sábado, 20 de mayo de 2017

Leer y escuchar vuelve a ser lo mismo

Ciudad de México, sábado 20 de mayo, 2017.—

Portada de uno de los libros que se sabían de memoria.

“Leer es también ‘oír’ y ‘oír’ suele usarse para ‘leer’; que lector y leyente es también un oyente”, como cita Margit Frenk Entre la voz y el silencio (FCE, 2005), en donde nos explica que en el Siglo de Oro leer y escuchar quería decir lo mismo, como parece que vuelve a tener ese significado si los Centennials instalan la app que les dará acceso a miles de audiolibros publicados por Storytel, los suecos que ya tiene siete millones de títulos sonoros y preparan un catálogo de mil títulos para los lectores-oyentes en español.

En Don Quijote de la Mancha hay una escena (I. XXXV) en donde el cura lee en voz alta la Novela del curioso impertinente —en verdad, impertinente en muchos sentidos—, como era una de las que tenía el Ventero por si alguien quería leerla para entretener a los huéspedes, la mayoría analfabetos para que la escucharan esa noche mientras don Quijote llevaba a cabo “una brava y descomunal batalla con unos cueros de vino tinto que había en su cabecera”, creyendo que se trataba del gigante Pandafilando de la Fosca Vista, para que, tal como le había prometido a la princesa Micomicona, acabaría con esa amenaza. Al día siguiente, unos decían “que habían leído” la novela, y el cura le pagaba al Ventero los estropicios hechos por don Quijote.

Todo lo que recuerdo equivalente a esta experiencia fue la de escuchar a “Laco” Zepeda contando en Guadalajara en casa de Anís Díaz sus cuentos e historias que nos dejó con la boca abierta en donde no leía sino inventaba e improvisaba, pasando sin pasaporte las fronteras entre el país del realismo y el otro que estaba al lado y era mágico.

Ahora, tenemos la tecnología y podemos aprovechar el tiempo que tardamos en transportarnos de un lado al otro, que bien nos puede tomar hasta una hora, para que los jóvenes que usan todo el día sus audífonos puedan entretenerse oyendo-leyendo una de esas historia que irradian pura dicha ya sea por las voces de los que leen y nos dejan con la boca abierta, como Jeremy Irons como el profesor Humbert de la Lolita de Nabokov o Stephen Fry en las aventuras de Harry Potter o alguien como el poeta Lizalde con los cuentos de Juan Rulfo.

A los Centennials del XVI les decían ‘memoriones’ y eran unos jóvenes que podían aprenderse de memoria los parlamentos completos de las obras de teatro para luego, luego, dictarlos y fusilarse la obra sin tener que pagar derechos de autor.

El entusiasmo por los libros de caballería —escribió Margit Frenk— produjo portentos ‘memoriones’, por ejemplo, el fanático de los Palmerín de Olivia que se “los sabía de cabeza” o el escándalo del moro Román Ramírez, procesado por la Inquisición para morir en la cárcel (1599) ‘acusado de tener tratos con el diablo, pues era capaz de recitar de memoria muchos libros de caballería.’

Eran épocas en donde se desarrollaban otras capacidades como ahora, los nativos, las suyas que tienen que ver con la tecnología con la que se enteran de lo que se les interesa en tiempo real, pues manejan los celulares como nadie. Por eso digo que, si se les antoja, con esa app podrán leer lo mejor de la literatura mientras viajan o corren con esos audífonos que ya son una extensión de su cuerpo.

“Oye atento y del arte no disputes, que en la comedia se hallará modo que oyéndola se pueda saber todo”, como proponía Lope de Vega como lo podremos saber con Storytel cuando cubra el mercado hispano compuesto de unos 500 millones de individuos regados por el mundo con un buen porcentaje de analfabetos que volverán a esta edad en donde leer y escuchar vuelve a significar lo mismo.
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sábado, 13 de mayo de 2017

Del oficio a la obra de arte

Ciudad de México, sábado 13 de mayo, 2017.— 

Fotografía de Constelaciones prismáticas de Paolo Montalvo.

