Los umbrales de la memoria perdida

Ciudad de México, sábado 30 de abril, 2016.— 

El Templo Mayor en el corazón de la gran Tenochtitlán.
¿Quién se robó en 1959 al Coyote Emplumado ese que dicen lo sacó envuelto en un rebozo, como si llevara a un bebé? Y luego, en diciembre del 1985 ¿quién se llevó esas joyas de las siete vitrinas que había en el Museo de Antropología en Chapultepec? ¿Cómo es que originalmente se lograron rescatar algunas obras que luego encontraron y ahora exponen en el Templo Mayor? De esto trata El umbral de la memoria perdida. El quinto Codex, (Bonilla Artigas Editores, 2016) la novela de Fernando Muro publicada en digital para comprarla en Kubikpress.com, y en su versión impresa en las librerías para los que preferimos leer en papel.

Hace una semana estuvimos en la Librería Bonilla de Miguel Ángel Quevedo en la Ciudad de México celebrando la salida de esta ópera prima que ha logrado llamar la atención por esa narración fluida de una historia que nos mantiene en ascuas y que se lleva a cabo entre las fronteras de la conquista de México (1521), hasta unos meses después del temblor que devastó la Ciudad de México en 1985, que inicia con la visión de los vencidos y mantiene el suspenso con esos traficantes de piezas arqueológicas.

Imaginamos a los sobrevivientes que lograron rescatar las obras de arte de la Gran Tenochtitlán con un cierto heroísmo como el que pudo haber entre los nativos que se la jugaron guardando algunos de los tesoros en ciertos pasillos secretos para que no fueran destruidas por los vencedores:

«Con trabajo arduo y sistemático algunos tramos del canal principal fueron desecados, formando extensas galerías subterráneas de mampostería. Largas cápsulas herméticas en donde serían colocados los tesoros que ahora eran botín y que deberían ser arrebatados de la codicia del invasor… La grandeza del pasado quedó enterrada por Acatzin y sus cacarizos. Sólo el porvenir podría exhumar la memoria custodiada por siglos de sombras…»

Desde que Fernando Muro me llevó el manuscrito, me di cuenta que lo que había escrito era una historia que puede interesar desde las primeras líneas y que no podemos soltar hasta el final, disfrutando de la fluidez de lo que narra y de la acción de lo que sucede durante una semana en 1985.

Con esta obra ha iniciado su aventura como escritor. Le deseamos el mejor de los éxitos, pues está escrito en plena madurez de un hombre que, de pronto, surge como un Iceberg a la superficie del Océano de la literatura. Esa noche estuvimos con Amilcar Leis Márquez, un amigo entrañable desde que le publiqué Las ventanas del silencio (MCA, 1982), también su primer libro, después de haber ganado el ‘Premio Juan Rulfo a la primera novela’ con quien, desde entonces hemos estado en contacto y ahora prepara una nueva versión para publicarla en Uruguay y seguirá trabajando como escritor. Entre los dos le dimos la bienvenida a Fernando Muro:

«La novela recorre lugares y rincones de la ciudad en los que hace cinco siglos los creadores de una civilización singular debieron enfrentar la destrucción de los valores y símbolos de su cultura que, sin embargo, se resiste a ser una memoria olvidada. Los protagonistas trasponen el umbral entre dos épocas y dos concepciones cosmogónicas que nos plantean la eterna pregunta: ¿quiénes somos?»

Esa noche recordé esos felices años de la ópera prima (Confesiones de Maclovia, 1995) y las ilusiones del primero de los libros que publicamos sólo para entender mejor la realidad que nos rodea y, en el caso de Fernando Muro, volver a considerar esas piezas arqueológicas que se encuentran, como bien tituló su obra, en los umbrales de la memoria perdida.