Época de tirar cohetes

Ciudad de México, sábado 19 de noviembre, 2016.— 

Arquitecto Andrés Casillas de Alba.

El jueves pasado, la Facultad de Arquitectura de la Universidad Anáhuac le otorgó la medalla Antonio Attollini 2016 al arquitecto Andrés Casillas de Alba, hermano mayor de quien he recibido una gran influencia en muchos sentidos, sobre todo, en lo cultural para ver la vida a través de su estética que, para él, es su modus vivendi.

Un día le pregunté cuándo había decidido ser arquitecto: «Nunca —me dijo—, es decir, desde siempre… desde que estaba en la primaria dibujaba casitas». Qué afortunado ha sido de saber qué era eso que lo apasiona, como les sucede, me imagino, a los músicos que nacen con ese don y no pueden imaginar que la vida tenga sentido sin practicar su oficio.

Desde siempre observa lo que le rodea: animales, cosas, espacios y objetos de arte o la literatura o la música de Bach o la comida y su presentación y, por supuesto, a la gente con la que se relaciona sobre todo si comparten su muy personal ‘estética’, porque todo aquello que se sale de esos parámetros, queda, automáticamente fuera de su área de interés

Mi madre decía que se parecía mucho a su padre, pues ‘tenía los ojitos de tu abuelo’ que era el ingeniero y después arquitecto Guillermo de Alba (1864-1933), un tapatío que decidió irse a estudiar a Chicago a finales del siglo XIX para traer consigo el estilo de lo que ahora conocemos como la Escuela de Arquitectura de Chicago, con Louis Sullivan (1856-1924) como su representante, para construir con ese estilo, entre otras obras, el Hotel Fénix de Guadalajara y el fraccionamiento de las Colonias, para ser uno de los promotores de la transformación del pueblo de pescadores, en toda una señora Villa de Chapala, construyendo casas como la Villa Niza que ahora es de Patricia Urzúa y Mito Arce, o la propia que le llamó Mi Pullman, ahora reconstruida por una inglesa y, por supuesto, la Estación de Chapala construida en 1920, lo último que hizo antes de irse a vivir a la Ciudad de México.

Mi madre decía que tenía la misma mirada y los mismos ojos sumidos de su padre a quien tanto quiso. Es cierto, esos ojos hundidos son muy de la familia de Alba y dogo que también heredó su oficio, pues nunca se le ocurrió ser otra cosa que arquitecto.

Joven se fue de la casa para estudiar en la Technische Hochschule de Ulm en Alemania, la versión de la postguerra de la Bauhaus y de ahí nos mandaba fotos con la nieve rodeando su casa, antes de irse a trabajar en la remodelación de la ciudad de Isfahán, Persia (ahora Irán), con un despacho de arquitectos alemanes.

Antes de todo esto, mi padre lo había castigado (dice que es el mejor castigo que ha tenido en su vida) al rancho Santa Bárbara en Tepatitlán, pero, como ya veía el mundo a través del cristal de su estética, todo lo que había en el rancho, la sogas, los muros de los potreros, el piso de loseta, el canto de los rancheros antes de dormirse para levantarse con el sol, todo eso lo fue integrando a su caja de herramientas que luego utilizó mientras iba desplegando su ‘arquitectura de la intimidad’, como le digo, porque, por fortuna, vivo en una de las casas que él diseñó, acá en Tlalpan, donde somos felices y que, con el tiempo, sólo queremos estar aquí, así que, como dicen, me van a tener que sacar ‘con los tenis por delante.’

La medalla que le otorgó la Universidad Anáhuac es un reconocimiento a la calidad de su obra, misma que se ha estado transformando dentro de los parámetros para que sean totalmente vivibles, mejorando el estilo de vida de sus habitantes.

Por eso digo que es época de tirar cohetes, como se hace en estas ocasiones.