Un hombre convierte el oficio que tenga en obra de arte —como don José Hernández, plomero; Jesús Cabrera, carpintero o Rainer María Rilke, poeta en aquellos días que estuvo escribiendo sus elegías en el Duino, a la orilla del Adriático—, si tiene el don y las Musas los asisten para expresar en sus obras esa pasión que le permite transformar lo que haga con su oficio en una obra de arte, como ahora lo ha hecho Paolo Montalvo con sus fotografías de las Torres de Satélite mismas que ha expuesto en el Taller Luis Barragán —hasta el 25 de mayo—, como Constelaciones prismáticas, donde podemos hacer una lectura poética, visual y múltiple, producto de un trabajo de cinco años, para observar la luz, el espacio y los efectos que sucedían a cierta hora del día con esa geometría en fuga, hasta encontrar uno o varios de los misterios que hay en esas esculturas monumentales.

En estos días se cumplen 60 años de haber iniciado su construcción para luego convertirse en marca, señal o hito de una belleza tal como la que han disfrutado millones de automovilistas que, como los glóbulos rojos, corren por las arterias periféricas de la urbe.

Paolo dijo en la presentación que hizo el sábado pasado, que esa obra ha sido el resultado de una “contemplación silenciosa a lo largo de más de cinco años. Uno de los motivos por los cuales las Torres de Ciudad Satélite se han convertido en un hito de la creación artística del siglo XX en México, por que su realización correspondió más a la exaltación del sentimiento y la emoción que a la teoría y las fórmulas racionales de Luis Barragán y Mathias Goeritz que, como fuerzas complementarias, estuvieron al servicio de la belleza, sin olvidar a Jesús ‘Chucho’ Reyes Ferreira, para darles vida a esos cinco prismas monolíticos que, a sesenta años de distancia, conservan en su interior un mensaje luminoso.”

Si viajamos hacia el Norte vemos las vértices y sus efectos, y si regresamos a la ciudad, les vemos las espaldas que sostienen el esqueleto de esa marca en el espacio que delimita a las dos ciudades. marca que es de una belleza y dignidad como no lo he conocido en ninguna otra parte del mundo, bueno, tampoco he viajado mucho que digamos.

Algunas de las fotografías de Paolo Montalvo las hizo con su Polaroid, cuadradas, que con esfuerzo pueden ser un modesto e indirecto recuerdo del trabajo de Joseph Albers y su obra Homenaje al Cuadrado porque Montalvo apunta en otra dirección: la incidencia de las formas geométricas y sus colores en donde, el azul celeste, es un protagonista.

Pensé en las torres como la marca que hace referencia Shakespeare en el Soneto 116 cuando dice que el amor debe ser… “una marca inamovible que observa las tormentas y nunca se estremece; es la estrella de todos los gritos errabundos cuyo valor desconocen aunque midan su altura. El amor no es juguete del Tiempo a pesar de esos labios y mejillas rosadas de la hoz curvada por venir; el amor no se altera con las breves horas, ni con las semanas, sino que perdura hasta el borde de su ruina.”

Bien enmarcadas y mejor expuestas, las fotografías se convierten en una obra de arte donde podemos disfrutar de esos juegos geométricos y del color de las marcas inamovibles que se fugan por las alturas en busca de la eternidad mientras cortan con sus vértices al Céfiro, el viento del Sur y, si llegan de Occidente, nada más de verlas, hace tiempo, sabíamos que habíamos atracado en puerto seguro. Ahora, como decía Paolo Montalvo, “todo lo que vale la pena, empieza como un sueño” y “la belleza y el arte que escapan al ojo desnudo, son una invitación a la reflexión”, para tratar de explicarnos cómo es que Montalvo transformó su oficio en una obra de arte.

sábado, 6 de mayo de 2017

La errata del inconsciente

Ciudad de México, sábado 6 de mayo, 2017.—

Diagrama de los dedos de las manos para escribir.

¿Qué será lo que me quiere decir el inconsciente desde hace rato y no le he hecho caso hasta ahora? Resulta que cada vez que tecleo una palabra que termina en ‘amente’, como ‘dramáticamente’, escribo, no sé por qué, ‘amante’, y lo que garabateo es ‘dramaticamante’, para reconocer, una vez más, la errata del inconsciente.

Se trata de uno de esos mecanismos que existen y que conocí hace años cuando estuve en psicoanálisis (1965-1975). Por eso, ahora puedo reconocer el origen de lo que me pasa y que no pudo remediar. Puede ser uno de esos deseos o una especie de nostalgia agazapada en alguna parte de nuestro ‘yo’, allá donde se deposita lo que pasa por encima o por debajo del consciente, sin saber, bien a bien, por dónde es que se cuela. 

