La avalancha de sueños en Navidad

Ciudad de México, sábado 24 de diciembre, 2016.—

Tal vez era Blixen (el Rayo) el reno que jala a Santa Claus.

«El viejo pozo de mi vieja casa… es un compendio de ilusión y de históricas pequeñeces», decía López Velarde. De ese viejo pozo salen estos recuerdos como avalancha, como esas que suceden en la montaña nevada de la Nochebuena y Navidad y que están envueltos como regalo con un papel estampado por la magia de Santa Claus que, sin duda, nos traía los regalos que cargaba en ese trineo que cruzaba el espacio, gracias a sus nueve renos, entre ellos, Donner (Trueno), Blixen (Rayo) y Vixen (Travieso), con el que les repartía a todos los niños del mundo eso que habían pedido y si ya habían aprendido a escribir su carta que iba al Polo Norte, con todo y la letra chueca, fuera del renglón, pidiendo lo que se nos antojaba, para que luego, sin reclamar, aceptar lo que no recordábamos haber pedido y así, por primera vez dejábamos la incredulidad a un lado y aceptábamos como ahora aceptamos cuando nos dicen que… «en esta bella Verona, dos familias, de igual rango y dignidad…», y eso que está en nuestras narices se convierte en una Verona que cada quien imagina a su manera y que, en el XVI, los ingleses prohibían a sus hijos viajar pues sabían que un inglese italianato era un demonio incarnato.

Luego crecimos y descubrimos que Santa no existe y que eran los papás los que compraban los regalos, pero que había que guardar el secreto para los menores, aunque les soltábamos la sopa antes de tiempo con un sadismo infantil sin saber que así producíamos una grieta en la pared. Desilusión al dejar de ser niños y pasar a la siguiente etapa en un cambio que era como el iceberg que hundió al Titanic en 1912.

Entonces, participábamos de la fiesta familiar y, en mi caso, empezar a vivir eso que proponía Lope de Vega: «Ir y quedarse, y con quedar partirse —tal como sucedía si no veníamos a México como soñaba mi madre—, partir sin alma, e ir con alma ajena, oír la dulce voz de una sirena y no poder del árbol desasirse, para arder como vela y consumirse haciendo torres sobre tierna arena; caer de un cielo y ser demonio en pena, y de serlo, jamás arrepentirse.»

Durante la década de los 50’s había que decidir si íbamos a pasar la Navidad en la ciudad de México con nuestra segunda familia, los Chávez Peón que ya vivían en el recién Pedregal de San Ángel y que era una familia adorable que se habían mudado a una casa del arq. Artigas con vista a los volcanes nevados. O nos quedábamos en Guadalajara con los primos, en la casa del tío Jesús, en el corazón del gueto Tepa y, después de la media noche, ir a la casa de los Urrea en el Country a esas horas abierta a todo mundo para bailar toda la noche con los violines de Yáñez y, entonces, «hablar de las mudas soledades, pedir prestada sobre fe paciencia, y lo que es temporal llamar eterno.

Ahora la realidad nos abruma y nos inunda para darnos cuenta que el tiempo pasa y que seguimos celebramos las fiestas del nacimiento —que implica también la muerte—, evadiendo el trauma de haber sido expulsados del paraíso y qué mejor hacerlo con regalos, abrazos y buenos deseos para aliviar la herida aunque con eso, creamos sospechas y neguemos verdades, «que es lo que llaman en el mundo ausencia, fuego en el alma, y en la vida infierno.»

Ahora somos anfitriones de las nuevas generaciones y seguimos caminando a buen ritmo por las vías del tiempo, convertidos en proveedores de sueños, sin dudar que estamos hechos de la misma materia, aunque bien sabemos que la vida es «una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».