sábado, 20 de agosto de 2016

Husografía o la recreación del mundo

Ciudad de México, sábado 20 de agosto, 2016.— 

Dos de las husografías de Merecdes Aspe en el MAM de Toluca.
No pudo ser en siete días la recreación del mundo que hizo Mercedes Aspe, tal como lo vimos en el Museo de Arte Moderno de Toluca. Le tomó más de tiempo en la creación, una vez que decidió habitar sus Husografías, sus «esferas de acrílico con divisiones paralelas similares a la división de los husos horarios de la esfera terrestre», tal como lo explicó Virginia Aspe en la presentación del pasado sábado 13 de agosto.

Estos planetas están divididos en gajos que van del Este al Oeste para que Mereces Aspe recreara su mundo y su sistema planetario en esferas de un diámetros de 60 o 70 centímetros como los que concibió en su estudio y empezó a dibujarlos permitiendo que sus criaturas-símbolos salieran del inconsciente hasta la punta de su lápiz, empezando por donde se le antojara con una rayita tras otra hasta que, de repente, dibujaba un rostro como el de una niña con todo y sus trenzas o la de un bocón de marras que intenta asustarnos y así seguir, hora tras hora, dejando fluir a su ritmo lo que se le iba ocurriendo para dejarlos plasmados en sus husografías «un tipo de arte que rebasa las categorías tradicionales de la pintura», como Virgina lo apuntó. Todo es sombra y luz, grises que cubren las maquetas de su sistema planetario con todo y una Luna en cuarto creciente, colgada de hilos, con sus mares, lagos, montañas encrespadas y planicies.

Más allá, los pequeños satélites esperaban impacientes poder girar alrededor de sus planetas, como su fueran hijos de tigres, pintitos. Todo esto es una obra original que ha sido creada a través de miles de horas que no podemos calcular porque no somos contadores, pero que creemos está cerca del infinito.

Y todo para que disfrutáramos un instante de esos símbolos que normalmente nos resistimos que salgan pero que Mercedes lo permitió con toda paciencia mientras oscurecía la parte meridional de uno de sus planetas y si le viene a la cabeza que allí haya luz, entonces, deja unos círculos que iluminan esa parte de la geografía.

Habitado así, encontramos a ‘pi’ (π = 3.1416) la relación entre la longitud de la circunferencia y su diámetro y, entonces, lo dibuja, pequeño en el Noreste de su planeta. Y sigue con otros objetos que pululan por su cabeza antes de dejarlos plasmados así nomás y a las tantas horas de trabajo diario.

Mercedes dejó a un lado la conciencia y dibuja lo que le viene en ese momento a la cabeza, sin poder borrarlos, para que queden en esa husografía de su imaginario infantil o algunos fragmentos de sus sueños o pesadillas cuando seguro se sintió un poco perdida.

Ella es una artista que la asocio con Dante cuando se trata de lo que le dijo Francesca da Rímini: «ningún dolor es más grande que el de acordarse del tiempo dichoso cuando está uno en desgracia», como tal vez lo dibujó como creí verlo desde la altura, cuando medio cegatón me acerqué para ver el detalle: vi unas caritas que me hablaban en secreto; formas que me decían cosas como esas que ya no están bajo llave porque han salido a flote después de tantas horas de trabajo durante tres años seguidos. Al final, respiré hondo y de repente di un suspiro, asombrado por esa rotunda belleza.

La obra de Mercedes —concluyó Virgina—, ha logrado plasmar el movimiento y la temporalidad de la pintura que, por su propia naturaleza, está inserto en condiciones estáticas y superficies planas bidimensionales habían sido derrotadas por Mercedes al incrustar su obra en las artes del tiempo que, en esencia tienen secuencia y movimiento.