Elevarse de lo terrenal

Ciudad de México, sábado 1º de octubre, 2016.— 


Revisando mis apuntes sobre la música en las obras de Shakespeare y en El Quijote de Cervantes encontré un texto que no sé de donde lo tomé, ustedes me van a perdonar, pero que llega como flecha al centro de lo pensaban los dos en cuanto a lo que puede pasar cuando oímos música, efímera por naturaleza que sólo existe en el momento mismo que se ejecuta y, sin embargo, que nos puede alterar la manera de ver el mundo y el lugar que ocupamos en él.

Esto sucedió un día en el jardín de la casa de Porcia en Belmont, cerca de Venecia, en esa mansión que, por lo pronto, la vemos más real, menos aparente, brillante y lujosa por estar ausente su dueña, y por eso, melancólica, triste y más natural. Es sábado por la noche; es el Sabbat de los judíos y hay luna llena.

La relación de Jessica, la hija de Shylock, con Lorenzo el veneciano está en un punto crítico: se atraen y se entienden sexualmente hablando, pero el mundo exterior, es decir, el gueto de los judíos y el paraíso de los cristianos hacen que Jessica se sienta fuera de lugar, llena de culpa y de dudas sobre su futuro.

Son varias contradicciones: por un lado, se siente culpable por haber huido de su casa y haber abandonando a su padre después de haberle robado todo lo que tenía y, por el otro, haber renegado de su religión para aferrarse a Lorenzo. Esa noche recuerdan a Tisbe, la trágica amante, y los dos están tensos: no saben cómo enfrentar esta época de su vida.

Es una escena melancólica en medio de un noche mágica: la luna, como astro relacionado con los ritmos de la vida y con los biológicos que evocan la fecundidad, lo femenino, la belleza y el misterio. Pero todo esto para Jessica tiene otro significado, pues, en su tradición, la luna simboliza al pueblo hebreo que palidece el día y hace que las cosas sean más tristes pues cambia el ambiente, el hebreo nómada, modifica sus itinerarios y el errante, la dispersión de sus comunidades.

Todas las referencias que hacen en esta escena son amorosas y trágicas: Píramo y Tisbe, el amor inconcluso; el engaño de Medea y Jasón; Troilo, el inconstante y Crésida la infiel. Todo esto le da miedo a Jessica y duda de las promesas que le ha hecho Lorenzo que, a su vez, intenta tranquilizarla y para eso, pide a los músicos que toquen:

—Ven Jessica, aquí nos sentaremos para dejar que los sonidos de la música se trepen por nuestros oídos, pues tanto la calma como la noche provocan una dulce armonía: siéntate Jessica… y mira cómo la bóveda celeste está llena con esos copones dorados y brillantes en donde la más pequeña de las esferas produce un canto angelical, un suave acorde para los radiantes ojos de los querubines. Estas armonías sólo las perciben las almas inmortales, a pesar del ropaje de barro de la decadencia que nos aprisionan de tal manera que no nos deja oírlas. (El mercader de Venecia, 5.1.)

Los dos luchan para no caer en la melancolía como si fuera una nube cargada de presentimientos. Lorenzo le da esperanzas para el futuro buscando en la música el medio para elevarse de lo terrenal y alcanzar un momento la paz espiritual, tan querida y anhelada.

Intenta que Jessica despierte al mundo de la belleza, de la poesía y del espíritu. Pero resulta que ella no vuelve a intervenir en la obra: no pregunta por el juicio de su padre y nadie le dice nada. Desaparece para los demás, aunque no para el público, ni para Lorenzo. Tal vez, y eso es lo peor, desaparece para ella misma.