sábado, 17 de junio de 2017

Salir en busca del tiempo perdido

Ciudad de México, sábado 17 de junio, 2017.—
 
Partitura-gráfica-poética de Arnaldo Coen.

Cuando en la apacible y silenciosa meditación salgo en busca del tiempo perdido, suspiro al recordar tantas cosas anheladas y, con esos viejos dolores, lamento perder el tiempo…, así empieza el Soneto 30 de Shakespeare que viene a cuento ahora que he escuchado, entendido y disfrutado, después de haberla conocido hace cuarenta años, Jaula, esa creación gráfica de Arnaldo Coen (1940-) y musical de Mario Lavista (1943-) en donde, el primero construye una partitura-gráfica que hace años me explicó en detalle, mientras que Lavista compuso una obra en homenaje a John Cage (1912-1992) el compositor norteamericano que usaba el azar para determinar sus notas, ritmos y silencios, que bien conocieron cuando vino a México en 1964 y los tres hicieron clic, para luego regalarle la obra gráfica y musical para piano-arreglado en cuatro notas: C (Do), A (La), G (Sol) y E (Mi), CAGE, como su nombre lo indica. 

La semana pasada Mario la interpretó como parte de una de las actividades de la exposición Arnaldo Coen: reflejo de lo invisible que montaron en la Galería Sur de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) de Xochimilco, en donde pudimos ver, entre otras piezas, una versión de la partitura-gráfica y, en este caso, también poética con textos de Francisco Serrano que fueron el escenario para la presentación del libro de Celia Fanjul Peña, Arnaldo Coen: donde empieza el silencio en el espacio tiempo, una tesis de maestría convertida en libro, con muchas y variadas interpretaciones de la obra de Arnaldo.

¿Dónde empieza el silencio? —se pregunta Eduardo Matos en el catálogo de la exposición y Arnaldo contesta: el silencio comienza donde se entretejen tiempo, espacio, forma y color. Sólo le faltó un ingrediente que únicamente nos puede dar un artista verdadero: genialidad.

El arte puede servir de terapia, como en este caso cuando salgo en busca del tiempo perdido, entretejido en el espacio por la obra de Coen y, en el tiempo con la obra musical de Lavista que es un fluir continuo, entrecortado por algunos silencios. 

La reunión empezó con la interpretación de Jaula mientras gozaba de esa explosión creativa de los dos artistas tanto en la obra musical como en la gráfica pues como escribió Andrés de Luna: sólo ahora, pasados los años y con otros bagajes de experiencia pueden verse los cuadros de Coen ligados a una cuestión musical. ¿Quién podría abolir los sonidos que están en la cabeza de un pintor ligado por vía materna a la música?

Las notas destempladas por ese piano-arreglado nos ofrecieron ritmos que recuerdan las percusiones orientales, golpeteos que se suceden entre breves espacios como si fueran el respiro de un caminar agitado por un laberinto para tomarnos, de tiempo en tiempo, un instante para saber a dónde vamos o si no hemos regresado donde hemos estado hace tiempo.

Los cubos de Coen (en su más pura estructura ósea) se pueden desplegar en sesenta y cuatro piezas como las mutaciones del I Ching que Cage usaba para inspirarse en el azar como podía ser el resultado de este hexagrama que pudo salir un día cualquiera, indicándole que… “cuando el agua esté por encima del fuego después de la consumación, el noble debe reflexionar sobre la desgracia para que se arme contra ella por anticipado” y con esto, Cage pudo haber tomado la sugerencia para incluirla, musicalmente hablando, para que fuese parte de su obra.

Ese día pude ver en acción a Coen y Lavista, desplegando su inteligencia y su galanura: el primero, con sus obras plástico-musicales alucinantes y, el segundo, improvisando ritmos con las cuatro notas intervenidas de CAGE y, los dos, sin perder el sentido del humor que los caracteriza, envueltos por la manta de sus obras que nos hacen un guiño que sonreímos como si fuéramos cómplices y que seamos nosotros los que improvisamos y completamos sus obras para que así perduren y se renueven.

