El laurel invisible de ser joven

Ciudad de México, sábado 21 de mayo, 2016.— 

Las cosas suceden de manera inesperada: en inglés le dicen ‘serendipity’ y, en español, ‘azar’, como sucedió ahora con Vicente Quirarte que nos mandó su discurso del pasado 3 de marzo para ingresar a El Colegio Nacional y que se trata del paso del tiempo, un tema al que le hemos estado dando de vueltas y que coincide con la entrada triunfal de los 75 años cuando cruza uno el umbral de la primavera de la senectud.

A tu vejez solar llego ceñido
del laurel invisible de ser joven…

como Quirarte cita a Carlos Pellicer antes de explicarnos cómo «de modo natural envejecemos y el mundo es cada día más joven que nosotros. Pero podemos combatir y vencer la soledad o aprender a vivir en ella, con su hermano el silencio. El secreto no es ser joven sino mantener la juventud, la inconformidad ante la idea que no prospera, la frase mal articulada, el proyecto superior al pensamiento.» 

Y por ahí encuentro esto otro que tomó de Octavio Paz, cuando un día dice que alcé los ojos y vi, entre dos nubes, un cielo azul abierto, indescifrable, infinito. No supe qué decir: conocí el entusiasmo y, tal vez, la poesía, una sensación que de alguna manera hemos compartido y que felizmente lo rescata Quirate para integrarlo a su discurso en donde vamos reconociendo cómo es eso del paso del tiempo de una estación a otra, como ahora que creemos haber cruzado el umbral con el pie firme tan de acuerdo con Quirarte cuando asegura que «gracias al trabajo creativo, reverdece el laurel invisible de ser joven…»

No cabe duda que hay que pisar fondo antes de poder impulsarnos para salir a flote, jalar aire con todas las fuerzas y seguir trabajando, como decía de José Emilio Pacheco pues «ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años», al tiempo que nos damos cuenta y reconocemos que...

El muchacho que camina por este poema, 
entre San Ildefonso y el Zócalo,
es el hombre que lo escribe

Como un día lo pensó Octavio Paz.  ¡Fantástico! El discurso de Quirarte está pleno de la sabiduría del poeta, de ese joven que madura al tiempo que lo escribe y se da cuenta ahora que es todo un hombre, todo miembro de El Colegio Nacional.

Esta sabiduría es la que deseo compartir con ustedes y con aquellos que nos viene como anillo al dedo cuando Quirarte hace referencia a ese viejo amigo, querido y admirado tanto por su sencillez como su humildad como por su talento, de quien tuve la fortuna de platicar en varias ocasiones cuando nos encontrábamos al azar: 

«Juan Rulfo, ese gran creador que todo lo hizo en su juventud, afirmaba que lo más importante en el mundo es la tranquilidad. Puede ostentarse ese lujo cuando se está de vuelta de todos los combates, cuando se ha tenido valor para ser arrastrado por la ola de la gran pasión que nos está destinada.»

Afortunados los que hemos podido leer esto y recordar aquella ocasión, cuando nos vemos correr o saltar a brincos por la banqueta sin saber por qué antes de voltear y ver el cielo azul entre las nubes, cuando creímos que todo lo podíamos alcanzar.


Cómo no compartir con Quirarte «el temblor inicial de sentir el pensamiento transfigurado en letras», como en diciembre de 1995 en la FIL, cuando sabía que estaba listo las Confesiones de Maclovia con sus 435 páginas que tantos años antes había ido imaginando y que ahora finalmente se había transfigurado y convertido en realidad. 

Nada como la inocencia de ese temblor inicial.