El deseo y la angustia de la separación

Ciudad de México, sábado 2 de julio, 2015.— 

Edimburgo, Escocia.
Tanto en lo familiar como en lo social, cuando nos enteramos de un divorcio o separación sentimos una cierta angustia, sobre todo, si somos amigos de las dos partes que ahora nos dejan entre la espada y la pared.

Así me ha pasado con los ingleses que han decidido separarse de la UE y que van a enfrentar, entre otras dificultades, los deseos de Escocia de separarse del Reino Unido porque —¡oh, paradoja!—, desean seguir en la Unión Europea.

En México vivimos esa angustia de la separación hace un par de siglos, bajo otras circunstancias cuando los yucatecos querían separarse de España y luego de nosotros: por su parte, en 1821 intentaron independizarse de España, para ser la Capitanía General de Yucatán y si no hubiésemos ganado la guerra de Independencia de 1810 a 1821, lo más probable es que lo hubieran logrado.

Luego, por su propia voluntad, aceptaron ser parte del Federado de la República Mexicana en 1823 aunque ya tenían redactada el Acta de Independencia donde proponían que: «La provincia de Yucatán, unida en afectos y sentimientos a todos los que aspiran a la felicidad del suelo americano; conociendo que su independencia política la reclama la justicia, la requiere la necesidad y la abona el deseo de todos sus habitantes, la proclama, bajo el supuesto de que el sistema de independencia no está en contradicción con la libertad civil, para hacerlo con solemnidad luego de establecer definitiva o interinamente sus bases, pronuncien su acuerdo y el modo y tiempo de llevarle a puntual y debida ejecución.»

Los de la Península no quitaron el dedo de la llaga y una vez más intentaron separarse en 1841 deseando convertirse en lo que sería la República Federada de Yucatán. A pesar de que no lo lograron, unos años más tarde, en 1846 lo intentan de nuevo con la misma insistencia como ahora vemos que lo podrán hacer los escoceses.

Finalmente en 1848 Yucatán se incorporó a México aunque, a finales del XIX y principios del XX la comunicación desde y hacia la capital era complicada, en cambio, su relación con Cuba y Florida era más natural, porque prácticamente les quedan a tiro de piedra: en días claros y despejados se puede ver la isla de Cuba desde las playas de Progreso y en esos tiempos, los hombres de negocios y los jóvenes yucatecos tenían más que ver con Cuba y Miami que con la Ciudad de México, sobre todo, si retrasaban la aplicación del presupuesto prometido.

Eligio Ancona en su Historia de Yucatán dice que el presidente Anastasio Bustamante (1780-1853) presentaba a los yucatecos al mundo exterior «como a unos rebeldes y, por eso, si Yucatán lograba su independencia absoluta podía ser reconocida por las naciones extranjeras y podría gozar de las garantías de los Estados soberanos, sin importar su riqueza, la extensión de su territorio o el número de sus habitantes.»

Ahora, la mitad de los británicos piensan que Inglaterra sigue siendo un «augusto trono de reyes, una isla sometida por un cetro, una tierra majestuosa, sitial de Marte y segundo Edén, casi el paraíso en una fortaleza construida por la propia Naturaleza contra la mano infectada de la guerra; con una feliz estirpe de hombres, un pequeño mundo, una joya engastada en plata por los océanos que, como murallas, la protegen y la defienden —como si fuera un foso que rodeara al castillo— contra la envidia de las naciones menos venturosas; este lugar de bendición es esta tierra, este reino de Inglaterra…», tal como lo creía en 1399 John de Gaunt, padre de Enrique IV.

Tal vez por esa misma vanidad algunos no aceptan que ‘la unión hace la fuerza’, ni les interesa, como pudimos confirmarlo recientemente.