También los Nobel lloran

Ciudad de México, sábado 17 de diciembre, 2016.— 

Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa.
Hace casi dos semanas que terminó la FIL donde tuvimos la oportunidad de confirmar el carisma que tiene Mario Vargas Llosa a sus ochenta años: lo vimos en el Teatro Diana del brazo de Isabel Preysler, en la puesta en escena de La Chunga, dirigida por Antonio Castro, con un reparto de primera, obra que se han traído al Teatro Orientación de la Ciudad de México, donde ganó una mejor presencia por ser un teatro más pequeño.

La obra trata sobre lo vivido e imaginado por Vargas Llosa cuando estuvo de joven en Piura en donde pudo reconstruir e imaginar esa historia de burdeles convertida en una trama ciertamente erótica con escenas homo y heterosexuales, acompañada del respectivo onanismo.

En los días de la FIL, donde quiera que llegaba Vargas Llosa llamaba la atención con esa sonrisa que tiene, lo bien trajeado que anda y por Isabel Presley, que es una estrella del Hola!, con quien vive desde el año pasado, seis años después de la cena que ofreció el 7 de diciembre de 2010 en Estocolmo, tres días antes de que le entregaran el Premio Nobel, en donde, al final de un largo y sabroso discurso, nadie esperaba que se pusiera a llorar como nos puede suceder a cualquier mortal, sobre todo, si las emociones agazapadas nos asaltan cuando menos lo esperamos o porque traemos cola que nos pisen o porque mezclamos lo íntimo con lo profesional, como le sucedió a este escritor con quien comparto tantas cosas desde la lectura de La orgía perpetua, ese viejo ensayo sobre Flaubert y Madame Bovary que me permitió entrar por la puerta grande de esa obra y del autor, así como, de sus comentarios después de haber visto El año del pensamiento mágico de Joan Didion (1935-) en Londres con Vanesa Redgrave, en donde asegura que una buena obra de teatro es «el gran simulacro de la vida».

La noche de la cena, casi al final de su discurso, vencido por la emoción, se refirió al amor que le tenía a Patricia, su prima y mujer desde hacía 45 años, de quien había convertido sus regaños en elogios y si le reclamaba que era un inútil y que lo único para lo que servía era para escribir, se lo agradecía con toda su alma. A lo mejor, en esa cena presentía el principio del final de esa relación como finalmente lo anunció en julio del 2015 en la revista Hola!

Durante esa cena en Estocolmo se le hizo un nudo en la garganta y lloró «interrumpiéndose a sí mismo con la voz quebrada por la emoción» como pudo ser por anticipar que se estaba acabando ese amor con su prima Patricia, en una de esas fisuras de la psique o grieta en el alma por la separación,  pues gracias a ella, como decía Vargas Llosa, había mantenido su oficio y el éxito, así como, había disfrutado de su libertad para vagar por el mundo hasta llegar a Estocolmo y recibir el Premio Nobel de Literatura:

 «Perú es Patricia, una prima de naricita respingada y de carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir; sin ella, mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo y Morgana, ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia», dijo en ese discurso publicado como Elogio de la lectura y la ficción (Taurus, 2015), en donde nos recuerda que «la lectura logra convertir en sueño la vida y la vida en sueño» y por eso, cuenta porque de joven «se arrastraba por París hecho un Jean Valjean, cargando sobre sus espaldas sus ideas sobre la política, los nacionalismos y los fanatismos, así como, su decepción frente a la Revolución Cubana y otros sucesos del siglo XX.»