sábado, 10 de junio de 2017

Entender el 'fenómeno Trump' entre otras cosas

Ciudad de México, sábado 10 de junio, 2017.— 

Paisaje de la calla de la Selva Negra en Friburg, i.Br., Alemania.
Dos grandes relatos ha escrito Yuval Noah Harari, profesor de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén como si fuesen dos extensas fotografías de la historia del hombre: con el primer relato conocimos el pasado prehistórico que tituló De animales a dioses (Debate, 2014), del que escribí una nota el 23.01.2015 que la pueden ver en Juego de espejos; el segundo relato es una visión para asomarnos al futuro, del que ya somos parte titulado Homo Deus (Debate, 2016), en donde hay dos capítulos que me han llamado la atención: con el primero pude entender el ‘fenómeno Trump’ a partir de la ‘realidad intersubjetiv", como lo explica Harari con otros ejemplos; con el capítulo de "La revolución humanista”, pude conectar eso que había experimentado desde que era joven, como fue ese proceso gradual de cambio interior que nos lleva de la ignorancia al esclarecimiento para que, desde entonces, tomara las riendas de la vida.

Harari describe las tres realidades que conocemos: la objetiva, esa que existe independientemente de nuestras creencias y sentimientos; la subjetiva, que depende de nuestras creencias y sentimientos personales y, por último, esa otra que me sirvió para entender varios fenómenos sociales una vez que define la realidad intersubjetiva, esa que depende de la comunicación que hay entre muchos seres humanos y no tanto en las creencias y sentimientos individuales. Cita como ejemplo, cuando Zeus y Hera eran dos poderes importantes el la vida del Mediterráneo y cómo es que, actualmente, carecen de toda autoridad porque nadie cree en ellos.

La realidad intersubjetiva existe pues, cuando creemos en lo que mucha otra gente asegura que existe, hasta que se convierte en algo creíble solo porque esos que nos rodean aseguran que es cierto, y forman una red en la que podemos quedar atrapados —como moscas en la telaraña—, pues, lo que dicen adquiere sentido si muchas personas entretejen esa red común de historias.

Imagino que los que forman estas redes se pueden convertir en fanáticos, esos seres apasionados y desmedidamente tenaces, sin sentido del humor que estás seguros que lo suyo es la verdad absoluta. Si entendemos esta realidad podemos entender el ‘fenómeno Trump’ y sus millones seguidores que creen todo lo que dice —aunque sean mentiras o verdades fuera de contexto— y que han formado una red en donde creen en lo que inventó su vocera como la falacia de una ‘realidad alternativa’.

También en este libro describe lo que es el humanismo moderno tal como lo que proponía von Humboldt (1769-1859) cuando aseguraba que sólo hay una cumbre en la vida: el medir las cosas a través del sentimiento de todo lo que es humano y, a partir de este razonamiento, Harari nos explica esa manera de ver la vida, y lo que es ese proceso gradual de cambio interior que nos lleva de la ignorancia al esclarecimiento, a través de la experiencia, sobretodo si hemos desarrollado una cierta sensibilidad de tal manera que le hayamos prestado atención a las sensaciones, emociones y pensamientos que fluyen de nuestro interior para hacerlos una parte importante de nuestra vida.

Cómo si hubiese sido ayer, tuve una especie de Epifanía uno de esos días cuando salía a caminar en 1964 por la calle de la Selva Negra en Freiburg, i.Br., Alemania, para escuchar ese pensamiento interior en donde me quedó claro que lo que uno hacía dependía de uno mismo y de las circunstancias y, con este pensamiento, pude tocar fondo. Desde entonces, tomo sólo en cuenta la fuente de conocimiento que surge de nuestro interior en forma de sensaciones, emociones y pensamientos para integrarlas y convertirlas en una autoridad máxima.

Hoy en día, las novelas, las películas y los poemas giran alrededor de los sentimientos porque, lo que más nos interesa, es lo que sentimos y lo que pasa dentro de nosotros… lo demás, es lo de menos.

sábado, 3 de junio de 2017

La pesadilla de la realidad intersubjetiva

Ciudad de México, sábado 3 de junio, 2017.— 


Por fin encontré una explicación para entender algunos de los fenómenos sociales en la historia del hombre y en la actualidad. Está en el capítulo “La chispa humana” (pp. 118-173) del libro Homo Deus, (Debate, 2017) de Yuval Noah Harari, en donde habla de las tres realidades que existen: la objetiva, es decir, esa que nadie puede debatir; la subjetiva, que depende de las creencias y sentimientos personales y, esta otra que es la clave para entender lo que sucede como fenómeno social: se llama ‘realidad intersubjetiva’ en donde creemos que algo existe porque son muchos que nos rodean los que creen que eso es cierto, sin importar las creencias ni sentimientos individuales.