Pero, eso sí, cada vez que quiero escribir ‘peligrosamente’, funciona esta extraña conexión entre los dedos índices de las manos (que son con los que escribo, hasta eso, con buena velocidad), en donde el espíritu chocarrero de las erratas atacan de nuevo y resulta que sale ‘peligrosamante’ en un especie de lapsus digitus que estoy tratando de exorcizar, aunque tal parece que no es algo tan críptico porque sé que viene ‘directamante’ del inconsciente —de plano, lo dejo así para que ustedes entiendan mejor lo que me pasa. Sin ser experto en la materia, he descubierto la fuerza y el poder del inconsciente, sabiendo que es una instancia cuyos contenidos aparecen en algún momento dado en los sueños, en los lapsus, chistes, juegos de palabras, actos fallidos o síntomas que, según Freud, tienen la particularidad de ser a la vez algo interno al sujeto y externo a la consciencia, que aparece cuando se le antoja.

‘Amante’… de eso se trata, como la paráfrasis del famoso monólogo de Hamlet ‘ser o no ser’, tal como lo tradujo Tomás Segovia en donde, en lugar de que vaya seguido de… ese es el problema, prefirió hacerlo con… de eso se trata, como ‘efectivamante’ (una vez más, ¿no les digo?) hay que considerarlo en esta vida.

Alejándome de esos asuntos filosóficos, vuelvo al tema que traigo entre ceja y ceja o entre dedo y dedo este asunto porque, ‘definitivamante’ recuerdo que cuando nuestra pareja la vivimos como tal, vivimos esa carga emocional tan atractiva porque resulta ser un tipo de amor que nos permite convertir lo temporal en eterno y, muchas veces, nos hace perder la razón para entrar, si es que así se puede decir, allí donde no existe el tiempo, para fundirnos en el paraíso de lo eterno.

No falla: el inconsciente me quiere decir algo que tiene que ver con aquello que está a flor de piel y que, por lo pronto, sale a flote abandonado su casillero, para que quede por escrito, tomado directo del inconsciente, queramos o no.

Es una errata diferente a la que ya les he contado —que me cae muy en gracia, como buen editor— y que aparecerá en mi próximo libro Fe de erratas, en la vida de un editor improvisado (Bonilla y Artigas Editores, 2017), en donde cuento lo que le pasó a Blasco Ibáñez cuando se levantaba la tipografía con letras de plomo para formar la caja de texto. El manuscrito decía: “Aquella mañana doña Manuela se levantó con el ceño fruncido”, pero lo que apareció en el libro fue que doña Manuela “se levantó con el coño fruncido”, como nos puede pasar a cualquiera de nosotros, es decir, la errata, no la manera como amaneció doña Manuela quien, por culpa del inconsciente del tipógrafo, como la de su servidor, se vio rebasada por el inconsciente que siempre llega de manera inesperada para causar un cierto desasosiego.
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sábado, 29 de abril de 2017

Miento, luego existo

Ciudad de México, sábado 29 de abril, 2017.— 

Paisaje noruego con esas rocas filosas como cuchillos
Peer Gynt es una de las obras de teatro de Henrik Ibsen (1828-1906) que vino a colmar esa grieta en mi alma que se produjo alrededor de 1991, el año en que murió mi madre. Es una obra sin muros ni fronteras entre la realidad y la fantasía en donde muere Aase, la madre de Peer, después de que éste la ha llevado volando hasta la puerta de San Pedro en una escena donde Ibsen parece que puso el dedo en la llaga y tuve una catarsis como nunca antes ni después he tenido.

Con el relato de esa escena terminé el seminario en el MUAC-2017: Colmar las grietas del alma con Shakespeare, Chejov e Ibsen en donde tuve la oportunidad de compartir siete obras que, de alguna manera, aliviaron algunas de esas ‘fisuras de la psique’, como decía Stephen Greenblatt. 

Peer Gynt mentía de manera compulsiva y patológica, falseando la realidad para hacerla más tolerable. Creó una imagen de sí mismo e intentó convertir en realidad su delirio de grandeza. Mentía sin considerar las consecuencias y construyó varias historias con las que sostenía sus engaños como lo hizo Ulises en la Odisea de Homero o el famoso Félix Krull de Thomas Mann o Don García en La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón.

