Electra y la cadena de homicidios

Ciudad de México, a 30 de abril, 2016.— Así empieza todo: Agamenón sacrifica a su hija Ifigenia en las playas de Áulide para propiciar los vientos favorables y que las barcas griegas zarparan. Clitemnestra, espera diez años con todo y su amante Egisto, para matar a Agamenón una vez que había regresado triunfante de Troya; Electra espera a su hermano Orestes para matar a su madre Clitemnestra y a su amante Egisto, antes de caer ella muerta una vez realizada la venganza. Orestes es perseguido  por las Erinias y huye enloquecido para refugiarse en el templo de la diosa Atenea y lograr su libertad.

Mañana sábado desde el MET de NY transmiten la ópera Elektra de Strauss y ya desde ahora estamos sufriendo de ver a esta familia atrapada en la parte oscura de la vida. Tal vez, al ver lo mal que la pasan todo ellos, embarrados de sangre hasta el cogollo, no nos sintamos tan mal, total, lo nuestro no es sino una suma de miserias cotidianas.

Todo estos sucesos son los que después de tantos siglos nos siguen impactando y seguimos analizando, discutiendo y juzgando esta cadena de hechos trágicos en donde intervienen tantos personajes desde diferentes puntos de vista, sin perder el origen de todo esto como sucedió en Áulide, sobre todo si se trata de juzgar los actos a los que tuvieron que enfrentar los del ‘linaje de Atreo y todos los males que sufrió Orestes hasta lograr ser libre’.

Agamenón y Clitemnestra desde el principio de los tiempos, cuando el rey de Argos y las mil barcas negras de los griegos viajan a Troya con el pretexto de rescatar a Helena, la mujer de su hermano Menelao y, de lograrlo, repartirse los tesoros que abundaban en esa ciudad amurallada (ahora al sureste de Turquía).

Las barcas ancladas en la playa listas para embarcarse cuando hubiese ‘un viento favorable’ y para eso, en cónclave, los sacerdotes convocan al líder, como lo cuenta Lucrecio (95-55 a.C.) en su poema De rerum natura o Sobre la naturaleza de las cosas (Porrúa, ‘Sepan Cuantos’ No. 485) —una obra que resultó ser uno de los catalizadores del Renacimiento, según Stephen Greenblatt en su libro El giro (Crítica, 2015)— con los sucesos que inician en el Libro Primero y que hablan de los sucesos en Áulide:

«Mas me temo mucho en esto que te digo, que no te de lecciones de impiedad, enseñándote el camino de la maldad: por el contrario ¡oh Memmio!, estas son acciones execrables y malvadas a causa del fanatismo a la manera de lo sucedido en Áulide, un tiempo el altar de Diana que amancillaron torpemente con la sangre de Ifigenia, la flor de los caudillos griegos, lo héroes más famosos de la Tierra; después que rodearon la cabeza de la doncella con fatales cintas, que colgaban por ambas mejillas, cuando ella vio que su padre entristecido estaba en pie del lado de las aras, y junto a él, tapando los ministros el cuchillo, aunque el pueblo derramaba en su presencia lágrimas a mares; muda de espanto, la rodilla en tierra como una suplicante desgraciada, no la valía en tan fatal momento haber dado al monarca el nombre de la primera; porque arrebatada por varoniles manos, y temblando, fue llevada al altar, no como hubiera ido en himeneo ilustre, acompañada con las aras en ese solemne rito; antes, doncella, en el instante mismo de sus bodas, cayó degollada a manos de su padre impuramente, como infelice víctima inmolada para dar a la escuadra buen suceso: ¡tanta maldad persuade el fanatismo!»

Y ahí da inicio la secuencia de los eventos en donde parten las negras naves griegas, tal como lo cuenta Homero, abandonando su casa por lo menos por diez años antes de regresar victorioso, como lo hizo el rey Agamenón, ahora de la mano de la princesa Casandra, la troyana esclava del griego que era la adivina que cayó en desgracia por negarle su cuerpo a Apolo, condenada a que nadie le hiciera caso de sus advertencias y premoniciones como le pasó con el Caballo de Troya nefasto y, seguramente, sin poder negar y ver su propio destino ahora que acompañaba prisionera al Rey, para ser víctima del hacha mortal que cayó primero sobre el cuerpo de Agamenón, mientras disfrutaba de un baño de asiento y luego el de ella, víctima de la venganza de Clitemnestra y su amante Egisto, en una venganza esperada desde aquel día que fue engañada y el rito de Ifigenia, su hija consentida, sacrificada por su padre.

Los otros de la familia se salvaron, pero nunca pudieron olvidar el suceso y así, tiempo después Electra enloquecida espera la llegada de su hermano Oretes para vengarse de su madre y de su amante, mientras que Crisótemis la menor, deseaba tener una vida normal.

Electra, es el complejo con el que Freud identifica el amor y el deseo desmedido de parte de las hijas por sus padres, así como, Edipo lo identificamos por el deseo y el amor que los niños le pueden tener a su madre.

Electra fue escrita por Sófocles y desde entonces nos agobia la cadena de eventos que parece no terminan nunca jamás, pues cada quien tiene su punto de vista: la hija que adoraba a su padre, que sólo piensa, obsesivamente en vengarlo matando a su madre y un Orestes que los dioses se le acercaban todas las noches para empujarlo a que llevara a cabo su venganza, mientras las Erinias, agazapadas esperaban el momento para volverlo loco.

Y ahora, Richard Strauss nos cuenta a través de Electra, la ópera, esa tensión y el odio generado entre madre e hija hasta que logra vengarse ayudada por Orestes, todo esto, en medio de la culpa y las Erinias que se encargan de castigar a aquellos que, como Orestes, ha cometido un matricidio aunque, decía, estaba promovido desde siempre por los dioses que no lo dejaban en paz.

¿De parte de quien podemos estar? De Clitemnestra que mata su marido y a la troyana diez años después por haber sacrificado a su hija Ifigenia o estamos a favor de Electra que no puede pensar en otra cosa que vengarse de la muerte de su padre en manos de su madre junto con Orestes, que alucinaba a los dioses que le insistían debía vengar la muerte de su padre y toda la familia atrapada en esa parte oscura del camino de su vida, desperdiciada con tal de vengarse, sin juzgar la culpa original de su padre por haber sacrificado a su hija por la maldita superstición de los sacerdotes griegos.

Tiene razón Lucrecio cuando dice que hay que conocer las cosas de la naturaleza tal como son, para evadir la superstición que, por generaciones, nos hemos dejado influir.