viernes, 21 de julio de 2017

Cuando Victor Hugo se sumergió en su lectura

Ciudad de México, sábado 22 de julio, 2017.—

Victor Hugo (1802-1885).
Como otras veces me ha pasado encontré al azar un libro de Victor Hugo en donde despliega toda su erudición como esa que tenía para registrar todo lo que leía, oía y veía.

Curioseando por la librería Porrúa, a un lado de la taquilla del Cinemex en Altavista, de pronto veo una portada con el retrato Chandos de William Shakespeare y este título: A propósito de Shakespeare. El Genio y la misión del Arte de Victor Hugo, publicado el año pasado por Desván de Hanta en España.

Resulta que después del golpe de Estado de Napoleón III en 1851, Victor Hugo se tuvo que exilar con toda su familia por casi veinte años hasta 1870, primero, en la isla de Jersey y luego en la de Guernsey cerca de Normandía en el Canal de la Mancha. Ahí vivió con Adèle Foucher, su esposa y cinco hijos, entre ellos, François-Victor que conocemos por esta anécdota:

«La lluvia, el viento y el ruido del exterior nos tenían aturdidos en aquella casa. Los dos meditábamos preocupados tanto por el inicio del invierno como por el destierro.
—¿Qué piensas de este destierro? —me preguntó.
—Que será largo —le dije.
—¿Qué vas a hacer mientras dure?
—Miraré al océano…
Y después de un momento de silencio, le repliqué:
— ¿Y tú?
— Yo —repuso mi hijo—, traduciré a Shakespeare.»

Así nos enteramos que François-Victor sería el traductor al francés de algunas de las obras de Shakespeare y, su padre, escribiría los prólogos. Con esta idea escribió otros textos que se convirtieron en su libro, al tiempo que seguramente esbozaba la novela de Los miserables que terminó de escribir diez años después en 1862.

A propósito de Shakespeare es un libro que llama la atención, a pesar del descuido de los editores, porque explica, propone, asocia y compara la Ciencia con el Arte entre otros temas, de tal manera que algunas de sus propuestas resultan polémicas, como lo voy a explicar en otra ocasión, porque hoy me gustaría que conozcan esta anécdota que tiene que ver con el poema De la naturaleza de las cosas de Lucrecio, el poema asombroso que le cambió la vida a Stephen Greenblatt e impactó, como lo vamos a ver, al joven Victor Hugo:

«Recuerdo que un día, siendo yo adolescente, cuando vivíamos en Romorantin, en la casucha de mi familia, bajo un emparrado inundado de aire y de luz, distinguí sobre un estante el único libro que había en la casa: De rerum natura de Lucrecio. Mis profesores de Retorica me habían hablado mal de él y, eso, avivó mi interés. Serían más o menos las doce del día cuando abrí el libro en una página donde empecé a leer estos poderosos versos:

La religión no consiste en mirar 
incesantemente a la piedra velada,
ni en visitar los altares,
ni en postrarse humillado hasta el suelo,
ni en levantar las manos 
ante las mansiones de los dioses,
ni en verter en el templo sangre de animales,
ni en acumular voto sobre voto,
sino contemplarlo todo con el alma tranquila.

»Me detuve a meditar y continué la lectura. Algunos minutos después ya no vi ni oí nada a mi alrededor; me hallaba sumergido en el poeta. Llegó la hora de comer e hice una señal con la cabeza de que no tenía ganas; y cuando el sol llegaba a su ocaso y los rebaños se retiraban a los establos, todavía permanecía en el mismo sitio, leyendo inmerso el libro y, a mi lado, indulgente por mi prolongada lectura, se hallaba mi padre, de cabellos blancos, apoyado en un dintel de la puerta que daba a la sala, en donde pendiente de un clavo colgaba su espada, llamando dulcemente a los carneros que iban uno tras otro a comer el puñado de sal que les ofrecía en la palma de su mano.»

Es una escena que se repite cada vez que nos clavamos con lo que estamos leyendo, porque toca fondo. ¿Verdad?
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martes, 18 de julio de 2017

Cuando se pierde, se gana

Ciudad de México, miércoles 19 de julio, 2017.— 

Marin Cilic (1988-) en la final de Wimbledon.
Al prender la TV para ver la final de Wimbledon veo a Marin Cilic (se pronuncia ‘Cilich’), sentado en la banca tapándose el rostro con una toalla, llorando sin que yo supiera si era por un dolor físico o por uno de esos que dicen que son del alma. Se me hizo nudo la garganta: me puse en su lugar, recordando cuando había estado en otro tipo de torneos, también con un estrés de varios días, semanas o meses, cuando quería comerme el mundo a puños, demostrar lo que era capaz de hacer y no poder lograrlo hasta caer súbitamente en una depresión mayor o en un nervous breakdown incontenible.

Los asistentes que estaban a su lado no sabían qué hacer, mucho menos su entrenador o los amigos que lo veían desde la barrera con el ceño fruncido por la disonancia que se produjo como si de imprevisto se hubiera roto una cuerda.

Este joven de 29 años nació en Medjugorje (‘entre las montañas’) en Bosnia-Herzegovina, un pueblo de unos cuatro mil habitantes de etnia croata con un clima del mediterráneo más bien suave en donde dicen que se está apareciendo la Virgen de la Paz. Ahí nació en 1988 en medio de nada, hasta que un día tomó la raqueta y no la volvió a soltar, para competir mientras crecía hasta llegar a medir 1.98 metros y tener un saque y un alcance como pocos pueden tenerlo. 

“No he llorado de dolor —dijo—, he llorado de impotencia” y por eso logré identificarme con él y ya no pude seguir viendo la final porque sabía en lo que termina cuando nos agarra la mano el chango y no nos permite seguir adelante.

La maldita impotencia frente a los poderosos, frente a los que creen tener la razón y sin habernos preparado en el ‘trabajo interno’ para vencer esos momentos, como lo explica Timothy Gallwey en The Inner Game of Tenis, libro que tenía cerca cuando jugaba tenis en Cuernavaca por placer, para disfrutar de los partidos o del sol, cuando me di cuenta que en el tenis no hay tiempo para recuperarnos de los errores, como en el golf, donde caminamos antes de pegarle a la pelota, mientras respiramos hondo y nos relajamos para retomar el principio básico de lo que hacemos: jugar.

Lo comenté con mi esposa y se llevo las manos a la boca. Es una escena que nadie comenta porque las luces se fueron, con razón, al otro lado de la cancha con el ganador que se lleva todo y arrasa hasta con los sentimientos. 

Desde ayer me he quedado atorado y por eso lo desahogo escribiendo, pues gracias a la empatía, recordé que me pasó algo parecido hace mil años en El Economista, después de los primeros meses de tensión y logros, llegábamos, como si fuera Wimbledon, a buscar el triunfo y conseguir anuncios que tardaban en llegar. En una comida, después de un discurso más o menos racional, aprendido en otras canchas, son poder controlarlo, se me cerró la garganta y, como Cilic, tenía ganas de taparme la cara con la servilleta, como si fuera una toalla con esa rabia que nos puede dar cuando nos sentimos impotentes. 

