Luna de miel en el Olivo, crónica familiar

Ciudad de México, martes 9 de febrero, 2016.— 

Cama matrimonial en el tren presidencial Olivo (1927).
Para toda la familia, empezando por el abuelo Guillermo de Alba (1874-1935), el 10 de febrero y la Villa de Chapala son dos temas para celebrar desde que el abuelo se casó ahí con Maclovia Cañedo en 1900 y treinta y tres años después, el 10 de febrero de 1933, que esta semana festejamos, se casaron mis padres, Mina de Alba y José Luis Casillas, primero, con una boda civil en medio de la laguna «a bordo del Bremen», y luego, en la parroquia franciscana.

Guillermo de Alba fue uno de los promotores de la villa de Chapala como arquitecto y luego como fotógrafo de esa villa en donde todo empezó a cambiar a finales del XIX cuando Mr. Crow hizo un primer búngalo y luego la villa de Monte Carlo un poco antes de que Manuel Enríquez y Guillermo de Alba, se asociaran como contratistas para diseñar y construir entre otras la Villa Niza, Mi Pullman y en 1920, la Estación de Ferrocarril y tal como lo narra Ixca Farías en Casos y cosas de mis tiempos nos habla de los amores que se dieron bajo el Salate «en la playa de Chacaltita, un enorme árbol que daba una sombra tupida y fresca, bajo la cual escribió D.H. Lawrence la Serpiente emplumada. Ahí mismo había visto, no sé cuántas veces, a Guillermo de Alba, con su cara de viejito y a la divina Cova, embelesados en la dicha. El árbol fue plantado por la mano de Dios, desde hace tantos años como la tierra tiene de edad y, desde esa época remota, cobijaba con su sombra una cruz de piedra que limitaba al panteón del pueblo frente a la iglesia, convertido hoy en un jardín tapizado de flores y un puesto de refrescos de la viuda de Sánchez. Debajo de este árbol se cobijaron otras bellas mujeres que deben de haber gozado de sus idilios de amor y que debieron de haber forjado castillos en el aire con sus prometidos, tejiendo ilusiones en la muda contemplación de la naturaleza exuberante y quizá, entre la hermosa tranquilidad del ambiente, se juraron amor eterno que luego no lo fue.»

La tía Esther de Alba, hermana del abuelo, estaba casada con Alberto J. Pani el Secretario de Hacienda y, por eso, le regalaron su viaje de luna de miel de Guadalajara a la Ciudad de México en el tren presidencial Olivo, un tren que todavía podemos ver en el Museo CFE de Tecnología fotografiado por Armando Hatzacorsian para la portada de Juego de espejos, (Editorial Ágata, 2004).

 En 1927, el presidente Plutarco Elías Calles le pidió a Arturo M. Elías, el Cónsul General en Nueva York que comprara a Pullman & Co., un nuevo tren presidencial. Costó $375 mil dólares —tal como lo rescato del Archivo Calles— y ‘que le incluye’ sus seis carros: uno de ellos, la sala con sillas elegantes tapizadas de lino francés, una mesa con lámpara y un sofá; otro, con un escritorio y un baño completo y la cama matrimonial capaz de impedir que en una frenada brusca cayeran al suelo los que dormían. Carros con un elegante estilo americano y todas las comodidades propias de la dignidad del Ejecutivo.

Durante dos décadas el Tren Olivo (1927-1947) circuló por la geografía mexicana envejeciendo, leal y cumplidamente, hasta que la modernidad se impuso para que perdiera su categoría, como aristócratas en decadencia, y pasaran a ser una especies en extinción, sustituido por autobuses y aviones.

Pero lo bailado en 1933, nadie se los quitó.