sábado, 24 de septiembre de 2016

Las hojas que caen

Ciudad de México, sábado 24 de septiembre, 2016. 


Los ciclos de la Naturaleza, acotados por el hombre desde siempre, provocan la noción del paso del tiempo la vida efímera y parte de un ciclo. El pasado miércoles 21 de septiembre inició el otoño por los siguientes tres meses mientras que las hojas van cayendo y tarareamos con Nat King Cole: ‘The falling leaves, drift by my window, the falling leaves’… o con Edith Piaf, en inglés y francés, con esa voz temblorosa embarrada de nostalgia. 

En la ciudad de México no todos los árboles cambian de color como en Nueva York o en Canadá los maples, pero donde han sembrado liquidámbar, como los hay en los viveros de Coyoacán, vemos encantados cuando pasan del verde tierno y vigoroso de la primavera, al rojo y amarillo antes de que caigan y queden pelones para resistir así el invierno, tal como sucede en el Paseo de la Reforma cuando se quedan ‘pelones y entrelazados’, como decía mi madre, feliz de haber llegado a pasar sus vacaciones de Navidad en la Capital. 

Como las otras cuatro estaciones, el otoño ocupa su cuarta parte del año o de la vida y, por eso, las ansias de encontrarnos transitando por esta estación deseamos que nos recuerden cuando vivíamos la locura de la primavera y por eso, nos viene este Soneto: ‘Recuerda en mí aquellas épocas del año, cuando las amarillas hojas, pocas o ninguna, cuelgan de las ramas que tiemblan contra el frío, desnudos coros en ruinas, donde los dulces pájaros alguna vez cantaron. En mi ves el crepúsculo de tal día, como el ocaso que se devanece en el poniente, extinguiendo poco a poco la negra noche, gemela de la muerte, que todo encierra en su reposo…’ (WS, Soneto 73).

Y de ahí a esta otra asociación que se cruza y que tiene que ver con la angustia, bien cantada y ¡terrible!, de que nos dejen o más bien, al revés: de seamos nosotros los que los dejemos: Ne me quitte pas, como se dice en el original de Brel y antes de que se nos nuble la vista si es que oímos la versión de Nina Simone, aunque su francés deja mucho que desear, pero que no por eso, nos pega ese sentimiento —de ida y vuelta—, capaz de trasmitir el dolor si hacemos este ejercicio voluntario para sentir el vacío, como resulta la ausencia. Puro masoquismo puro. 

Dice la letra Jaques Brel: ‘Ne me quitte pas… No me dejes, no me dejes, no me dejes… es necesario olvidar; todo se puede olvidar quien se escapa ya. Olvidar el tiempo de los malentendidos, el tiempo perdido a saber por qué, pero olvidar esas horas que a veces mataban a golpes los porqués en el corazón de la felicidad. Ne me quitte pas, no me dejes, no me dejes, no me dejes…’

Y las hojas caen como si fueran parte de esta escenografía y de los ciclos de la vida y no hay más que de aceptarlo como si fuera ‘el resplandor de aquellos otros tiempos’ y por más vuelta que le demos, sabemos que nos hemos subido a esa rueda de la fortuna en la feria que nos ha tocado vivir. 

Empieza el otoño. Se refresca el clima y los vientos hacen que caigan las hojas que apenas se sostienen para invernar en silencio y, como hacen esos magos de sombrero de copa, vuelvan a renacer en la primavera, no sabemos cómo, pero vuelve el optimismo del Ave Fénix que surge de la cenizas y así, entre una y otra cosa, como jinetes, seguimos trotando en medio de estos cambios de paisaje, sabiendo que vamos ligeros a nuestro destino.