“Eres un héroe —dijo Roger Federer al término del torneo— siéntete muy orgulloso de lo que has hecho” y aunque nadie me dijo esto en aquel momento, ahora me siento como si lo hubiera sido para mi consuelo hasta salir de la cancha en donde había perdido, al tiempo que aprendí que de la derrota hay tantas cosas que aprende uno que estoy seguro de haber ganado.
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sábado, 15 de julio de 2017

Retomar el camino de Proust

Ciudad de México, sábado 15 de julio, 2017.—

    G. Caillebotte (1848-1894), como las tías en Combray.    
En diciembre del 2004 estuve en la FIL hablando de los beneficios logrados después de haber leído durante cuatro años seguidos las obras completas de Shakespeare, comentadas por seis amigos que no pretendíamos nada más que conocer los diferentes puntos de vista cada obra leída: resultó ser un parteaguas en mi vida. 

Luego lo hicimos con Ulises de Joyce y ahora, empezamos con la obra de Marcel Proust (1871-1922): En busca del tiempo perdido, que ya había leído hace unos treinta años. Hoy sábado vamos a comentar Combray, el primer capítulo del primer tomo titulado Por el camino de Swann de los siete que forman la obra completa; como es al mediodía, hemos preparado un menú como esos que preparaba Francisca en casa de la tía Leoncia allá, en la villa de Combray que es el escenario de esta primera parte en donde nos enteramos de aquel día de invierno que su madre le dio una magdalena que sopeó en su té de tila y que fue suficiente para que se le viniera encima el pasado y emprendiera la búsqueda del tiempo perdido que va desde su niñez hasta que logra recobrarlo después de haber escrito una obra que solo los genios lo pueden hacer.

Se trata de conocer todo lo que sus personajes sentían, pensaban, imaginaban y vivían durante esos veranos que iba con su familia a la casa de su tía Leoncia en Combray, una tía que vivía recostada en su camita y, a veces, los domingos le daba a probar un pedazo de magdalena mojada en su té de tila:

“En el mismo instante en que tomé aquel trago, con las migas de la magdalena que tocaron mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior… Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal… El brebaje me despertó… dejé la taza y volví hacia mi alma… Y de pronto, el recuerdo surge…”

Y así, escribiendo y corrigiendo hasta el agotamiento, va narrando cómo es que “la infancia surgió de inmediato como un período más hermoso de lo que él recordaba”, a pesar de que su tía “había empezado —más pronto de lo que suele llegar— ese gran abandono de la vejez, que está preparándose para morir, que se envuelve en su crisálida, dejación que se puede advertir allá al fin de las vidas que se prolongan mucho.”

Para Proust la memoria le ayudo a sanar las heridas hechas en medio de los torrentes de sucesos y fantasías que va serpenteando en la novela, cediéndole la palabra al niño o a ese adolescente que empieza a leer en el jardín de Combray al tiempo que descubrimos la codependencia de la madre —en la vida real—, que prefería que su hijo estuviera enfermo para que dependiera de ella (una enfermedad perversa) de la que Roberto, el segundo hijo y hermano menor de Marcel, se escapó para ser cirujano como su padre, que operaba en medio de los bombardeos, cargando a sus pacientes de un lado para el otro para salvarles la vida.

Proust pudo ver el interior de esas almas que iba encontrando en los paseos que hacía —a pesar del asma que padecía—, ya sea por el lado de Guermantes o por el de Swann, y va describiendo en esas largas y bien escritas historias para que nosotros podamos descubrir, eso que vayamos encontrando en nuestro propio tiempo perdido, saboreando cada uno sus cuentos de nunca acabar que se despliegan en un especie de laberinto donde siempre encontramos al final esa luz que ahora nos alumbra de los pies a la cabeza.

sábado, 8 de julio de 2017

El canto de los pájaros y el sueño de verano

Ciudad de México, sábado 8 de julio, 2017.— 

Como si fuera Pavarotti en pleno canto matutino.

A las 6:30 de la mañana empiezo a oír el canto de quien creo es ‘Pavarotti’, el mismo que escuchaba hace dos y tres años, porque ahora sé que los pájaros viven entre cinco y diez años. A esas horas de la madrugada canta desde un pino alto y sombrío que ha crecido en la casa de mi vecino. Canta con vehemencia, lo oigo, reconozco su vigor y me doy la media vuelta para seguir soñando.

Muchas veces me he pregunto por qué cantan los pájaros una o varias melodías y tal parece que lo hacen para atraer a su pareja o para marcar su territorio o para espantar al invasor o por las tres cosas juntas. Dicen también que los machos que insisten con su canto atraen a las hembras por su persistencia —considerada en los seres humanos como una virtud—, aunque, sus logros dependen de lo que pueden ofrecer, por ejemplo, si tienen alimentos de sobra, entonces pueden conquistar pronto a su pareja.

Si alguien supo de todo esto fue Miss Howard, Len Howard (1897-1973), una inglesa que vivió en Sussex en una casita que tenía en medio del campo, mitad jardín y mitad huerto, en donde no sé cómo le hizo pero los pájaros silvestres se sentían en su casa y entraban y salían a gusto como buenos amigos. Por eso, pudo identificarlos, tratarlos, atenderlos y observarlos para luego publicar esas experiencias en Birds as Individuals (1952) o Los pájaros y su individualidad, como lo publicaron en los Breviarios del Fondo de Cultura Económica (1955), un libro que hojeo de vez en cuando.

Miss Howard anotó un día que “cuando los cuatro petirrojos se ponían a cantar, me daba cuenta que las notas del petirrojo-curruca suenan como si fueran las de un tenor en medio de un coro de sopranos. Dobs —como le llamó a uno de esos pájaros—, vuela hacia el jardín que está enfrente cuando empieza el coro pero, esta vez, en vez de cantar en tonos agudos, gorjea una cancioncita propia, trémula, que resalta entre las que cantan a todo pulmón y suena como si fuera un instrumento con sordina que fuera parte de un cuarteto de cuerdas. Los cantos llueven sobre mí desde todos los árboles ahora que estoy sentada en el pasto. Pero el canto del petirrojo-curruca es más rico y trae una nueva canción con pocos de esos pasajes tan comunes en el gremio de los petirrojos”

En el verano, las crías que nacieron en estos territorios de Tlalpan están listos y vuelan por su cuenta y riesgo; sus padres les enseñaron a vivir y van madurando, como es propio de la vida de los pájaros silvestres. Algunos delimitan con su canto los territorios adquiridos: ramas y follajes que los protegen y tienen sus nidos.

Bajan a la fuente de la terraza a beber agua o a bañarse en el plato superior porque ahí pisan fondo, antes de sumergir la cabeza y sacudir sus alas salpicando alrededor sin dejar de voltear, nerviosos, antes de emprender el vuelo y dejar cancha a los otros que hacen cola por ahí, para darse su baño de asiento, ese que les cae tan bien cuando hace calor, mucho antes de subirse por la tarde a una de las ramas de la Jacaranda y observar desde ahí lo que sería su universo.