Ulises no vacila en inventarse falsas biografías. Cuando cuenta episodios extraños y maravillas increíbles, prodigios inauditos, cuenta la verdad; cuando expone una historia verosímil, está urdiendo una mentira provechosa, como dice Carlos García Gual. 

Don García inventa haber dado una fiesta que nunca dio, pero les cuenta detalles que empieza diciendo que en las opacas sombras y opacidades espesas que el Soto formaba de olmos, y la noche de tinieblas, se ocultaba una cuadrada, limpia y olorosa mesa, a lo italiano curiosa, a lo español opulenta…, describiendo la fiesta donde había con todo y esas frutas que bien conocía Ruiz de Alarcón porque había nacido y crecido en la Nueva España.

Aase está muy enojada porque su hijo en lugar de traer leña, o piezas de sus cacerías le cuenta puras mentiras, por eso, lo primero que oímos es un categórico ¡Mientes Peer! y él le contesta que no, que no ha mentido para nada. En realidad esa era la manera en que Peer pudo sobrevivir aplicando aquello de… miento, luego existo, como si fuese la cita de Vargas Llosa en un anuncio en El País: En la literatura siempre encontré la verdad de las mentiras.

Relacioné el Cuarto Cuadro del Tercer Acto lo que, por mi parte, viví con mi madre cuando tenía su cabeza claridosa, aunque sus facultades se habían venido a menos o a casi a nada: ya no podía hablar desde hacía años porque se le pegaron las cuerdas vocales y, por eso, hablaba a señas o con los ojos, con esos ojitos sumidos que le brillaban cuando podía respirar normalmente y no tenía la angustia de los sofocos respiratorios… había días que se la pasaba luchando sólo para poder respirar.

Cuando iba a verla, se me ocurría distraerla contándole historias de El Economista que recién había fundado, así como, la fatiga y la angustia de hacerlo y mis relaciones con los Secretarios de Estado o las comidas con ellos y lo que era llegar a casa a las tres de la mañana y tratar de dormir pensando en Cova —su madre y mi abuela—, porque pensaba escribir un día su vida como novela, tal como la publiqué años después en 1995 como las Confesiones de Maclovia.

Cuando tenía que regresar a México no podía contenerme. Tal vez por eso, cuando terminó el cuadro de Peer Gynt, salí corriendo después de ver cómo es que moría Aase mientras Peer le contaba sus historias entre ellas que la llevaba volando con San Pedro donde se encargaría de que la dejaran entrar sin problemas. Mientras oía esto, sin voltear a verla, Aase había expirado.

sábado, 22 de abril de 2017

Los dioses usureros

Ciudad de México, sábado 22 de abril, 2017.—

Revisando la partitura de la Polonesa-Fantasía de Chopin.
Tuve que irme a caminar por esa playa donde baten las olas, escuchando sus arrullos constantes para subrayar esto y ver aquello que viene a cuento con esto que bien sabía Henrik… porque los dioses son, como se sabe, envidiosos, y cuando dan un año de felicidad a un simple mortal, lo apuntan como deuda y, al final de su vida, se la reclaman con intereses de usurero, tal como se la cobraron en la novela El último encuentro de Sándor Márai a Henrik, Konrad y la bella Krisztina.

Hay lecturas que se hacen cuando menos lo piensa uno, como cuando salta la liebre y nos damos cuenta de que es una joya, como esta que encontré en estas vacaciones como fue la novela en donde ese escritor húngaro demuestra su calidad ya que sabe tensar el arco al inicio y soltar la flecha al final para irnos a caminar por la playa a ver si así podemos digerir los conflictos entre esos tres personajes antes, en y después de haber vivido un feliz triángulo amoroso.

La amistad y la fidelidad, las advertencias del padre de Henrik, el General de la Guardia Imperial, cuando le dice a su hijo que su amigo era ‘diferente’ y que tiempo después lo relaciona con su madre porque también era ‘diferente’ por ser una condesa francesa, encerrada en una jaula de oro en el ámbito militar de Viena a la que tuvo que adaptarse para poder vivir al lado del General austriaco, disciplinado como pocos y con esos principios que heredó a su hijo quien, desde niño, hizo un pacto con si amigo Konrád, a pesar de que era ‘diferente’, porque le gustaba la música, era pobre y su madre era una polaca como Federico Chopin de quien interpretó un día al lado de la condesa la Polonesa-Fantasía, Opus 61 en la menor, como si fuese la versión musical de esta obra literaria.

