Y Romeo, ¿dónde está?

Ciudad de México, sábado 10 de diciembre, 2016.— 

«Entre los sicómoros de esa arboleda que crece al poniente de la ciudad, ahí vi paseando a su hijo en la madrugada; fui hacia él y, al verme, corrió para ocultarse en la espesura, aunque quería medir su pena con la mía, sólo anhelaba un lugar apartado, esquivando toda compañía; con el alma desolada, seguí mi camino sin molestar el suyo, y dejé de buen grado a quien del mismo modo de mí huía» —así le explicaba Benvolio, amigo de Romeo, a su madre que lo buscaba.

Cuando terminé de ver esta escena de Romeo y Julieta el jueves pasado en la versión dirigida por Kenneth Branagh y transmitida en vivo desde The Garrick de Londres a la pantalla de Cinemex, esbocé una sonrisa: se parece tanto en este sentido que vuelvo a ver mi imagen reflejada en el espejo del tiempo y de nuestra imaginación a través de la empatía.

Por eso, me alegré como si alguien me hubiera visto al amanecer al lado de mi Vespa, sentado en medio de las columnas que había en el pequeño jardín al poniente de la ciudad, a un lado de la Biblioteca del Estado en el Parque Agua Azul de Guadalajara, cuando me refugiaba al amanecer para ver si de esa manera podía saber lo que me pasaba en esos años cuando algo no se acomodaba en el alma, buscando saber quién somos, sin reconocer si el amor por la que suspirábamos era real o sólo una invención: «se encierra en su cuarto, atraca las ventanas, cierra la puerta al día, y en torno suyo hace una noche artificial. Este humor ha de tener consecuencias fatales, si con palabras no se extirpa la causa», le decía la madre de Romeo a Benvolio que pensaba que «esa flor ha sido mordida por un gusano envidioso antes que abriera sus pétalos... Si pudiéramos saber de dónde nace esa tristeza, de buen grado lo podríamos curar», contestaba Benvolio.

Romeo estaba enamorado y sufría porque no tenía respuesta de la joven que podía acortar su sufrimiento, la misma que ahora imaginaba podía recibir sus favores: Rosalinda —otra veronesa o tapatía, me da lo mismo—, que no tenía la menor idea de que Romeo estaba enamorado de ella.

Y él, azotándose, quejándose de que el amor era ciego antes de que sus pensamientos premonitorios tomaran altura y pensara en los opuestos: el odio y el amor, o esas cosas que nacen de la nada, de la esencia o cosas como «la gravedad liviana, o el informe caos de apariencia hermosa» o lo que «es ese amor del que no siento amor alguno».

¡Ah, caray! Tal cual. Se nos hacía bolas el engrudo a esas horas de la madrugada y pensaba que «el amor es una niebla de suspiros hechos humo que, si lo avivamos, hecha chispas por los ojos de los amantes y si se extingue, es por el océano de lágrimas del enamorado… una discreta locura: miel que alivia y hiel que ahoga», tal como lo escuchamos con una dicción perfecta.

Entonces, me levantaba por el frío de la madrugada, me subía a la Vespa mientras el sol lanzaba sus primeras llamaradas asomándose, tímido y enrojecido detrás del Mercado donde iba para hacer una escala y reconfortarme con un ‘menudo’ bien caliente.

Había cumplido el rito como si ella supiera de mis suspiros, mientras la imaginaba levantándose fresca como el rocío de la madrugada, antes que todo lo que me rodeaba tomara forma. Todo, menos la realidad, porque me deslumbraba la luz de su belleza: «¡Enséñame a olvidar, enséñame a no pensar!», le pedía Romeo a su amigo que le decía cómo es que lo podía hacer, siempre y cuando le diera «libertad a mis ojos para que pudieran ver otras bellezas»… y pronto pudo ver la belleza de Julieta Capuleto.