Asombrarse por la belleza de lo imperfecto

México D.F., a sábado 19 de diciembre, 2015.—

Unos rostros gigantes donde podemos acercarnos a los dioses.
Hace poco Bertha Cea, directora del Antiguo Colegio de San Ildefonso en la ciudad de México, inauguró una exposición con cuarenta y ocho esculturas de Javier Marín, un artista que ha logrado traer al mundo esas esculturas con unos rostros o cuerpos enteros en donde podemos asombrarnos de la belleza imperfecta, como dicen que es la Naturaleza.

En el libro El arte como terapia escrito a la limón entre Alain de Botton y John Armstrong, dicen que el arte es algo importante porque está cerca de alguno de los significados de la vida que nos puede interesar tener, pero que uno de los problemas que se tienen para poderlos identificar es la manera como ponen las obras en los muesos o galerías, que deberían presentarlas de una manera sencilla para que se puedan convertir en herramientas útiles, como ahora han puesto la exposición de Javier Marín: Corpus. La belleza de lo imperfecto, curada por el maestro Ery Camara, en donde disfrutamos de unos rostros y cuerpos con esos rasgos que nos permiten vernos reflejados, si fuéramos unos dioses caídos en la lucha, pues son tales las expresiones que tienen, que nos muestran esas debilidades que tenemos, así como, los limites de nuestra fragilidad de tal manera que salimos teniendo una visión dramática de nuestras historia, como si fuera parte de alguno de los mitos que resumen nuestra vida, cuando observamos en detalle esos gestos como si fueran una respuesta a las preguntas que hacemos racional o emocionalmente para digerir el dolor, la soledad o la enfermedad.

Algunos nos recuerdan a esos seres mitológicos; otros, como los dos personajes envueltos en sus capas que se confrontan o esos otros que están por ahí en el suelo, ángeles o demonios, seres de otros mundos que han caído después de haber luchado como lo hizo Urano con los Cíclopes, seres testarudos ‘de bruscas emociones’ o en esa otra escultura de quien lucha contra el tiempo y lo vemos en una secuencia de rostros que se transforman y les crece la barba —envejeciendo— o esos otros cuerpos enteros tirados, como si estuvieran muertos de angustia y dolor por la caída, en un especie de colapso y recuperación —como escribió Vila-Matas del tema de Documenta 13 en su novela Kassel, no invita a lógica— o esos seres enfermos como de la maldita plaga con unas deformaciones como las que sufren los que tienen lepra a una escala nunca antes vista.

Si vemos esta exposición, hay que hacerlo con reverencia preguntándonos. ¿cuánto más nos hemos perdido en la vida por dejar de mirar o por mirar sin ver?, y, con eso en la cabeza, acercarnos para ver y admirar la belleza de esos labios carnosos entreabiertos por el dolor o por el placer, el primero por la caída y el segundo por el orgasmo del vacío con todo y sus cabellos alterados por el movimiento y el viento que enfrentaron en su descenso.

Javier Marín es el amo de la escultura del rostro y del cuerpo humano a gran escala, en donde la belleza, aunque imperfecta, nos recuerda la de los griegos o los romanos, en donde podemos imaginar que pretendían hacer de esas esculturas aquello que representa el hombre en el mejor de los casos y Marín los retrata en medio del drama de la vida, con todo y sus imperfecciones aunque son de una belleza espectacular donde podemos ejercitar esa dualidad que hay entre la belleza, la imperfección, el dolor y el placer.