domingo, 27 de marzo de 2016

La maldita primavera

Ciudad de México, sábado 26 de marzo, 2016.— 

La preciosa ave de cuello de hule...

‘El 21 de febrero de 1978 unos obreros de la Compañía de Luz y Fuerza localizaron la escultura monumental de la Coyolxauhqui que luego fue excavada por el equipo de salvamento arqueológico del INAH. El hallazgo de este monolito marcó un parteaguas en el estudio de la cultura mexica y el plan original para crear el Museo de Tenochtitlan se transformó en el Proyecto del Templo Mayor, para explorar el edificio principal de los mexicas, así como, las otras estructuras que componían el centro ceremonial de Tenochtitlan, conocido como el Recinto Sagrado’, tal como lo publican en la página de este museo.

El arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma era el encargado de la exploración del Templo Mayor de la Ciudad de México, a un lado de la Catedral Metropolitana. Eduardo era un buen amigo y siempre he creído que ese ha sido el trabajo más importante de su vida. Cuando lo íbamos a ver para que nos enseñara eso que recién habían encontrado, como ese día que pudimos ver a la Coyolxauhqui, la diosa de la Luna, la de “las campanas doradas”, la hija de Coatlicue, diosa de la Tierra y hermana de Huitzilopochtli el Sol; o cuando recién habían rescatado y levantado de su tumba a esos dos orgullosos Caballeros Águila. Ese día, lo recuerdo bien, empezaba la primavera como en estos días y tal vez por eso me acuerdo que Matos salía feliz para recibirnos: estaba enamorado y cantaba esa canción de Yuri que estaba de moda y que tenía que ver con que por culpa de la primavera se había enamorado antes de que lo abandonaran:

Dice que fue más o menos así: había vino blanco, era de noche y escuchaba viejas canciones… y de mi se reía la dulce embustera, la maldita primavera de la que no queda nada de ese sueño erótico, cuando de pronto me despierto y te has ido y siente ese vacío que lo desespera, como si el amor doliera y, aunque no quiera, sin quererlo pienso en ti... Ahora, para volver a enamorarme, tendrá que volver la maldita primavera… tal como lo cantaba Matos.

Sin importar el calor que hacía, ni el polvo de las excavaciones, asombrados, compartíamos la sorpresa de sus rescates prehistóricos, como si ese mundo tan lejano volviera a la vida en esa primavera, con todo y las calaveras que abundaban y la piedra que dominaba la escena trágica de esa diosa hecha pedazos al caer de las alturas, junto a la poesía delicada y elegante que contrasta con la primavera como es la de Nezahuacóyotl cuando dice:

Como una pintura nos iremos borrando.
Como una flor, nos iremos secando aquí sobre la tierra.
Como la vestidura de plumaje del ave zacuán,
la preciosa ave de cuello de hule,
así nos iremos acabando, nos vamos a su casa.

Y luego, de vuelta a los orígenes de eso que también somos, como lo refiere Fernando Alvarado Tezozomoc en Crónica Mexicana (Porrua, 1980):

«Señor rey nuestro, es verdad que han venido no sé qué gentes y han llegado a las orillas de la gran mar... y las carnes de ellos muy blancas, más que nuestras carnes, excepto que todos tienen barba larga y el cabello les da hasta la oreja. Moctecuhzoma estaba cabizbajo y no habló cosa ninguna…»


Y todo esto al tiempo de la primavera y del amor, la poesía en donde todo acaba para que todo vuelva a empezar, tal como sabemos con el tiempo.