Tejer con palabras el paso del tiempo

Ciudad de México, sábado 12 de noviembre, 2016.— 

Tejedoras.
Nos ha caído la espada de Damocles con quien resultó el Presidente electo de EU. Hay muchas manera de entender y elaborar la realidad. Una de ellas puede ser, en una especie de catarsis, con el tejido de las palabras como si fueran una serie de asociaciones libres para llegar a entender lo que significa eso que hoy nos parece importante, tal como recuerdo que lo que expresó Chejov cuando uno de sus personajes nos dice que no nos preocupemos porque «cuando pase el tiempo, todo lo que hoy parece serio, importante y significativo se olvidará o parecerá insignificante.»

Y con el tejido de palabras recuerdo la manera en la que mi madre digería su propia angustia y apaciguaba sus ansias tejiendo por las tardes en Guadalajara unos zapatitos para los recién nacidos o unas ‘mañanitas’ para que las madres estuvieran calientitas a la hora de amamantar a sus hijos.

Las madejas se las vendían sueltas y por eso me pedía que las detuviera con los brazos abiertos mientras ella hacía la bola de estambre, vuelta y vuelta, platicando de cualquier cosa antes de tejer y tejiendo pensar en su próximo viaje a la ciudad de México, para salir a caminar por el Paseo de la Reforma e imaginar la felicidad de volver a ver a sus primas las Palomino. Hacía años que nos habíamos ido a vivir a Guadalajara y desde entonces vivía pensando en su próximo viaje en ese...

       Ir y quedarse y con quedar partirse,
       partir sin alma y ir con alma ajena... 

como decía Lope de Vega. Esta historia de su vida la descubrí, como lo conté una vez, cuando vi Las tres hermanas de Chejov, la historia de las hijas del general Prózorov, que había sido más o menos notable y que había fallecido hacía un año, el mismo día que empezaba la obra:

—Aunque era General y estaba al mando de una brigada, asistió poca gente a su funeral. ¡Claro!, estaba lloviendo a cántaros, sí, estaba lloviendo y nevando —como decía a Olga, una de las tres hermanas que tanto le costaba aceptar la realidad y, en lugar de decir que no había ido nadie porque ya no se acordaban de su padre, creía que era porque había llovido y nevaba.

Hacía once años que las hermanas habían salido de Moscú para vivir con su padre en un pueblito Desde entonces, añoraban los años en Moscú —como mi madre extrañaba la ciudad de México— y todo el tiempo soñaban regresar a su paraíso perdido, a esa ciudad en donde vivieron felices cuando eran niñas y vivía su madre.

Tal como ahora añoro Guadalajara en ese tiempo como el que menciona Renato Leduc… 

       y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
       amor de aquellos tiempos,  cómo añoro
       la dicha inicua de perder el tiempo.

Dos de las hermanas estaban a cargo de la casa y Andrei, el hermano menor, venía en el verano porque estudiaba para maestro. En una de las vacaciones se comprometió con Natasha que, según Masha, ‘se viste mal, es pretenciosa y controladora’, como lo fue una vez que se casó y se apoderó del control de la casa hasta el día que Andrei se suicidó.

—Cuando vivía papá y era el día de su santo, venían hasta treinta o cuarenta oficiales... Hoy, no hay más que un hombre y medio y, a juzgar por el silencio, esto parece una tumba... —como decía Masha y con este hilo de palabras me pongo a tejer para no pensar más en lo que nos espera creyendo esto que decía una de ellas:

—Se han olvidado de mi padre como se olvidarán de nosotros. Ese es nuestro destino y no tiene remedio. Cuando pase el tiempo, todo lo que hoy nos parece serio, importante y significativo se olvidará o parecerá insignificante.