Al atardecer llega ‘Pavarotti’ y canta como si quisiera acurrucar a su pareja y no tanto para defender su territorio, pues su canto es melodioso y apacible como si de esa manera nos diera las buenas noches después de haber librado el día brincando entre los zarzales, con esa melodía como si fuera una bendición antes de cada quien se vaya a dormir para soñar en estas noches lluviosas de verano.

sábado, 1 de julio de 2017

El arribismo en el cine de Gavaldón

Ciudad de México, sábado 1º de julio, 2017.—

Dolores del Río (1904-1983)
“Tal vez la mejor aportación que hizo Roberto Gavaldón (1909-1986) con sus melodramas urbanos de la segunda mitad del siglo XX, fue la de haber expuesto de una manera cruda el arribismo petulante de las élites triunfantes de tal manera que, siete décadas más tarde, comprendemos mejor el México que le tocó vivir y que supo retratar en un espejo en el que nos seguimos mirando perplejos”, dice Carlos Bonfil en Al filo del abismo. Roberto Gavaldón y el melodrama negro (Secretaría de Cultura, 2016), un libro que Roberto su hijo, amigo y homónimo del director cuidó y recordó algunas de las películas que dirigió su padre, parte del acervo del cine mexicano.

La vorágine de los nuevos medios, la filmación digital, la avalancha con toda clase de películas, festivales y novedades, todo esto, frente a las nuevas generaciones, los famosos Centennials que ven las cosas a través de su portátil o tableta o con esos lentes y la realidad virtual que poco a poco se va abriendo camino, así como, la facilidad con la que ven en tiempo real lo que les interesa, como los deportes, accidentes o guerras, hace que las joyas del cine del siglo pasado las vean como algo anacrónico tal como era la elegancia de esos arribistas que bien acusó Gavaldón, vestidos de blanco y negro para pasearse en la pantalla grande cuando la urbe crecía y no tenía conciencia de sus problemas de crecimiento.

“El pulso de la urbe en la década de los 40’s —a través de los ojos de los gangsters y las mujeres fatales, de los antihéroes melancólicos, los villanos, esos solitarios del abismo en busca de una redención de la novela a la pantalla— están fielmente retratados y sus personajes muestran una gran complejidad psicológica inmersos en atmósferas opresivas que, como muchos otros elementos de la obra de Gavaldón, escapan de las fórmulas convencionales”, apunta Bonfil.

Hay de todo en esas tramas en donde encontramos, por ejemplo, la doble identidad, la personalidad dividida como en La otra (1946); o las vanidades desbordadas en La noche avanza (1951) y los amores contrariados por la fatalidad o el desencuentro, como lo sufrimos En la palma de tu mano (1950) o El niño y la niebla (1953) —que podemos ver completas en YouTube. 

La sala en los cincuentas era el Cine Balmori y las estrellas eran unas mujeres como Leticia Palma, Anita Blanch, Gloria Marín, Dolores del Río de una elegancia proustiana; María Antonieta Pons y María Félix, la Doña, tan mala actriz con bellos eran sus ojos y un cuerpo que deslumbraba a medio mundo a pesar de su voz de bajo profunda; Rosario Granados y Miroslava, la mujer de mármol que se quitó la vida en 1955 y Prudencia Grifell, la madre y luego la abuela bragada de la pantalla grande. 

Las actrices y sus dramas eran un tema de conversación cuando las parejas salían a los cabarets para ver a Tongolele bailar el mambo, tal como lo hacían en esa época en el cine los galanes como Víctor Junco, Pedro Armendáriz, Arturo de Córdoba, David Silva, Carlos López Moctezuma y Domingo Soler, uno más de la dinastía de actores.

Desde 1946 Roberto Gavaldón se asoció con José Revueltas para que fuera su guionista. Era un escritor y militante político, que pasó unos años en la cárcel por ser del Partido Comunista, pero que aportó argumentos y adaptaciones, como Vida robada hecha con el suspenso necesario y el crimen pasional de las hermanas gemelas con un conflicto de identidad con una Dolores del Río que actúa en función de su ambición. Bien contadas estas historias con unos guiones que nos mantienen al borde de la butaca, mientras se despliega sus historias, como lo pudimos recordar al ver este libro.

sábado, 24 de junio de 2017

En el verano: los sueños y los recuerdos

Ciudad de México, sábado 24 de junio, 2017.—

Claude Monet (1840-1926).
El pasado miércoles 21 fue el solsticio de verano, el día más largo del año cuando el sol llega a su extremo Norte antes de salir para curvar el cielo por más de doce horas de las 7:13 a las 20:36 en Guadalajara para que poco a poco vaya recortando su recorrido hasta que el 21 de diciembre llegue al extremo Sur marca del solsticio de invierno, cuando resulta ser el día más corto del año. 

Y así las cosas, cada vez que se acerca el verano, sueño, pienso y recuerdo esas temporadas cuando el tiempo se extendía como si las horas se hubieran estirado, vacías, para llenarlas vagando por las calles, jugando al tenis o nadando y esperando que llegara julio para pasar ese mes en Chapala, porque en agosto pasaban por mi a la Villa para pasar ese mes en el rancho de Santa Bárbara, cerca de Tepatitlán, con toda la familia paterna, como nunca en el año nos juntábamos y donde se platicaban historias de la vida y las tías Raquel y Anita sacaban los cirios a la hora de la tormenta inclemente y, todo esto, contrastaba con las fiestas que sucedían en Chapala desde que amanecía con algunos planes inocentes y divertidos como ir en burro hasta San Antonio para que aquellas que dudaban conquistar galán, ponerle veladoras a ese Santo, cruzando los dedos para que no resultara, como bien sabían en otros casos de los anti milagros, cuando su pareja resultaban ser como los protagonista de Mad Max; también le pedían a Dios que las agarrara confesadas porque en el verano, estando en Chapala, nacía el deseo tal vez por el yoduro de la laguna, provocando que las feromonas pulularan por los aires.

Era tiempo de andar con la camisa al aire y dejar que las horas marcharan a su ritmo desde que despertábamos —en casa de Foy Urrea—, mucho antes atacar con los tequilas de La Viuda y sus charales de botana, trazando en el aire esas ilusiones con las muchachas en flor que, transformadas —o serían nuestros nervios— con esos vestidos strapless, eran parte de la coreografía de la Consagración de la Primavera de Stravinski.

Soñar como se sueña cuando se es joven y el mundo está abierto a toda clase de posibilidades; ahora, cuando ya ha pasado el tiempo, meditamos al atardecer como en una pintura de Claude Monet en donde siempre me he imaginado ser el personaje de la barba blanca que trata de conciliar el pasado recorriendo los caminos que se bifurcaron mientras caminábamos entre la ilusión y la realidad, hasta confirmar que lo importante que es estar aquí y ahora.

Por la noche nos enfilábamos a la Villa de Monte Carlo en donde ya escuchábamos la música y el corazón se nos salía de la emoción de saber cómo nos iría esa noche, bailando bajo el laurel de la India con una luna que disfrutaba la algarabía asomándose entre el follaje para vernos bailar y hacernos un guiño para que no perdiéramos el ánimo. 

