jueves, 24 de diciembre de 2015

De la angustia del nacimiento y otras aventuras

Ciudad de México, sábado 26 de diciembre, 2015.—

Titania, la reina de la Naturaleza en medio de un sueño en el verano.

Celebrar, como lo hacemos en estos días, el nacimiento, nos permite recordar todo lo que trae consigo la vida, esta que trae cosas que vienen junto con pegado en una aventura que dura hasta que dura y se acaba hasta que se acaba, lo único que no falla desde el momento que salimos del vientre materno o del ‘paraíso perdido’, tal como nos enteramos a través de los cuentos de hadas, como esos que les leíamos a los hijos en donde los padres les dicen que 'ya es hora de que se marchen por el mundo' para que volvamos a sentir lo que se llama 'angustia' que dejó su huella al tiempo que inició su complemento, con el que trata de entender lo que le sucede a ‘la cosa’ cuando ha nacido, sin saber de dónde viene ni a dónde va, pero que registra unas sensaciones que no tienen referente alguno y que queda grabado desde el mismo momento que respiramos y nos duele y no sabemos por qué pero que se suma al dolor cuando nos cortan el cordón o cuando a los niños les hacen la circuncisión, más el frío de la sala de parto todo esto que registra como ‘angustia’ y que después reconocemos porque deja huella y vuelve porque se ha quedado ahí, por el resto de nuestros días, con todo y eso con lo que tratamos de entender la causa y efecto hasta que poco a poco, cada quien y su circunstancia, pueda relacionar el olor, el pecho y la leche a través del pezón que succionamos para apaciguar lo que no sabemos qué era hasta que encontramos en un poema de Rilke como es la Tercera de las Elegías de Duino, que traducidas por Juan Rulfo (Sexto Piso, 2015) dice:

Tú atemorizaste su corazón, es verdad; 
pero fueron terrores más antiguos los que se precipitaron 
en él al choque de esa conmoción... 
Él, sin duda, lo quiere; se evade: ya aliviado, 
se instala en los latidos de tu pecho donde bebe y se comienza. 
Pero ¿acaso él comenzó alguna vez? 
Madre, eres tú quien lo hiciste, pequeño, de tu ser, 
eres tú quien en sus comienzos, lo formaste; 
era un ser nuevo para ti; 
tú inclinaste hasta sus ojos recién abiertos, 
el mundo amable, apartándole del extraño. 

Y poco más adelante, nos sorprende en la Cuarta Elegía cuando leemos: 
¿Quién no sintió la angustia de estar sentado 
ante el retablo de su corazón?

No cabe la menor duda que Rilke toca fondo con esto, como buen poeta que se respete, para confirmar que esa angustia se queda desde el mismo momento que nacemos y su complemento con el que tratamos de entender lo que sucede, admirando a aquellos poetas que lo pueden intuir o a los hermanos Grimm que lo transforman en sus cuentos de hadas o los mitos o algunos sueños como el de ese de una noche de verano cuando Bottom llega ‘al fondo’ y sabe de la angustia que cargamos hasta el fin de nuestros días que se ha grabado desde el mismo momento de la separación, al inicio de nuestra aventura, eso que tantas veces deseamos apaciguar cuando vuelve a aparecer, hasta que un día se termina cuando se termina la tensión después de haber aceptado lo que el filósofo declara como... ‘yo soy yo y mi circunstancia’.