Henrik se pasa cuarenta y un años esperando conocer la verdad de los hechos como si esperara el juicio final el día que recibió una nota de su amigo Konrád diciendo que pasaría a verlo después de haber huido hacía poco más de cuatro décadas.

El "qué hubiera pasado si" es algo que sólo podemos contestar si escribimos una novela, porque ahí es donde podemos elaborar las bifurcación de los caminos, las alternativas y desviaciones y los momentos en donde no pudimos seguir con nuestros amores porque sabíamos que se podía romper algo para que terminara abruptamente el juramento de fidelidad y, con eso, se hiciera una grieta enorme.

Mejor le damos de vueltas, una y otra vez a los hechos que imaginamos en detalle para entender lo que estuvo detrás de todo aquello, pues sabemos que es con los detalles que podemos entender lo esencial y, de esa manera, soportar la nostalgia por tantos años, anhelando los días cuando éramos tan felices.

Los que eran ‘diferentes’ al hijo del Guardia Imperial entendían la fidelidad, la disciplina, los valores, los principios y los juramentos de otra manera. Pero, como supo, la pasión se sobrepone a todo y, por eso, los ‘diferentes’ podían ser capaces de crear un vacío difícil de colmar. Henrik necesitaba saber la verdad, aunque la sabía por intuición, como esa que tienen los verdaderos cazadores.

Uno se puede identificar con Konrád, el diferente, porque le gustaba la música y, enamorado, no pudo mantener su juramento; o imaginarse como Henrik, el disciplinado como su padre, aunque de niño una día consideró que su padre era un poeta porque, según él, siempre estaba pensando en otra cosa y, finalmente, con Krisztina que manejó su fidelidad como Dios le dio a entender.

Mejor ver el ancho espaldar del océano y luego salir a caminar para pensar en otra cosa.
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sábado, 15 de abril de 2017

Para gozar la gloria...

Ciudad de México, sábado 15 de abril, 2017.—
Cambridge, Inglaterra.
Conozco pocas historias de amor tan apasionadas como la de Octavio Paz y Marie Jo Tramini desde el día que se conocieron en un barrio de Nueva Delhi en 1962, para vivir juntos a partir de 1964. Con ella a su lado escribió, entre miles de textos, una versión del Surandakanda cuando «Hanuman inspecciona el gineceo» y nos cuenta lo que había visto en esa estancia de las mujeres: «Aquellas que eran ríos: sus muslos, las riberas; las ondulaciones del pubis y del vientre, los rizos del agua bajo el viento; sus grupas y senos, las colinas y eminencias que el curso rodea y ciñe; los lotos, sus caras; los cocodrilos, sus deseos; sus cuerpos sinuosos, el cauce de la corriente…» como resultó la versión que nos ofrece Octavio Paz sobre esta saga.

Inspirado, en medio del movimiento, cuando su vida estuvo por un año en calma con ese silencio que tanto nos ayuda a ver desde otra perspectiva las mil y una imágenes, los recuerdos, los planes, las lecturas y los deseos que son parte del movimiento andando.

Mari Jo y Octavio en Cambridge.
Ese tiempo y espacio que tuvo Octavio Paz después de su renuncia en el 68, cuando aceptó la invitación de George Steiner para una Cátedra en Cambridge por todo un año a partir del mes de enero de 1970, donde llegó con Mari Jo a su lado para respirar hondo, conciliar sus ideas y escribir lo que sería El Mono gramático (de tan difícil lectura), antes de regresar a México para publicar la revista Plural de feliz existencia hasta el 76, cuando Echeverría en el poder, «le cobró la factura a Julio Scherer por romper con la tradición del periodismo dócil», como explicó Jenaro Villamil en Proceso.

