuando leímos sobre los horrores de la ‘noche de San Bartolomé’ en agosto de 1572, cuando los fundamentalistas católicos, encabezados por Carlos IX de Francia y su madre, Catalina de Médici, mandaron matar a miles (no cientos), a miles de hugonotes (protestantes franceses), como parte de esa guerra religiosa (fundamentalista) como la que había en esos años en Francia. Ahítos de los sucesos en París, no puedo menos que desahogarme, con su permiso, escribiendo esta nota para compartirla con ustedes.

Volver a recorrer los lugares de los hechos y recordar cuando vimos a unas personas que prefirieron saltar desde lo alto de las Torres Gemelas —¡qué horror!— y los vimos caer por los aires sin poder aceptar eso que veíamos; ahora nos enteramos de esos islamistas asesinos, kamikazes, odiados por el resto del mundo que matan por matar envueltos en su locura fundamentalista donde creen que ganan con esos actos el paraíso prometido.

A sangre fría o bajo el efecto de drogas que alteran el sentido de la realidad, ejecutan a cientos de personas donde bien pudimos haber estado, como era en el concierto en Bataclán o tomando una copa en la La Bonne Bière o en el partido de futbol, cuando en un momento dado, sin tener vela en el entierro y sin darnos cuenta bien a bien, nos pasan por las armas unos tipos que tratan de imponer a Alá o lo hacen en venganza de otros extremistas en Siria.

Sin aliento. Mudos.

Pegados a la TV en directo, sentimos el frío de la madrugada en ese París otoñal, mientras iban y venían a los hospitales o a las morgues, enloquecidos, sin saber qué fueron esas explosiones o los golpeteos repetitivos que acabaron con la vida de los que, asombrados, no supieron lo que estaba pasando y medio escucharon el grito ‘¡Alá!’, o algo así, sin poder hacer nada antes de caer herido o muerto sin saber el resto de la historia.

La rabia de haber sido sorprendidos por unos demonios que cargan armas modernas que escupen balas y matan a esos que estaban ahí sin saber que iban a morir.

Mudos. Sin habla.

Moviendo la cabeza sin entender por qué hay gente capaz de hacer esto con premeditación, alevosía y ventaja, sin poder defendernos, ni enfrentarlos cara a cara, como debe ser, menos argumentar cualquier cosa y, de pronto, se apaga la luz y deja de latir el corazón que estaba entre la sístole y la diástole.

No sé por qué me viene a la cabeza A bout de souffle - Sin aliento (1960) o Pierrot le fouPierrot el loco (1965), las dos de Jean-Luc Godard con Jean-Paul Belmondo, cuando el loco de Pierrot decide suicidarse amarrándose unas citas a la cabeza con cartuchos de dinamita antes de que cerráramos los ojos para oír la explosión que hizo trepidar la sala.

La locura de una sociedad que nace, crece y se reproduce con ese lodo negro que corre por sus venas, como es la venganza que intenta suprimir a otra sociedad que, aunque es imperfecta, se permite vivir en libertad, igualdad y fraternidad además de ser tolerante con todo y sus cinco millones de islamistas.


Mudo. Sin aliento.