Algunas ya tenían la flor entreverada que, sólo de recordar su olor, caen, como las noches de lluvia, todos los veranos de mi adolescencia que pasé en Chapala disfrutado de la vida sin mayores ambiciones excepto estar ahí y entonces.

Enamorados del amor, admirando la belleza a más no poder, imaginando quién sería esa que mañana por la tarde-noche aceptara que descansáramos en su regazo durante la lunada sobre la arena de la playa, mientras veíamos, como no he vuelto a ver, una Luna roja e inmensa. Y después de estos recuerdos, mejor, como decía Octavio Paz, aquí me planto, habito mi presente.

sábado, 17 de junio de 2017

Salir en busca del tiempo perdido

Ciudad de México, sábado 17 de junio, 2017.—
 
Partitura-gráfica-poética de Arnaldo Coen.

Cuando en la apacible y silenciosa meditación salgo en busca del tiempo perdido, suspiro al recordar tantas cosas anheladas y, con esos viejos dolores, lamento perder el tiempo…, así empieza el Soneto 30 de Shakespeare que viene a cuento ahora que he escuchado, entendido y disfrutado, después de haberla conocido hace cuarenta años, Jaula, esa creación gráfica de Arnaldo Coen (1940-) y musical de Mario Lavista (1943-) en donde, el primero construye una partitura-gráfica que hace años me explicó en detalle, mientras que Lavista compuso una obra en homenaje a John Cage (1912-1992) el compositor norteamericano que usaba el azar para determinar sus notas, ritmos y silencios, que bien conocieron cuando vino a México en 1964 y los tres hicieron clic, para luego regalarle la obra gráfica y musical para piano-arreglado en cuatro notas: C (Do), A (La), G (Sol) y E (Mi), CAGE, como su nombre lo indica. 

La semana pasada Mario la interpretó como parte de una de las actividades de la exposición Arnaldo Coen: reflejo de lo invisible que montaron en la Galería Sur de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) de Xochimilco, en donde pudimos ver, entre otras piezas, una versión de la partitura-gráfica y, en este caso, también poética con textos de Francisco Serrano que fueron el escenario para la presentación del libro de Celia Fanjul Peña, Arnaldo Coen: donde empieza el silencio en el espacio tiempo, una tesis de maestría convertida en libro, con muchas y variadas interpretaciones de la obra de Arnaldo.

¿Dónde empieza el silencio? —se pregunta Eduardo Matos en el catálogo de la exposición y Arnaldo contesta: el silencio comienza donde se entretejen tiempo, espacio, forma y color. Sólo le faltó un ingrediente que únicamente nos puede dar un artista verdadero: genialidad.

El arte puede servir de terapia, como en este caso cuando salgo en busca del tiempo perdido, entretejido en el espacio por la obra de Coen y, en el tiempo con la obra musical de Lavista que es un fluir continuo, entrecortado por algunos silencios. 

La reunión empezó con la interpretación de Jaula mientras gozaba de esa explosión creativa de los dos artistas tanto en la obra musical como en la gráfica pues como escribió Andrés de Luna: sólo ahora, pasados los años y con otros bagajes de experiencia pueden verse los cuadros de Coen ligados a una cuestión musical. ¿Quién podría abolir los sonidos que están en la cabeza de un pintor ligado por vía materna a la música?

Las notas destempladas por ese piano-arreglado nos ofrecieron ritmos que recuerdan las percusiones orientales, golpeteos que se suceden entre breves espacios como si fueran el respiro de un caminar agitado por un laberinto para tomarnos, de tiempo en tiempo, un instante para saber a dónde vamos o si no hemos regresado donde hemos estado hace tiempo.

Los cubos de Coen (en su más pura estructura ósea) se pueden desplegar en sesenta y cuatro piezas como las mutaciones del I Ching que Cage usaba para inspirarse en el azar como podía ser el resultado de este hexagrama que pudo salir un día cualquiera, indicándole que… “cuando el agua esté por encima del fuego después de la consumación, el noble debe reflexionar sobre la desgracia para que se arme contra ella por anticipado” y con esto, Cage pudo haber tomado la sugerencia para incluirla, musicalmente hablando, para que fuese parte de su obra.

Ese día pude ver en acción a Coen y Lavista, desplegando su inteligencia y su galanura: el primero, con sus obras plástico-musicales alucinantes y, el segundo, improvisando ritmos con las cuatro notas intervenidas de CAGE y, los dos, sin perder el sentido del humor que los caracteriza, envueltos por la manta de sus obras que nos hacen un guiño que sonreímos como si fuéramos cómplices y que seamos nosotros los que improvisamos y completamos sus obras para que así perduren y se renueven.

sábado, 10 de junio de 2017

Entender el 'fenómeno Trump' entre otras cosas

Ciudad de México, sábado 10 de junio, 2017.— 

Paisaje de la calla de la Selva Negra en Friburg, i.Br., Alemania.
Dos grandes relatos ha escrito Yuval Noah Harari, profesor de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén como si fuesen dos extensas fotografías de la historia del hombre: con el primer relato conocimos el pasado prehistórico que tituló De animales a dioses (Debate, 2014), del que escribí una nota el 23.01.2015 que la pueden ver en Juego de espejos; el segundo relato es una visión para asomarnos al futuro, del que ya somos parte titulado Homo Deus (Debate, 2016), en donde hay dos capítulos que me han llamado la atención: con el primero pude entender el ‘fenómeno Trump’ a partir de la ‘realidad intersubjetiv", como lo explica Harari con otros ejemplos; con el capítulo de "La revolución humanista”, pude conectar eso que había experimentado desde que era joven, como fue ese proceso gradual de cambio interior que nos lleva de la ignorancia al esclarecimiento para que, desde entonces, tomara las riendas de la vida.

Harari describe las tres realidades que conocemos: la objetiva, esa que existe independientemente de nuestras creencias y sentimientos; la subjetiva, que depende de nuestras creencias y sentimientos personales y, por último, esa otra que me sirvió para entender varios fenómenos sociales una vez que define la realidad intersubjetiva, esa que depende de la comunicación que hay entre muchos seres humanos y no tanto en las creencias y sentimientos individuales. Cita como ejemplo, cuando Zeus y Hera eran dos poderes importantes el la vida del Mediterráneo y cómo es que, actualmente, carecen de toda autoridad porque nadie cree en ellos.

La realidad intersubjetiva existe pues, cuando creemos en lo que mucha otra gente asegura que existe, hasta que se convierte en algo creíble solo porque esos que nos rodean aseguran que es cierto, y forman una red en la que podemos quedar atrapados —como moscas en la telaraña—, pues, lo que dicen adquiere sentido si muchas personas entretejen esa red común de historias.

Imagino que los que forman estas redes se pueden convertir en fanáticos, esos seres apasionados y desmedidamente tenaces, sin sentido del humor que estás seguros que lo suyo es la verdad absoluta. Si entendemos esta realidad podemos entender el ‘fenómeno Trump’ y sus millones seguidores que creen todo lo que dice —aunque sean mentiras o verdades fuera de contexto— y que han formado una red en donde creen en lo que inventó su vocera como la falacia de una ‘realidad alternativa’.

