Del jazz y de la amistad

Ciudad de México, lunes 4 de julio, 2016.— 


El domingo pasado, en medio del concierto de la Orquesta Sinfónica de Minería con Paquito D’Rivera y su quinteto de jazz interpretando, entre otras cosas, Bird with strings en homenaje a Charlie Parker, me vino a la cabeza agradecerle a Enrique Martínez Negrete su amistad como la que se dio en la juventud y que, de muchas maneras, marcó un antes y un después en mi vida.

Él era un par de años más grande, cuando en la adolescencia esa diferencia podía ser significativa. El día menos pensado me invitó a su estudio para oír jazz que recién había descubierto y que, poco a poco, se convirtió en una afición de primera. Me propuso que nos reuniéramos los martes en su estudio de su casa en Av. de las Américas, cerca de Vallarta, para oír las novedades y, al mismo tiempo, sin saberlo, fuimos trazando un mapa cultural con todos esos lugares que empezamos a explorar sin orden alguno, como eran las novedades literarias y El llano en llamas de Rulfo, recién publicado, en medio de nuestros problemas existenciales y las lecturas de Sartre o Camus, mientras Charlie Parker o Miles Davis, entre muchos otros, hacían de las suyas.

Fueron unos tres años que nos vimos cada semana de las 8 de la noche hasta el amanecer, cuando tenía que salir en mi Vespa como balazo para llegar a mis clases en el ITESO, con el jazz y la plática dándome de vueltas en la cabeza o, tal vez, por el Pernod Ricard que nos habíamos bebido. 

No contentos con esto, Enrique, que siempre tenía la iniciativa, me propuso que nos fuéramos a la UCLA el próximo verano para estudiar inglés y, después de doblarle la manita a mi padre, gracias a que Ana María Corcuera, su madre, habló con él, nos fuimos un par de meses en las que hicimos tantas cosas, entre otras, cenar con las 'misses latinoamericanas' que competían ese año para ser la Miss Universo en Long Beach.

Pero también me di cuenta, por la correspondencia que recibíamos, de que me había bajado a la que consideraba mi novia 'platónica'. Pero todo eso, no importó nada. Los viernes me ponía mi único traje de lino crudo (el lino, no yo) y nos íbamos a pasear por Hollywood en nuestro Hudson'47, que compramos por $100 dólares y que jalaba como tiro por las grandes avenidas y super carreteras sin ser arrollados por los Cadillac’s convertibles que se reían al vernos galanear con las guapas en alguna de las esquinas de Sunset Boulevard.

 Enrique siempre tenía las antenas puestas y descubrió en esas vacaciones que un día de ese verano del 59, Miles Davis tocaría en un jazz-bar de Santa Mónica. Sin pensarlo dos veces, trepamos en el Hudson para llegar puntuales y verlo salir con su gabardina por la espalda y ofrecernos un concierto inolvidable.

¿Cómo no voy a agradecerle a Enrique todo esto? 

Leíamos a Herman Hesse y ya no alcanzamos a platicar de la novela Narciso y Goldmundo porque ya me había dicho Enrique que se iba al Opus Dei y que para despedirlo, lo acompañara a San Francisco, cosa que hicimos montados en su Volvo que era una maravilla. Los días de ida platicando sin parar y los de la vuelta más bien callados, tristes, pues sabíamos que cada quien seguiría su camino. Crudos y desvelados, el día que intentamos regresar ,nos quedamos dormidos en el Yosemite Park: era una escala necesaria porque no habíamos dormido nada bailoteando con unas azafatas costarricenses, como si fuera el fin del mundo, como lo fueron de alguna manera todos esos años de una amistad vigorosa, en donde fue tanto lo que recibí de él que hasta ahora lo entiendo y, por eso, lo agradezco.

Cada quien por su camino fue imposibilitados de regresar al pasado, más que en el recuerdo y sin saber cómo agradecerle la iniciación al jazz y a la lectura de la que me sigo alimentado para ver si entiendo un poco más de todo eso que nos ha pasado en la vida, esa que se nos escapa como el agua entre las manos y que sólo oyendo la versión y homenaje a Charlie Parker, me provocó la nostalgia y las ganas de agradecerle su amistad, mientras vuelvo a oír a Miles Davis y la versión de su Concierto de Aranjuez, al buen de Enrique que un día decidió seguir su propio camino.