Protegido en Inglaterra, como en su momento lo estuvo Erasmo de Rotterdam o Giordano Bruno huyendo de la Inquisición, Paz pudo renacer, alejado de las garras del poder, para evaluar su posición, considerar sus planes a futuro y permitir que Eros le tomara la mano sin que se la soltara. Hacía seis años que vivía con Mari Jo, esa corza que conoció en la India con quien se enamoró con una de esas pasiones como la que expresa en la traducción del poema To His Mistress Going to Bed (Elegía antes de acostarse) de John Donne (1572-1631), cuando estaba inspirado, como sucede si estamos al lado de la mujer que tanto nos gusta:

Ven, ven, todo reposo mi fuerza desafía… Tu ceñidor desciñe, meridiano que un mundo más hermoso que el del cielo aprisiona en su luz; desprende el prendedor de estrellas que llevas en el pecho por detener ojos entrometidos; desenlaza tu ser, campanas armoniosas nos dicen, sin decirlo, que es hora de acostarse.
   Ese feliz corpiño que yo envidio, pegado a ti como si fuese vivo: ¡fuera! Fuera el vestido, surjan valles salvajes entre las sombras de tus montes, fuera el tocado, caiga tu pelo, tu diadema, descálzate y camina sin miedo hasta la cama…

   Deja correr mis manos vagabundas atrás, arriba, enfrente, abajo y entre, mi América encontrada: Terranova, reino sólo por mí poblado, mi venero precioso, mi dominio.
   Goces, descubrimientos, mi libertad alcanzo entre tus lazos: lo que toco, mis manos lo han sellado.
   La plena desnudez es goce entero: para gozar la gloria las almas desencarnan, los cuerpos se desvisten.

Por este tipo de inspiraciones es que puede uno confirmar la pasión, el amor y la libertad que sentía Octavio Paz al lado de su mujer, al tiempo que meditaba, observaba y consideraba todo lo que podía hacer en el futuro en ese tiempo tan apacible y tan necesario como el que tuvo durante su estancia en Cambridge en 1970, entre los árboles y el río de esa ciudad, al lado de su mujer para que pudiera darle continuidad a sus ideas y llegara a plasmar su propia capacidad crítica, como la que tanto extrañamos tal como la fue desplegando, año tras año, hasta el día de su muerte.
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sábado, 8 de abril de 2017

Ya tiene sabor a sal mi pensamiento

Ciudad de México, sábado 8 de abril, 2017.— 

Paseo a orilla del mar de Joaquín Sorolla (1863-1923).
El mar, el mar, dentro de mí lo siento. Ya sólo de pensar en él, tan mío, tiene un sabor de sal mi pensamiento, como escribió José Gorostiza para leerlo, pensarlo y sentirlo antes de irnos a pasar unos días a la orilla del mar o ver la obra de Joaquín Sorolla para imaginar estar allí, rodeado de esas bellezas, con la brisa del atardecer y la sensación de tener las camisas al aire como a veces las traemos en vacaciones.

Estoy convencido del arte como terapia porque sé que es una manera de vernos reflejados o de recordar esos momentos cuando hayamos regresado y ya no estemos más en la playa para volver a ver el cuadro de Sorolla y recordar aquellos días cuando despreocupados caminábamos a la orilla del mar compartiendo el gesto complaciente de la esposa, de la hija o de la nieta, agradecidas de estar ahí y, fuera de la rutina, platicar de nuestras ilusiones, sueños y esperanzas —que nunca mueren—, antes de regresar a enfrentar los problemas ahora que hemos aprendido a vivir en la dificultad.

Ver la playa como la veía Sorolla con todo y los parasoles que las cuidan del sol y los beneficios de la brisa que humedece la piel y nos hace sentir que estamos en libertad o nos hace creer, por un momento, que los problemas se quedaron quién sabe dónde mientras volvemos a plantarnos, bien plantados, en el presente.

Sorolla ha de haber hecho todo eso que hizo por gusto y por eso pudo transmitir esos instantes durante sus vacaciones en la playa de Valencia donde pudo captar la luz y la alegría y todo parecía que todo estaba bien y que se podía alcanzar uno de los tantos sueños, parte de la vida, antes de que todo se convierta en silencio y negra negritud. 

Y como proponía Alain de Botton, de repente, voltear a ver Las nubes como las que pintó John Constable (1776-1837) para respirar hondo y reconocer que el espacio es más amplio que la cáscara de nuez donde vivimos o trabajamos y, al mismo tiempo, intentar reconocer si las que vemos son asperitas, las de los altos estratos o cavum, las del agujero bien puesto o cauda que tienen cola sin que se la pisen, y todas, en constante transformación para jugar a lo que se parecen: un camello, o una ballena, o un gigante gruñón.