También en este libro describe lo que es el humanismo moderno tal como lo que proponía von Humboldt (1769-1859) cuando aseguraba que sólo hay una cumbre en la vida: el medir las cosas a través del sentimiento de todo lo que es humano y, a partir de este razonamiento, Harari nos explica esa manera de ver la vida, y lo que es ese proceso gradual de cambio interior que nos lleva de la ignorancia al esclarecimiento, a través de la experiencia, sobretodo si hemos desarrollado una cierta sensibilidad de tal manera que le hayamos prestado atención a las sensaciones, emociones y pensamientos que fluyen de nuestro interior para hacerlos una parte importante de nuestra vida.

Cómo si hubiese sido ayer, tuve una especie de Epifanía uno de esos días cuando salía a caminar en 1964 por la calle de la Selva Negra en Freiburg, i.Br., Alemania, para escuchar ese pensamiento interior en donde me quedó claro que lo que uno hacía dependía de uno mismo y de las circunstancias y, con este pensamiento, pude tocar fondo. Desde entonces, tomo sólo en cuenta la fuente de conocimiento que surge de nuestro interior en forma de sensaciones, emociones y pensamientos para integrarlas y convertirlas en una autoridad máxima.

Hoy en día, las novelas, las películas y los poemas giran alrededor de los sentimientos porque, lo que más nos interesa, es lo que sentimos y lo que pasa dentro de nosotros… lo demás, es lo de menos.

sábado, 3 de junio de 2017

La pesadilla de la realidad intersubjetiva

Ciudad de México, sábado 3 de junio, 2017.— 


Por fin encontré una explicación para entender algunos de los fenómenos sociales en la historia del hombre y en la actualidad. Está en el capítulo “La chispa humana” (pp. 118-173) del libro Homo Deus, (Debate, 2017) de Yuval Noah Harari, en donde habla de las tres realidades que existen: la objetiva, es decir, esa que nadie puede debatir; la subjetiva, que depende de las creencias y sentimientos personales y, esta otra que es la clave para entender lo que sucede como fenómeno social: se llama ‘realidad intersubjetiva’ en donde creemos que algo existe porque son muchos que nos rodean los que creen que eso es cierto, sin importar las creencias ni sentimientos individuales.

Cuando todos los que están a nuestro alrededor y algunos más creen en algo, entonces podemos caer en esa red —como las moscas en una tela de araña— para creer algo que puede ser irreal, pero que asumimos como si fuera verdadera, aunque sólo es el resultado de la creencia de muchos.

Los que forman esta red se pueden convertir en fanáticos, como esos que son apasionados y desmedidamente tenaces, que carecen de sentido del humor porque creen que lo suyo es la verdad absoluta. Este tipo de realidad intersubjetiva la vemos ahora en acción con los seguidores de Trump que aceptan como si fuera una realidad lo que dice y le creen a Trump que, desde un principio definió su ‘realidad alternativa’ y son incapaces de aceptar que haya otros escenarios, pues si no están con ellos, están en su contra.

En su discurso, por demás comentado en donde se retira del Acuerdo de París, está lleno de falsas verdades y realidades subjetivas, como lo que dice Trump: “algunos de los países que han firmado el Acuerdo de París, se ríen de nosotros” y, uno se pregunta, ¿cómo se atreve a decir esto como si fuese una realidad objetiva, de dónde lo saca?, y le agrega, que “los que han firmado ese Acuerdo quieren abusar de ellos y ganarles mercado” porque cree que eso del calentamiento global es un invento de los chinos. ¿Lo pueden creer? Pues muchos lo creen y esos muchos han formado una red con esa realidad intersubjetiva que lo creen a pie juntillas.

Mientras escuchamos esto en tiempo real, nos preguntamos si se dará cuenta de lo que está diciendo, pues se comporta peor que los periodistas a los que les ha declarado la guerra como en esta paráfrasis con lo que decía Sor Juana a propósito de los hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis… 

Me ha costado trabajo entender cómo en ese país hay 62.9 millones de personas que votaron por este enfermo mental con un trastorno de personalidad narcisista, y se han convertido en fanáticos de un ser objetivamente ignorante, mentiroso, pagado de sí mismo, de muy corta visión que no ve nada más allá que su ego, como lo ha demostrado en los pocos meses encumbrado en el poder. 

Crea una realidad intersubjetiva cuando muchos de sus seguidores republicanos creen que lo que dice Trump es cierto aunque lo diga de una manera simple como una verdad a medias o simplemente falsa, incapaces de ver la realidad objetiva y ahora, sin importarles que potencialmente puede destruir el planeta Tierra. 

Les pasa igual que les pasó a los alemanes incapaces de ver la realidad real de lo que decía Hitler o, el Papa, en tiempos de las cruzadas en donde garantizaba que aquel que perdiera la vida se iba directo al cielo, como sus enemigos los musulmanes. 

Efectivamente, lo que creen muchos, les puede parecer que es cierto y que tiene sentido y de esta manera se va entretejiendo la red de historias que luego forman un bucle que se perpetúa a sí mismo —como dice Hariri.

Los pliegues de la historia están formados por esas realidades intersubjetivas y, por eso, “estudiar historia —dice Harari— implica contemplar cómo es que estas redes se tejen y se destejen para comprender que lo que en una época a la gente le parece lo más importante de su vida, se vuelve completamente absurdo para sus descendientes”.

domingo, 28 de mayo de 2017

¡Nomás no empujen!

Ciudad de México, domingo 29 de mayo, 2017.—

No necesariamente muerta. Acapulco II, Susana Laborde.
La exposición fue un éxito: se inauguró el sábado 27 de mayo, el mismo día que se llevó a cabo la Ruta de Galerías organizada por Christian Zárate y ahí estuvimos con Susana Laborde, feliz de la vida, explicando su trabajo, ese que empezó hace una década, con un tema que bien sabe tratamos de evitar porque tiene que ver con la muerte que nadie quiere saber y por ser lo único que no podemos evitar, nos cuesta trabajo aceptarla. Mucho menos hablar del proceso de muerte e imaginar cómo nos tocaría: si súbita, como en los partidos de tenis o, ¡toco madera!, en uno de esos degradantes y dolorosos finales que tardan en concluir y, cuando llega, los que necesariamente no estamos muertos, decimos: “¡Qué bueno que ya descansó!”

Una manera de ir aceptando la muerte es jugar con ella, cosa que en México somos expertos en toda clase de simulacros, imitaciones y parodias como esas que se producen el día de los muertos en donde Madame Lamort, la modista, ata y revuelve los inquietos caminos de la tierra, como decía Rilke en la quinta Elegía de Duino. Jugar con la muerte es una de tantas maneras que tenemos para digerirla, por eso, bailamos con la calaca o escribimos calaveras que ridiculizan la vida frente a la inevitable Parca.

