viernes, 18 de marzo de 2016

Alcanzar una estrella suspirando

Ciudad de México, sábado 19 de marzo, 2016.— 

Margarita, está linda la mar y el viento lleva esencia sutil de azahar...

En la parroquia de Tepa cubrían todo con paños morados; las campanas tocaban a un ritmo más bien lento y la iglesia olía a nixtamal y a sombreros de ranchero sudado. Abundaban los rezos y los golpes de pecho como los que se daban las tías Anita y Raquel con todo y sus rebozos antes de encender el incienso a la hora del rosario. No podíamos oír música, menos pensar en el cine o en reírse, aunque a veces nos ganaba. Eran días de luto.

Crecimos y un día nos fuimos con los Scouts del Colegio Cervantes a Salagua en los campamentos que se organizaban en la playa. Eran vacaciones y no sé por qué, viene a colación ese poema de Rubén Darío —tal vez porque cumple un siglo de muerto— que recuerdo y que estoy seguro que conocen, pues es uno de los más populares y que, mucho años después, Catalina les enseñó a los niños de Las Camelinas, en Vallarta, cuando estábamos a la orilla del mar para que lo recitaran de memoria:

      Margarita, está linda la mar,
      y el viento,
      lleva esencia sutil de azahar;
      yo siento
      en el alma una alondra cantar;
      tu acento:
      Margarita, te voy a contar / un cuento

Felices de estar en Salagua y años después en Olas Altas, pronto se nos olvidaba el luto apostándole a la vida dejándonos llevar por el ir y venir de las olas que borraban el recuerdo de la muerte, misma que, para entonces, quedaba muy lejos.

Nos sentíamos como el rey que vivía en un palacio de diamantes y una tienda hecha del día —¡ah!, la poesía que siempre nos dice cosas más allá de lo esperado—, con todo y su rebaño de elefantes y su quiosco de malaquita (que no teníamos la menor idea de lo que era, hasta que Luis Arriola me explicó que era azurita, una mezcla de carbonato de cobre con dióxido de carbono y agua). ¿Habrá sido por el color que Darío inventó que el quiosco era de malaquita?

En aquel entonces nos sentíamos como ese rey que se cubría con su manto de tisú —que lo decíamos por decirlo, sin saber que era de seda, tejido con hilos de oro y plata, usado en las ceremonias— y, a partir de ese momento, como el poeta, nos lanzábamos para decirle a ella que era tan bonita, tan bonita, como tú.

Y así, en el mar, en esas noches de luna llena, creciente o menguante, sentados en la arena alrededor de la fogata, recostados en las piernas de quien que no necesariamente eran una princesa, pero que emanaba ese calorcito que se desprende del regazo, entonces, como en el cuento que le contaban a Margarita, tratábamos de alcanzar una estrella suspirando.

Y así pasábamos la Semana Santa y el recuerdo de la muerte lo evadíamos ahora transformado en vida cuando llegaba el Sábado de Gloria y entonces, se terminaba el luto y las campanas tocaban a rebato y por la noche salíamos a bailar como si le diéramos la vuelta a la vida sin hacerle caso al rey que nos regañaba por haber querido alcanzar una estrella a quien le contestábamos, como lo hizo Margarita: yo me fui no sé por qué, pues las olas por el viento fui a la estrella y la corté. Y ahora, cuando veo que ella trae su prendedor, sé que luce con mi estrella… verso, perla, pluma y flor.