El salón de los espejos encantados

Ciudad de México. Sábado 16 de julio, 2016.- 


¿Alguna vez han entrado a una de esas ferias en donde hay una sala con espejos en donde no sabemos si reír o llorar cuando vemos nuestra imagen reflejada y nos vemos altos, espigados, espiritifláuticos y luego, gordos y chaparros, deformes, hasta que nos movemos un poco más allá y vemos esa imagen que se repite por los cuatro lados  alrededor de nosotros mismos?

Bueno, pues si otro día pasamos a esa sala en donde el cuerpo es invisible y sólo vemos lo que escuchamos como el pleito entre los Montesco y los Capuleto, aunque en verdad son los Cruz y los González de Tepatitlán y no de la lejana Verona, tal vez hemos interiorizado la vida amorosa de la juventud y su preámbulo trágico antes de ver pasar, en esa misma sala para ver a Cleopatra, la morenaza de Egipto… con ninguna ropa y con ojos que echan lumbre… nuda, rumbo al Nilo… ¡Qué César ni que Antonio! ¿Cleopatras a mi? —chilla el Demonio Seor Satán— Noé no se demuda..., como decía León de Greiff, antes de pasar al siguiente salón y ver reflejada sobre la superficie plateada el eco de Catalina de Aragón hablando en lo que pudo ser su inglés de Castilla, trémula, frente al parlamento de obispos y ministros de Inglaterra, defendiendo su fidelidad con Enrique su marido diciéndole que nunca le dio pie para nada, como la oímos con esa enjundia que tienen las españolas y la dejamos hablando sola para pasar un poco más allá y sentarnos en cuclillas al lado de Macbeth, el de Escocia, para escucharlo decir cómo es la vida, poco después de saber que había muerto su Lady, para que nos diga en voz baja que la vida es una sombra que camina, un pobre actor que se pavonea y gesticula una hora en el escenario y luego nadie se acuerda de él, es un cuento contado por un idiota pleno de sonido y furia que nada significan.

Entonces, podremos ver en esa sala de los espejos encantados a Rosalinda, travestida de Ganímedes, exigiéndole a su galán que le llame tal como se llama su novia (Rosalinda), como le pudo haber pasado a Will, pero al revés, cuando estaba en la primaria actuando una de las obra de teatro latino y tenía que besar en la boca a su compañero, disfrazado de doncella, aunque sabía que era su compañero de banca, para sentir, en plena pubertad, la corriente alterna que le recorrió la espalda con el contacto labial, y luego, años después, escribir algunos sonetos plenos de homoerotismo, antes de pasar a la siguiente sala y ver a otros personajes como al príncipe que supo que algo estaba podrido en Dinamarca y dudaba si enfrentar el mar de calamidades y enfrentándolo resolverlo, o mejor dormir o morir, entonces sabemos que en esa feria de la vida, sigue la mata dando y entre más caminamos de un lado para el otro en el tiempo tendremos otra visión de la vida porque hemos aprendido a ponernos en los zapatos del otro o de la otra a través de esa empatía con la que tomamos altura donde podremos ver al resto de los hombres y mujeres desde otra perspectiva.

Me pregunto si todo esto es una visión o una locura.

No lo sé, pero lo que sí sé es que ahora puedo ver con esos cristales a los camaleones y, ser como mago, después de andar por todas las salas encantadas de la feria de la vida en donde cada hombre y cada mujer es un actor que tiene sus entradas y salidas en esta obra que implica las siete edades del hombre.

Esa puede ser una de las visiones que logra uno tener, después de haber leído las obras de Shakespeare, como si hubiéramos ido a la feria de los espejos.