Susana Laborde ha estado trabajando con este tema desde hace diez años y cuando viaja —la vida como un viaje sin retorno—, hace un alto en el camino y pone en escena su obra: ¿cómo me vería si hubiese muerto ahí, bocabajo? Entonces, la cámara registra esta simulación entre los colores de la vida y lo negro de su pantalón, de sus zapatos o de las suelas. No necesariamente muerta (NNM) es como se llama esta colección de fotografías, esta parodia en donde imita a la muerte para que los que vemos su trabajo nos detengamos un momento frente a esos ejercicios y esbocemos una sonrisa porque nos ponemos nerviosos al ver la escena y, como en algunos velorios lo que queremos es salir —en este caso al jardín del Taller Barragán— para celebrar la vida con euforia.

La obra de Susana se expuso en esos Talleres en donde, a pesar de que sabemos es un simulacro, se nos frunce un poco el estómago al imaginarnos que podría ser la propia muerte si un día, de manera inesperada, caemos bocabajo en uno de los jardines de las Lomas o en la playa de Tulum o en medio de las hojas del otoño en Toronto o recogidos por el carro de la basura en Londres o el aparente equilibrio sobre el arco superior de una portería en Tequisquiapan o en un campo en Jilotepec con un realismo como si lo viéramos en la prensa o, casi desnuda, en Ixtapa o en Acapulco donde el sol nos quema la piel.

Desde que Susana concibió esta idea empezó a registrar esas puestas en escena en unos lugares donde más se nos antoja estar vivos y coleando, pero ella aprovecha ese paisaje antes de colocarse bocabajo y que uno de sus asistentes le dispare —en el sentido fotográfico— y capte eso que ahora vemos, al tiempo que esbozamos una sonrisa frente a la ironía de la vida, porque sabemos que No necesariamente está muerta.

Son breves historias con un final como debe ser, poco antes de que le pongan una sábana encima y se convierta en polvo. Sí, es una parodia y por eso sonreímos al verla, sabiendo que nos quiere tomar el pelo que nos deja huella: ¡Sí, señores y señoras!, resulta que todos nos vamos a morir pero, como decía Alex Saldívar… ¡Nomás no empujen! 
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sábado, 27 de mayo de 2017

Dentro y fuera del triángulo amoroso

Ciudad de México, sábado 27 de mayo, 2017.— 


Dos amores tengo: uno me conforta y otro me desespera. Como dos espíritus, me tientan constantemente: el ángel bueno es un hombre bello y el espíritu maligno es una mujer de color enfermizo, así empieza el Soneto 144 en donde nos enteramos de las dificultades y los desvelos de la voz del poeta por andar escalando el triángulo amoroso entre el poeta, su amigo y la deliciosa y lasciva dark lady que recientemente se había enredado con el amigo. 

Fuensanta Cué Ochoa es una joven letrada que corrige la versión de Los Sonetos de Shakespeare que publicará Bonilla y Artigas Editores para presentarlo en la FIL-2017. Ustedes se pueden preguntar con razón… ¿qué hace un ingeniero químico del ITESO con una especialidad en matemáticas aplicadas de la Universidad de Freiburg, i.Br, Alemania, traduciendo los sonetos de Shakespeare? La respuesta es sencilla: por puro placer, para entenderlos mejor y para compartirlos con ustedes. Por eso les he dedicado un poco de tiempo durante los últimos diez años.

La voz del poeta asegura tener dos amores: el bueno y el malo; el que lo conforta y el que lo desespera a pesar de que la diablesa sedujo a mi mejor ángel y, tal vez por eso, se le ha encajado el vértice del triángulo para hacerle una herida, además de sufrir de la “fiebre francesa”, una enfermedad venérea como la que padecían los dos amigos por haber mojado la pluma en el mismo tintero y que esperan que pronto sea el diablo el que apague ese fuego que les quema las entrañas.

Y antes de terminar esta historia, de pronto escucha que le dicen “odio” y al escucharlo se quedó helado por un instante antes de oír que no era a él a quien odiaban para volver a respirar hondo, como lo escribió en la volta, esas dos líneas o versos con los que cierra el Soneto 145 cuando dice:

I hate” from “hate” away she threw,
and saved my life, saying “not you
”…

“Odio”, de ese odio que lanzó lejos
y salvó mi vida agregando: “pero no a ti”


Entonces, parece que le volvió el alma al cuerpo pero, para nuestra sorpresa, lo que escuchamos en medio de los odios es el apellido de quien le salvó la vida al poeta mismo: la esposa de Shakespeare, tal como lo escuchamos mientras retumbaba el “odio” (I hate), para decir que lejos (away), y concluir que lo odiaba… pero no a él, como escuchamos la primera línea de la volta el nombre de su salvadora ¡Hathaway!, (hate away), el apellido de la esposa de Shakespeare en este juego de palabras a tres bandas en donde ella y el poeta aparecen de la nada en este triángulo y vemos su imagen reflejada en el espejo por un instante, tal vez por el deseo inconsciente de apaciguar los demonios de la culpa por andar bailando en medio de ese triángulo amoroso —ficticio o real— y que ahora, es su esposa quien lo perdona, culpable como se sentía por estar lejos de casa, viviendo libre en Londres, con mucho éxito, envuelto en vaya usted a saber qué amores, hasta que de pronto, nos dice, disfrazada, esta intimidad, entre líneas y, con eso, se siente aliviado oyendo que Hathaway, empalmada entre la poesía y la realidad, no lo odia y lo perdona, para que el poeta se siente bien y deje de sudar tinta negra en esas noches de insomnio con todo y sus galgos morados, todo por andar enredado entre los dos catetos y la diagonal, dentro y al mismo tiempo fuera del triángulo.

Poco después, el poeta valentonado la ofende diciéndole que a pesar de que había jurado que era bella y brillante, resulta que era negra como el infierno y oscura como la noche y, como se pueden dar cuenta, hemos llegado al último acto, aunque el poeta, amable, no da su brazo a torcer y dice que, a pesar de todo, él ama lo que los demás aborrecen.

sábado, 20 de mayo de 2017

Leer y escuchar vuelve a ser lo mismo

Ciudad de México, sábado 20 de mayo, 2017.—

Portada de uno de los libros que se sabían de memoria.

“Leer es también ‘oír’ y ‘oír’ suele usarse para ‘leer’; que lector y leyente es también un oyente”, como cita Margit Frenk Entre la voz y el silencio (FCE, 2005), en donde nos explica que en el Siglo de Oro leer y escuchar quería decir lo mismo, como parece que vuelve a tener ese significado si los Centennials instalan la app que les dará acceso a miles de audiolibros publicados por Storytel, los suecos que ya tiene siete millones de títulos sonoros y preparan un catálogo de mil títulos para los lectores-oyentes en español.

En Don Quijote de la Mancha hay una escena (I. XXXV) en donde el cura lee en voz alta la Novela del curioso impertinente —en verdad, impertinente en muchos sentidos—, como era una de las que tenía el Ventero por si alguien quería leerla para entretener a los huéspedes, la mayoría analfabetos para que la escucharan esa noche mientras don Quijote llevaba a cabo “una brava y descomunal batalla con unos cueros de vino tinto que había en su cabecera”, creyendo que se trataba del gigante Pandafilando de la Fosca Vista, para que, tal como le había prometido a la princesa Micomicona, acabaría con esa amenaza. Al día siguiente, unos decían “que habían leído” la novela, y el cura le pagaba al Ventero los estropicios hechos por don Quijote.