Y otro día, tener tiempo para volver a ver el retrato de Madame Antonia Devaucay que hizo Ingres en 1807 y que tanto nos conforta al verla con la idea de sentarnos con ella a platicar de nuestra vida, seguros de que nos va a confortar o ver esas otras de Vermeer (1632-1675) para apreciar lo que se llama la ‘vida íntima’ como la de las mujeres que pintó en su casa de Delft: ya sea la que está embarazada y bien vestida de azul cielo, leyendo una carta de su amante o la que sirve la leche quitada de la pena o la joven de la perla o la que suspende su clase de guitarra para levantar la cabeza y soñar, por un instante, en el amor de sus amores.

A través del arte podemos conectar los deseos y apaciguar nuestras frustraciones para disfrutar un poco más de la vida íntima que tanto nos gusta en esta etapa de la vida y, darle así, el sentido y la dimensión que se merece.

Por lo pronto con el poema de Gorostiza y el cuadro de Sorolla se me hace tarde para irme a caminar a la orilla del mar, porque déjenme decirles que, para estas alturas, ya tiene un sabor a sal mi pensamiento.

sábado, 1 de abril de 2017

Abril es el mes más cruel...

Ciudad de México, sábado 1º de abril, 2017.—

Fiona Shaw declamando Tierra baldía de T.S. Eliot.
Abril es el mes más cruel, hace brotar lilas en la tierra muerta, confunde la memoria y el deseo, revive a las rudas raíces con la lluvia de la primavera…, así empieza Tierra baldía de T.S. Eliot (1888-1965) publicado en 1922 y dedicado a Robert Sencourt, su amigo muerto en la Primera Guerra Mundial.

Todo en este poema es extraordinario, febril, mutante, insólito, casi un bosque irreal, casi otro mundo habitable, como anunciando algo que está por venir y de lo que sólo él tiene la clave…, dijo de este poema Antonio Lucas en El Mundo.

Como hoy inicia el mes de abril lo conecté con este poema en donde T.S. Eliot nos asegura que es el más cruel de todos y, de pasada, nos pone contra la pared, inmovilizados, entre la punta de los sentimientos encontrados de la divina primavera y la renovación de la vida y la peste que se produce cuando se pudren las lilas con la lluvia o los cadáveres en las trincheras en esa tierra estéril.

Nada como la versión de Fiona Show en uno de los libros que merece llamarse ‘digital’ (Touch Press Inc., que se compra como App sólo para iPad), en donde han colocado todo lo que usted puede imaginarse de este poema: la narración la he disfrutado muchas veces porque puede uno oírla y, al mismo tiempo, seguir el texto marcado azul conforme va declamando o, si queremos, sólo escuchamos el poema leído por el autor o por otros poetas; o ver que es lo que dicen frente a la cámara varios expertos , además de ver las páginas originales con las correcciones, incluyendo las propuestas de Ezra Pound en ese viaje extraordinario al que dio dirección y sentido después de que Eliot le pasó el manuscrito para su bendición y aquel le devolvió el poema cribado, para dejarlo en la esencial expedición que hoy conocemos, como escribió Lucas.

Si leemos el poema parece que vamos caminando entre varios sucesos desde la infancia, como el día que los sorprendió una fina lluvia en el parque Hofgarten de Munich y mejor se metieron a tomar un café hasta que alguien, su madre o la institutriz, les llama la atención en alemán: ¡No hablen ruso, van a creer que somos lituanos; sólo alemán!, antes de seguir recordando sus paseos en trineo durante el invierno y nosotros vamos avanzando de la mano del poema en el tiempo y el espacio.

Se acuerda de la niña a la que le llevó unos jacintos y, por eso, le decían la niña de los jacintos. De pronto, cambia de humor y ya no se acuerda de nada se ha quedado deslumbrado: le duele la llaga y nos dice que se quedó mirando el silencio desde el corazón de la luz.

Luego aparece Madame Sosotris, la famosa vidente que ese día tenía catarro y, por eso, habría que leerlo mormados, tal como lo hace Fiona Show con buen humor. La famosa vidente dice que el ahogado Marino Fenicio (perlas son lo que antes fueron sus ojos, y así nos enteramos que Eliot había leído La tempestad de Shakespeare porque cita la escena en donde Ariel le canta a Ferdinando, el príncipe de Nápoles, antes de encontrarse con Miranda, pues estaba dolido por la posible muerte de su padre y, para consolarlo, le canta: A cinco brazas de aquí yace el cuerpo de tu padre, corales son ya sus huesos, perlas sus ojos. Todo él en mar se ha transformado y es todo hermoso, y es todo extraño. Ariel desea que el Príncipe sólo recuerde lo bueno de su padre, pues, perlas son sus ojos y todo en él es hermoso y extraño.

