El cine y la realidad virtual

Ciudad de México, sábado 27 de agosto, 2016.— 


La carrera de caballos en Ben-Hur de William Wyler, 1959.
Ya sé que el cine no es lo que ahora se entiende como realidad virtual por más que lo filmen en 3D tal como lo proyectan en la nueva versión de Ben-Hur (que dicen es mala) pero, si nos podemos situar en el centro de la acción, entonces, no importa si el origen es diferente y el efecto es el mismo, ¿no creen?

Para eso, voy a contarles una historia que pasó hace años cuando vivíamos en Guadalajara y mi madre, Mina de Alba, finalmente se llevó al cine a mis tías Raquel y Anita Casillas de Tepa y a la tía Fermín Cruz de Guadalajara: las primeras vestían de negro desde que había muerto su madre, la abuela María Cruz Moreno, desde hacía tantos años que ya nadie se acordaba.

Aceptaron ir al Cine Alameda, el que estaba en la Calzada Independencia, después de haber vencido la resistencia que tenían para ir al cine porque para ellas era algo que estaba fuera de lo que permisible (era un especie de pecado venial) pero, como en Ben-Hur salían escenas de la vida y muerte de Cristo, aceptaron ir además porque era Semana de Pascua.

Nunca habían ido al cine en Tepa, como nosotros que fuimos un día en vacaciones de invierno, cuando la pasábamos en el rancho Santa Bárbara que estaba cerca de Tepa rumbo a Arandas. Habíamos ido con los amigos de mi hermano Andrés: Enrique y Federico Chávez Peón, y Enrique Ogarrio. Los sábados nos mandaban a Tepa para que nos bañáramos con agua caliente y uno de esos sábados aprovechamos para ir por la tarde al cine. Hacía frío y estrenábamos unas camisas de lana a cuadros rojos y blancos que nos había traído mi tío Henry de NYC. De repente nos gritaban de gayola: ‘¡saquen a esos jotos... ¡saquen a esos jotos!' y luego, empezaron a chiflarnos y poco a poco se fue poniendo más brava la cosa hasta que decidimos mejor salirnos para evitar que nos madrearan.

Pero las tías nunca habían ido al cine hasta ese día que mi madre las convenció para ver Ben-Hur. Pronto se metieron en la historia y en algunas escenas estaban tan ahí mismo, como si fueran parte del reparto y de la acción. Furiosas, se levantaban de su silla y les gritaban a los soldados romanos: ‘¡Horrorosos, brutos!’, a la hora que veían cómo maltrataban a Cristo cargando su cruz. ¿No es esto el efecto que esperamos tener de una realidad virtual?

Cuando oyeron Quo vadis, Domine (¿A dónde vas señor?) casi se desmayan conmovidas de estar tan cerca de la historia que conocían gracias al cura Reynoso, el factotum de Tepa y amigo de las tías, que iba de visita algunas tardes a la casa que estaba a espaldas de la Parroquia para tomarse una copita y jugar ‘compeán’ (como creo que se llamaba ese juego). Cuando llegábamos de México, el cura Reynoso sacaba varios pesos de plata que nos daba a para cada uno de los chiquillos y que nos duraba toda la vacación.

Pero volviendo al cine, la vivencia de mis tías era más que real: ‘nunca —decía mi madre—, nunca, había visto una cosa igual’ y por eso lo contrasto con esa otra realidad: cuando vieron esas carreras de caballos en Roma, eran más reales que las que hacían sus medios hermanos en Tepa, cuando se montaban a caballo para correr por las calles paralelas del Tepa tirándose de balazos en las bocacalles.


Ni hablar cuando vieron a Cristo cargando su cruz. Entonces lloraban como ‘magdalenas’ que es otra de las muestras fehacientes del efecto ‘real’, ¿no creen? Bueno espero que con esta historia acepten que, en ocasiones, el cine puede funcionar como una realidad virtual y, si no, que me lo expliquen.