Cuando todos los que están a nuestro alrededor y algunos más creen en algo, entonces podemos caer en esa red —como las moscas en una tela de araña— para creer algo que puede ser irreal, pero que asumimos como si fuera verdadera, aunque sólo es el resultado de la creencia de muchos.

Los que forman esta red se pueden convertir en fanáticos, como esos que son apasionados y desmedidamente tenaces, que carecen de sentido del humor porque creen que lo suyo es la verdad absoluta. Este tipo de realidad intersubjetiva la vemos ahora en acción con los seguidores de Trump que aceptan como si fuera una realidad lo que dice y le creen a Trump que, desde un principio definió su ‘realidad alternativa’ y son incapaces de aceptar que haya otros escenarios, pues si no están con ellos, están en su contra.

En su discurso, por demás comentado en donde se retira del Acuerdo de París, está lleno de falsas verdades y realidades subjetivas, como lo que dice Trump: “algunos de los países que han firmado el Acuerdo de París, se ríen de nosotros” y, uno se pregunta, ¿cómo se atreve a decir esto como si fuese una realidad objetiva, de dónde lo saca?, y le agrega, que “los que han firmado ese Acuerdo quieren abusar de ellos y ganarles mercado” porque cree que eso del calentamiento global es un invento de los chinos. ¿Lo pueden creer? Pues muchos lo creen y esos muchos han formado una red con esa realidad intersubjetiva que lo creen a pie juntillas.

Mientras escuchamos esto en tiempo real, nos preguntamos si se dará cuenta de lo que está diciendo, pues se comporta peor que los periodistas a los que les ha declarado la guerra como en esta paráfrasis con lo que decía Sor Juana a propósito de los hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis… 

Me ha costado trabajo entender cómo en ese país hay 62.9 millones de personas que votaron por este enfermo mental con un trastorno de personalidad narcisista, y se han convertido en fanáticos de un ser objetivamente ignorante, mentiroso, pagado de sí mismo, de muy corta visión que no ve nada más allá que su ego, como lo ha demostrado en los pocos meses encumbrado en el poder. 

Crea una realidad intersubjetiva cuando muchos de sus seguidores republicanos creen que lo que dice Trump es cierto aunque lo diga de una manera simple como una verdad a medias o simplemente falsa, incapaces de ver la realidad objetiva y ahora, sin importarles que potencialmente puede destruir el planeta Tierra. 

Les pasa igual que les pasó a los alemanes incapaces de ver la realidad real de lo que decía Hitler o, el Papa, en tiempos de las cruzadas en donde garantizaba que aquel que perdiera la vida se iba directo al cielo, como sus enemigos los musulmanes. 

Efectivamente, lo que creen muchos, les puede parecer que es cierto y que tiene sentido y de esta manera se va entretejiendo la red de historias que luego forman un bucle que se perpetúa a sí mismo —como dice Hariri.

Los pliegues de la historia están formados por esas realidades intersubjetivas y, por eso, “estudiar historia —dice Harari— implica contemplar cómo es que estas redes se tejen y se destejen para comprender que lo que en una época a la gente le parece lo más importante de su vida, se vuelve completamente absurdo para sus descendientes”.

domingo, 28 de mayo de 2017

¡Nomás no empujen!

Ciudad de México, domingo 29 de mayo, 2017.—

No necesariamente muerta. Acapulco II, Susana Laborde.
La exposición fue un éxito: se inauguró el sábado 27 de mayo, el mismo día que se llevó a cabo la Ruta de Galerías organizada por Christian Zárate y ahí estuvimos con Susana Laborde, feliz de la vida, explicando su trabajo, ese que empezó hace una década, con un tema que bien sabe tratamos de evitar porque tiene que ver con la muerte que nadie quiere saber y por ser lo único que no podemos evitar, nos cuesta trabajo aceptarla. Mucho menos hablar del proceso de muerte e imaginar cómo nos tocaría: si súbita, como en los partidos de tenis o, ¡toco madera!, en uno de esos degradantes y dolorosos finales que tardan en concluir y, cuando llega, los que necesariamente no estamos muertos, decimos: “¡Qué bueno que ya descansó!”