Todo lo que recuerdo equivalente a esta experiencia fue la de escuchar a “Laco” Zepeda contando en Guadalajara en casa de Anís Díaz sus cuentos e historias que nos dejó con la boca abierta en donde no leía sino inventaba e improvisaba, pasando sin pasaporte las fronteras entre el país del realismo y el otro que estaba al lado y era mágico.

Ahora, tenemos la tecnología y podemos aprovechar el tiempo que tardamos en transportarnos de un lado al otro, que bien nos puede tomar hasta una hora, para que los jóvenes que usan todo el día sus audífonos puedan entretenerse oyendo-leyendo una de esas historia que irradian pura dicha ya sea por las voces de los que leen y nos dejan con la boca abierta, como Jeremy Irons como el profesor Humbert de la Lolita de Nabokov o Stephen Fry en las aventuras de Harry Potter o alguien como el poeta Lizalde con los cuentos de Juan Rulfo.

A los Centennials del XVI les decían ‘memoriones’ y eran unos jóvenes que podían aprenderse de memoria los parlamentos completos de las obras de teatro para luego, luego, dictarlos y fusilarse la obra sin tener que pagar derechos de autor.

El entusiasmo por los libros de caballería —escribió Margit Frenk— produjo portentos ‘memoriones’, por ejemplo, el fanático de los Palmerín de Olivia que se “los sabía de cabeza” o el escándalo del moro Román Ramírez, procesado por la Inquisición para morir en la cárcel (1599) ‘acusado de tener tratos con el diablo, pues era capaz de recitar de memoria muchos libros de caballería.’

Eran épocas en donde se desarrollaban otras capacidades como ahora, los nativos, las suyas que tienen que ver con la tecnología con la que se enteran de lo que se les interesa en tiempo real, pues manejan los celulares como nadie. Por eso digo que, si se les antoja, con esa app podrán leer lo mejor de la literatura mientras viajan o corren con esos audífonos que ya son una extensión de su cuerpo.

“Oye atento y del arte no disputes, que en la comedia se hallará modo que oyéndola se pueda saber todo”, como proponía Lope de Vega como lo podremos saber con Storytel cuando cubra el mercado hispano compuesto de unos 500 millones de individuos regados por el mundo con un buen porcentaje de analfabetos que volverán a esta edad en donde leer y escuchar vuelve a significar lo mismo.
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sábado, 13 de mayo de 2017

Del oficio a la obra de arte

Ciudad de México, sábado 13 de mayo, 2017.— 

Fotografía de Constelaciones prismáticas de Paolo Montalvo.

Un hombre convierte el oficio que tenga en obra de arte —como don José Hernández, plomero; Jesús Cabrera, carpintero o Rainer María Rilke, poeta en aquellos días que estuvo escribiendo sus elegías en el Duino, a la orilla del Adriático—, si tiene el don y las Musas los asisten para expresar en sus obras esa pasión que le permite transformar lo que haga con su oficio en una obra de arte, como ahora lo ha hecho Paolo Montalvo con sus fotografías de las Torres de Satélite mismas que ha expuesto en el Taller Luis Barragán —hasta el 25 de mayo—, como Constelaciones prismáticas, donde podemos hacer una lectura poética, visual y múltiple, producto de un trabajo de cinco años, para observar la luz, el espacio y los efectos que sucedían a cierta hora del día con esa geometría en fuga, hasta encontrar uno o varios de los misterios que hay en esas esculturas monumentales.

En estos días se cumplen 60 años de haber iniciado su construcción para luego convertirse en marca, señal o hito de una belleza tal como la que han disfrutado millones de automovilistas que, como los glóbulos rojos, corren por las arterias periféricas de la urbe.

Paolo dijo en la presentación que hizo el sábado pasado, que esa obra ha sido el resultado de una “contemplación silenciosa a lo largo de más de cinco años. Uno de los motivos por los cuales las Torres de Ciudad Satélite se han convertido en un hito de la creación artística del siglo XX en México, por que su realización correspondió más a la exaltación del sentimiento y la emoción que a la teoría y las fórmulas racionales de Luis Barragán y Mathias Goeritz que, como fuerzas complementarias, estuvieron al servicio de la belleza, sin olvidar a Jesús ‘Chucho’ Reyes Ferreira, para darles vida a esos cinco prismas monolíticos que, a sesenta años de distancia, conservan en su interior un mensaje luminoso.”

Si viajamos hacia el Norte vemos las vértices y sus efectos, y si regresamos a la ciudad, les vemos las espaldas que sostienen el esqueleto de esa marca en el espacio que delimita a las dos ciudades. marca que es de una belleza y dignidad como no lo he conocido en ninguna otra parte del mundo, bueno, tampoco he viajado mucho que digamos.

Algunas de las fotografías de Paolo Montalvo las hizo con su Polaroid, cuadradas, que con esfuerzo pueden ser un modesto e indirecto recuerdo del trabajo de Joseph Albers y su obra Homenaje al Cuadrado porque Montalvo apunta en otra dirección: la incidencia de las formas geométricas y sus colores en donde, el azul celeste, es un protagonista.

Pensé en las torres como la marca que hace referencia Shakespeare en el Soneto 116 cuando dice que el amor debe ser… “una marca inamovible que observa las tormentas y nunca se estremece; es la estrella de todos los gritos errabundos cuyo valor desconocen aunque midan su altura. El amor no es juguete del Tiempo a pesar de esos labios y mejillas rosadas de la hoz curvada por venir; el amor no se altera con las breves horas, ni con las semanas, sino que perdura hasta el borde de su ruina.”

Bien enmarcadas y mejor expuestas, las fotografías se convierten en una obra de arte donde podemos disfrutar de esos juegos geométricos y del color de las marcas inamovibles que se fugan por las alturas en busca de la eternidad mientras cortan con sus vértices al Céfiro, el viento del Sur y, si llegan de Occidente, nada más de verlas, hace tiempo, sabíamos que habíamos atracado en puerto seguro. Ahora, como decía Paolo Montalvo, “todo lo que vale la pena, empieza como un sueño” y “la belleza y el arte que escapan al ojo desnudo, son una invitación a la reflexión”, para tratar de explicarnos cómo es que Montalvo transformó su oficio en una obra de arte.

sábado, 6 de mayo de 2017

La errata del inconsciente

Ciudad de México, sábado 6 de mayo, 2017.—

Diagrama de los dedos de las manos para escribir.

¿Qué será lo que me quiere decir el inconsciente desde hace rato y no le he hecho caso hasta ahora? Resulta que cada vez que tecleo una palabra que termina en ‘amente’, como ‘dramáticamente’, escribo, no sé por qué, ‘amante’, y lo que garabateo es ‘dramaticamante’, para reconocer, una vez más, la errata del inconsciente.