Y así seguimos a trote por esa tierra estéril en este abril el más cruel, porque hace brotar lilas en la tierra muerta

viernes, 24 de marzo de 2017

Lo que heredamos

Ciudad de México, sábado 25 de marzo, 2017.—

Monedas romanas, con el busto de Marco Aurelio (121-180).

“Marco Aurelio nació en Roma el 26 de abril del 121 y murió en lo que ahora es Viena el 17 de marzo del 180. Vivió casi sesenta años y lo hizo entre dos fronteras geográficas: la acomodada mansión patricia en la metrópoli imperial y, al final de su vida, en un campamento militar en la turbulenta frontera danubiana. Así podemos enmarcar la vida de este personaje filósofo y emperador. Estuvo durante veinte años al frente del Imperio Romano, fue un buen gobernante, el último emperador que los historiadores de su tiempo consideraron como la Edad de Oro del Imperio.”

Esta es una versión de lo escrito por Carlos García Gual en la Introducción de las Meditaciones (Gredos, 1977) de Marco Aurelio, esos escritos que me han hecho reflexionar sobre lo que heredamos y que puede ser parte de nuestro ADN. 

En realidad, dicen que escribió sus meditaciones para mostrar de alguna manera su afecto a quien corresponda. Se trata del Libro I escrito en su campamento a orillas de uno de los afluentes del Danubio. Ahí, durante algunas treguas, pudo asociar sus características y habilidades con las de sus antepasados, de tal manera que también nosotros podamos asociar lo que imaginamos es propio, reconociendo su procedencia en los son parte de nuestra historia. 

Marco Aurelio dice que heredó “de su abuelo (Vero), el buen carácter y la serenidad. De la reputación y memoria legadas por su progenitor (Anio Vero): el carácter discreto y viril. De su madre (Domicia Lucila) el respeto a los dioses, la generosidad y la abstención no sólo de obrar mal, sino incluso de incurrir en semejante pensamiento; más todavía, la frugalidad en el régimen de vida y el alejamiento del modo de vivir propio de los ricos.

“De su bisabuelo (Catilio Severo): el no haber frecuentado las escuelas públicas, de haberme servido de buenos maestros en casa, y el haber comprendido que, para tales fines, es preciso gastar con largueza. De mi preceptor: el no haber sido una facción de los Verdes ni de los Azules (rivales en las competencias circenses y de gladiadores); el soportar las fatigas y tener pocas necesidades; el trabajo hecho con esfuerzo personal y la abstención de excesivas tareas, y la desfavorable acogida a la calumnia.”

¿Y nosotros? Bueno, propongo que cada quien acuda a su propio mapa genealógico y rebusque entre ellos, tal como intento hacerlo ahora mismo con el mío, para ejemplificar de esta manera este tipo de ejercicio: de mi abuela (Maclovia), el gusto por adivinar el futuro e interpretar los sueños; de mi madre (Mina), narrar los sucesos de la vida con un cierto optimismo, aunque nos acusen de ligeros por estar paradójicamente satisfechos y alegres en medio de un mundo caótico y decadente; de mi padre (José Luis), los principios y valores —como el honor—, mismo que formó parte de su columna vertebral, así como, la libertad con la que me dejó hacer lo que quería desde joven, aunque a veces me haya salido el tiro por la culata; de mi abuelo (José Ana), el de Tepa, saber perder en el juego como él perdió buena parte de su hacienda; de su esposa y mi abuela paterna (María Cruz), la perseverancia para alcanzar metas imposibles y, del único preceptor que considero como tal, así como Marco Aurelio consideró a Diogeneto de quien aprendió “a tener desconfianza de esos que dicen hacen prodigios, hechicerías y conjuros” y que, en mi caso, es José Luis Ibáñez, quien me enseñó a contrastar las palabras escritas y habladas entre las obras de Cervantes y Shakespeare. 

Todo esto que imagino ahora —causas y efectos— es gracias a la lectura del Libro I de las Meditaciones de Marco Aurelio que me impulsó a considerar cómo son las herencias del mapa genealógico o tal vez, sólo para mostrar mi afecto.