Una manera de ir aceptando la muerte es jugar con ella, cosa que en México somos expertos en toda clase de simulacros, imitaciones y parodias como esas que se producen el día de los muertos en donde Madame Lamort, la modista, ata y revuelve los inquietos caminos de la tierra, como decía Rilke en la quinta Elegía de Duino. Jugar con la muerte es una de tantas maneras que tenemos para digerirla, por eso, bailamos con la calaca o escribimos calaveras que ridiculizan la vida frente a la inevitable Parca.

Susana Laborde ha estado trabajando con este tema desde hace diez años y cuando viaja —la vida como un viaje sin retorno—, hace un alto en el camino y pone en escena su obra: ¿cómo me vería si hubiese muerto ahí, bocabajo? Entonces, la cámara registra esta simulación entre los colores de la vida y lo negro de su pantalón, de sus zapatos o de las suelas. No necesariamente muerta (NNM) es como se llama esta colección de fotografías, esta parodia en donde imita a la muerte para que los que vemos su trabajo nos detengamos un momento frente a esos ejercicios y esbocemos una sonrisa porque nos ponemos nerviosos al ver la escena y, como en algunos velorios lo que queremos es salir —en este caso al jardín del Taller Barragán— para celebrar la vida con euforia.

La obra de Susana se expuso en esos Talleres en donde, a pesar de que sabemos es un simulacro, se nos frunce un poco el estómago al imaginarnos que podría ser la propia muerte si un día, de manera inesperada, caemos bocabajo en uno de los jardines de las Lomas o en la playa de Tulum o en medio de las hojas del otoño en Toronto o recogidos por el carro de la basura en Londres o el aparente equilibrio sobre el arco superior de una portería en Tequisquiapan o en un campo en Jilotepec con un realismo como si lo viéramos en la prensa o, casi desnuda, en Ixtapa o en Acapulco donde el sol nos quema la piel.

Desde que Susana concibió esta idea empezó a registrar esas puestas en escena en unos lugares donde más se nos antoja estar vivos y coleando, pero ella aprovecha ese paisaje antes de colocarse bocabajo y que uno de sus asistentes le dispare —en el sentido fotográfico— y capte eso que ahora vemos, al tiempo que esbozamos una sonrisa frente a la ironía de la vida, porque sabemos que No necesariamente está muerta.

Son breves historias con un final como debe ser, poco antes de que le pongan una sábana encima y se convierta en polvo. Sí, es una parodia y por eso sonreímos al verla, sabiendo que nos quiere tomar el pelo que nos deja huella: ¡Sí, señores y señoras!, resulta que todos nos vamos a morir pero, como decía Alex Saldívar… ¡Nomás no empujen! 
-->

sábado, 27 de mayo de 2017

Dentro y fuera del triángulo amoroso

Ciudad de México, sábado 27 de mayo, 2017.— 


Dos amores tengo: uno me conforta y otro me desespera. Como dos espíritus, me tientan constantemente: el ángel bueno es un hombre bello y el espíritu maligno es una mujer de color enfermizo, así empieza el Soneto 144 en donde nos enteramos de las dificultades y los desvelos de la voz del poeta por andar escalando el triángulo amoroso entre el poeta, su amigo y la deliciosa y lasciva dark lady que recientemente se había enredado con el amigo. 

Fuensanta Cué Ochoa es una joven letrada que corrige la versión de Los Sonetos de Shakespeare que publicará Bonilla y Artigas Editores para presentarlo en la FIL-2017. Ustedes se pueden preguntar con razón… ¿qué hace un ingeniero químico del ITESO con una especialidad en matemáticas aplicadas de la Universidad de Freiburg, i.Br, Alemania, traduciendo los sonetos de Shakespeare? La respuesta es sencilla: por puro placer, para entenderlos mejor y para compartirlos con ustedes. Por eso les he dedicado un poco de tiempo durante los últimos diez años.

