El gallo de oro y la libre asociación de ideas

Ciudad de México, sábado 30 de abril, 2016.— 

(El Mago con el gallo de oro, algunos cortesanos y el Rey).
‘¡Kikiriki-kikiriki!’, canta el gallo de oro (Icari Gómez Vázquez Aldana) para despertar de la somnolencia al Rey (Daniel Bukara) que, cada vez que se despierta tiene que enfrentar una guerra intestina, tal como lo van narrando en el ‘performance-ópera-rock’ de Fernando Palomar Verea y Andrés Aguilar, basado en un cuento de Pushkin con el libreto de Fernando Palomar e Icari Gómez que estrenaron mundialmente en el auditorio del MUAC del Centro Cultural Universitario de la UNAM el pasado sábado 23 de abril, mientras el público de pie, era testigo de la historia rodeado de unos gobelinos de manufactura precisa por el taller de Ashida en Guadalajara, mientras que el Mago (Ernesto Ramírez) le entregaba al Rey el gallo de oro que le avisaría del peligro de algunos sucesos cuando moviera su plumaje dorado.

El gallo de oro es un cuento de Pushkin escrito en 1834, ilustrado por Iván Bilibin en 1906 y convertido en ópera por Rimsky-Korsakov en 1907. Desde hace dos años, Fernando Palomar la toma entre sus manos hasta que logra derivarla en ópera-rock en base a ‘la libre asociación de ideas y una confusión voluntaria e indiscriminada de sujetos’ para que resultara una actualizada y azarosa ‘obra de arte total’ (como es la ópera) para que forme parte del repertorio del siglo XXI.

‘¡Kikiriki-kikiriki!’, cantaba el gallo y empezaba de nuevo la acción en cámara lenta, mientras el Rey o los cortesanos o los soldados narran los sucesos antes de salir a defenderlo del enemigo o de sus hijos voraces hasta que en uno de los gobelinos negros, con una silueta de un bello campamento, aparece la Reina de Chapala (Patricia Aldrete) y tal como lo están leyendo, en medio de la historia legendaria hecha gracias a una libre asociación, Fernando Palomar pasa la acción al Lago de Chapala, a la vista de la Isla de Mezcala o de ‘la casa más lejana de Tuxcueca’, como era la broma familiar de los Palomar, en donde su padre se refería a la opinión del menor de la casa que no tenía la menor importancia y, sin más, la Reina, pausada en su canto silábico, invita al rey para que entre a su casa y se ‘tomen un tequilita’ —y todos sonriendo de esta broma tapatía tan familiar, tan de los Palomar, en medio de la leyenda de esos reyes medievales, magos, soldados y cortesanos que se desplazan en medio de la somnolencia del Rey mientras estamos parados y los acompañamos por el mundo de la fantasía, entre uno y otro gobelino esperando que el gallo vuelva a cantar ‘¡Kikiriki-kikiriki!’, con el que Icari nos despierta a todos con su belleza y el poder de su voz, hasta que llega el mago y pretende cobrarle la factura al Rey por aquel gallo de oro que le dio para estar alerta frente al enemigo.

La obra fue creada en un ‘taller-casino’, en ese ‘vértice donde se intersectan múltiples prácticas, para ir más allá de ellas’ que nos encanta por la espontaneidad de ese homo ludens que juega y que se divierte a su manera, aunque pretenden ponerse serios y la definan como parte del contexto de Wagner y su gesamtkunstwerk (obra de arte total) donde Fernando Palomar participa en la totalidad de la ópera: música, letra, actuación, vestuario, etc., integrada por artistas tapatíos de su misma generación.

Nos reímos y sonreímos con esta obra lúdica en un español tan tapatío, cerca del tequila, del desparpajo y de la libre asociación de ideas que bien se integran en esta obra de arte total por derecho propio.