Se trata de uno de esos mecanismos que existen y que conocí hace años cuando estuve en psicoanálisis (1965-1975). Por eso, ahora puedo reconocer el origen de lo que me pasa y que no pudo remediar. Puede ser uno de esos deseos o una especie de nostalgia agazapada en alguna parte de nuestro ‘yo’, allá donde se deposita lo que pasa por encima o por debajo del consciente, sin saber, bien a bien, por dónde es que se cuela. 

Pero, eso sí, cada vez que quiero escribir ‘peligrosamente’, funciona esta extraña conexión entre los dedos índices de las manos (que son con los que escribo, hasta eso, con buena velocidad), en donde el espíritu chocarrero de las erratas atacan de nuevo y resulta que sale ‘peligrosamante’ en un especie de lapsus digitus que estoy tratando de exorcizar, aunque tal parece que no es algo tan críptico porque sé que viene ‘directamante’ del inconsciente —de plano, lo dejo así para que ustedes entiendan mejor lo que me pasa. Sin ser experto en la materia, he descubierto la fuerza y el poder del inconsciente, sabiendo que es una instancia cuyos contenidos aparecen en algún momento dado en los sueños, en los lapsus, chistes, juegos de palabras, actos fallidos o síntomas que, según Freud, tienen la particularidad de ser a la vez algo interno al sujeto y externo a la consciencia, que aparece cuando se le antoja.

‘Amante’… de eso se trata, como la paráfrasis del famoso monólogo de Hamlet ‘ser o no ser’, tal como lo tradujo Tomás Segovia en donde, en lugar de que vaya seguido de… ese es el problema, prefirió hacerlo con… de eso se trata, como ‘efectivamante’ (una vez más, ¿no les digo?) hay que considerarlo en esta vida.

Alejándome de esos asuntos filosóficos, vuelvo al tema que traigo entre ceja y ceja o entre dedo y dedo este asunto porque, ‘definitivamante’ recuerdo que cuando nuestra pareja la vivimos como tal, vivimos esa carga emocional tan atractiva porque resulta ser un tipo de amor que nos permite convertir lo temporal en eterno y, muchas veces, nos hace perder la razón para entrar, si es que así se puede decir, allí donde no existe el tiempo, para fundirnos en el paraíso de lo eterno.

No falla: el inconsciente me quiere decir algo que tiene que ver con aquello que está a flor de piel y que, por lo pronto, sale a flote abandonado su casillero, para que quede por escrito, tomado directo del inconsciente, queramos o no.

Es una errata diferente a la que ya les he contado —que me cae muy en gracia, como buen editor— y que aparecerá en mi próximo libro Fe de erratas, en la vida de un editor improvisado (Bonilla y Artigas Editores, 2017), en donde cuento lo que le pasó a Blasco Ibáñez cuando se levantaba la tipografía con letras de plomo para formar la caja de texto. El manuscrito decía: “Aquella mañana doña Manuela se levantó con el ceño fruncido”, pero lo que apareció en el libro fue que doña Manuela “se levantó con el coño fruncido”, como nos puede pasar a cualquiera de nosotros, es decir, la errata, no la manera como amaneció doña Manuela quien, por culpa del inconsciente del tipógrafo, como la de su servidor, se vio rebasada por el inconsciente que siempre llega de manera inesperada para causar un cierto desasosiego.
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sábado, 29 de abril de 2017

Miento, luego existo

Ciudad de México, sábado 29 de abril, 2017.— 

Paisaje noruego con esas rocas filosas como cuchillos
Peer Gynt es una de las obras de teatro de Henrik Ibsen (1828-1906) que vino a colmar esa grieta en mi alma que se produjo alrededor de 1991, el año en que murió mi madre. Es una obra sin muros ni fronteras entre la realidad y la fantasía en donde muere Aase, la madre de Peer, después de que éste la ha llevado volando hasta la puerta de San Pedro en una escena donde Ibsen parece que puso el dedo en la llaga y tuve una catarsis como nunca antes ni después he tenido.

Con el relato de esa escena terminé el seminario en el MUAC-2017: Colmar las grietas del alma con Shakespeare, Chejov e Ibsen en donde tuve la oportunidad de compartir siete obras que, de alguna manera, aliviaron algunas de esas ‘fisuras de la psique’, como decía Stephen Greenblatt. 

Peer Gynt mentía de manera compulsiva y patológica, falseando la realidad para hacerla más tolerable. Creó una imagen de sí mismo e intentó convertir en realidad su delirio de grandeza. Mentía sin considerar las consecuencias y construyó varias historias con las que sostenía sus engaños como lo hizo Ulises en la Odisea de Homero o el famoso Félix Krull de Thomas Mann o Don García en La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón.

Ulises no vacila en inventarse falsas biografías. Cuando cuenta episodios extraños y maravillas increíbles, prodigios inauditos, cuenta la verdad; cuando expone una historia verosímil, está urdiendo una mentira provechosa, como dice Carlos García Gual. 

Don García inventa haber dado una fiesta que nunca dio, pero les cuenta detalles que empieza diciendo que en las opacas sombras y opacidades espesas que el Soto formaba de olmos, y la noche de tinieblas, se ocultaba una cuadrada, limpia y olorosa mesa, a lo italiano curiosa, a lo español opulenta…, describiendo la fiesta donde había con todo y esas frutas que bien conocía Ruiz de Alarcón porque había nacido y crecido en la Nueva España.

Aase está muy enojada porque su hijo en lugar de traer leña, o piezas de sus cacerías le cuenta puras mentiras, por eso, lo primero que oímos es un categórico ¡Mientes Peer! y él le contesta que no, que no ha mentido para nada. En realidad esa era la manera en que Peer pudo sobrevivir aplicando aquello de… miento, luego existo, como si fuese la cita de Vargas Llosa en un anuncio en El País: En la literatura siempre encontré la verdad de las mentiras.

Relacioné el Cuarto Cuadro del Tercer Acto lo que, por mi parte, viví con mi madre cuando tenía su cabeza claridosa, aunque sus facultades se habían venido a menos o a casi a nada: ya no podía hablar desde hacía años porque se le pegaron las cuerdas vocales y, por eso, hablaba a señas o con los ojos, con esos ojitos sumidos que le brillaban cuando podía respirar normalmente y no tenía la angustia de los sofocos respiratorios… había días que se la pasaba luchando sólo para poder respirar.

Cuando iba a verla, se me ocurría distraerla contándole historias de El Economista que recién había fundado, así como, la fatiga y la angustia de hacerlo y mis relaciones con los Secretarios de Estado o las comidas con ellos y lo que era llegar a casa a las tres de la mañana y tratar de dormir pensando en Cova —su madre y mi abuela—, porque pensaba escribir un día su vida como novela, tal como la publiqué años después en 1995 como las Confesiones de Maclovia.

Cuando tenía que regresar a México no podía contenerme. Tal vez por eso, cuando terminó el cuadro de Peer Gynt, salí corriendo después de ver cómo es que moría Aase mientras Peer le contaba sus historias entre ellas que la llevaba volando con San Pedro donde se encargaría de que la dejaran entrar sin problemas. Mientras oía esto, sin voltear a verla, Aase había expirado.