Lo que recordamos de las ciudades

Ciudad de México, sábado 23 de julio, 2016.— 

Nueva York, atestada de torres de vidrio y acero
sobre una isla oblonga entre dos ríos
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Volví a leer Las ciudades invisibles de Italo Calvino y lo disfruté tanto como si no lo hubiera leído nunca. Desde hace una década me la regaló Cayo Armando Mario, amigo que ha sabido darle al clavo entre esto y la máquina de café que nos ilumina la vida desde que dios amanece.

El libro es inspirador y me hizo recordar algunas de las ciudades que he visitado en la vida para contarles lo que queda de ellas como si fuese una lectura de Calvino, esa que está en el confín de la poesía y la música.

Es el humor de quien la mira el que da su forma a la ciudad –dice en la segunda de esas ‘ciudades y los ojos’ y, por eso, recuerdo a la mayor de todas, a esa isla oblonga entre dos ríos, con calles como profundos canales todos rectilíneos menos Broadway erizada por unas torres que rascan el cielo mientras que, abajo, por sus banquetas se pasea orondo el azar para poder encontrar a la mujer extraviada, a la Afrodita de Allen, mientras en el bar se escancia el Martini y escuchamos borucas, admirando su manera de vestir y caminar en el otoño por los canales rectilíneos, tan cerca y tan lejos de nuestra vida cuando van ellas por la columna vertebral de esa isla adornada con emblemas del imperio que se reflejaba en el agua y por eso tiene una doble vida. En esa ciudad tuve las ansias para captar todo lo que carecía, llenar grietas y apaciguar los deseos de ser alguien en esta vida.

El sur del Continente todavía me sabe a pisco sour desde que salía el sol hasta que nos asomábamos a la calle, estrecha, con sus balcones de madera para ver pasar a unos negros coches sacados de las tarjetas postales.

Entre las montañas, allá cerca del nido de las águilas, el miedo a ser asaltado en una de esas calles vacías que bajaban hasta el mercado donde llegaban los campesinos con sus sombreritos a vender pepitas de calabaza; en cambio, cerca de la Antártida, toda la noche se escucha el maullido del bandoneón antes de salir y ver fachadas parecidas a la vieja Europa para combatir el insomnio con todo y sus galgos morados comprando un libro y cenando una pasta con un buen vaso de vino.

Yo hablodice Marco–, pero el que me escucha sólo retiene las palabras que espera... lo que comanda el relato no es la voz: es el oído.

Otra más lejana todavía, Sire, es esa que visité acompañado de Madame, Bovary de apellido, tal como si hubiese existido, para ver tras el visillo a las barcas negras como mi alma que se mecían a ‘la orillita del río, a la sombra de un pirú’, antes que brotaran unos lagrimones al descubrir la Plaza y sus caballos agitando las crines.

¿Y tú? –le pregunta el Gran Jan a Marco Polo–. Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme son los pensamientos que se le ocurren al que toma el fresco en la noche sentado en el umbral de su casa.

Así es, Sire.

Las ciudades sobreviven en su espíritu, según el humor con el que uno las mire, como ahora admiro el mar y veo cómo se reinventa con cada ola ahí mismo donde me visitó de cuerpo entero la diosa de la felicidad en esos días cuando soñaba ser quien soy, tal como que he querido ser toda mi vida. 

Al decir esto caminando por la playa y en voz baja, se desvaneció como la neblina o la lluvia... Y escucho por tu voz las razones invisibles por las que vivían las ciudades y por las cuales tal vez, después de muertas, revivirán.