La voz del poeta asegura tener dos amores: el bueno y el malo; el que lo conforta y el que lo desespera a pesar de que la diablesa sedujo a mi mejor ángel y, tal vez por eso, se le ha encajado el vértice del triángulo para hacerle una herida, además de sufrir de la “fiebre francesa”, una enfermedad venérea como la que padecían los dos amigos por haber mojado la pluma en el mismo tintero y que esperan que pronto sea el diablo el que apague ese fuego que les quema las entrañas.

Y antes de terminar esta historia, de pronto escucha que le dicen “odio” y al escucharlo se quedó helado por un instante antes de oír que no era a él a quien odiaban para volver a respirar hondo, como lo escribió en la volta, esas dos líneas o versos con los que cierra el Soneto 145 cuando dice:

I hate” from “hate” away she threw,
and saved my life, saying “not you
”…

“Odio”, de ese odio que lanzó lejos
y salvó mi vida agregando: “pero no a ti”


Entonces, parece que le volvió el alma al cuerpo pero, para nuestra sorpresa, lo que escuchamos en medio de los odios es el apellido de quien le salvó la vida al poeta mismo: la esposa de Shakespeare, tal como lo escuchamos mientras retumbaba el “odio” (I hate), para decir que lejos (away), y concluir que lo odiaba… pero no a él, como escuchamos la primera línea de la volta el nombre de su salvadora ¡Hathaway!, (hate away), el apellido de la esposa de Shakespeare en este juego de palabras a tres bandas en donde ella y el poeta aparecen de la nada en este triángulo y vemos su imagen reflejada en el espejo por un instante, tal vez por el deseo inconsciente de apaciguar los demonios de la culpa por andar bailando en medio de ese triángulo amoroso —ficticio o real— y que ahora, es su esposa quien lo perdona, culpable como se sentía por estar lejos de casa, viviendo libre en Londres, con mucho éxito, envuelto en vaya usted a saber qué amores, hasta que de pronto, nos dice, disfrazada, esta intimidad, entre líneas y, con eso, se siente aliviado oyendo que Hathaway, empalmada entre la poesía y la realidad, no lo odia y lo perdona, para que el poeta se siente bien y deje de sudar tinta negra en esas noches de insomnio con todo y sus galgos morados, todo por andar enredado entre los dos catetos y la diagonal, dentro y al mismo tiempo fuera del triángulo.

Poco después, el poeta valentonado la ofende diciéndole que a pesar de que había jurado que era bella y brillante, resulta que era negra como el infierno y oscura como la noche y, como se pueden dar cuenta, hemos llegado al último acto, aunque el poeta, amable, no da su brazo a torcer y dice que, a pesar de todo, él ama lo que los demás aborrecen.

sábado, 20 de mayo de 2017

Leer y escuchar vuelve a ser lo mismo

Ciudad de México, sábado 20 de mayo, 2017.—

Portada de uno de los libros que se sabían de memoria.

“Leer es también ‘oír’ y ‘oír’ suele usarse para ‘leer’; que lector y leyente es también un oyente”, como cita Margit Frenk Entre la voz y el silencio (FCE, 2005), en donde nos explica que en el Siglo de Oro leer y escuchar quería decir lo mismo, como parece que vuelve a tener ese significado si los Centennials instalan la app que les dará acceso a miles de audiolibros publicados por Storytel, los suecos que ya tiene siete millones de títulos sonoros y preparan un catálogo de mil títulos para los lectores-oyentes en español.

En Don Quijote de la Mancha hay una escena (I. XXXV) en donde el cura lee en voz alta la Novela del curioso impertinente —en verdad, impertinente en muchos sentidos—, como era una de las que tenía el Ventero por si alguien quería leerla para entretener a los huéspedes, la mayoría analfabetos para que la escucharan esa noche mientras don Quijote llevaba a cabo “una brava y descomunal batalla con unos cueros de vino tinto que había en su cabecera”, creyendo que se trataba del gigante Pandafilando de la Fosca Vista, para que, tal como le había prometido a la princesa Micomicona, acabaría con esa amenaza. Al día siguiente, unos decían “que habían leído” la novela, y el cura le pagaba al Ventero los estropicios hechos por don Quijote.

Todo lo que recuerdo equivalente a esta experiencia fue la de escuchar a “Laco” Zepeda contando en Guadalajara en casa de Anís Díaz sus cuentos e historias que nos dejó con la boca abierta en donde no leía sino inventaba e improvisaba, pasando sin pasaporte las fronteras entre el país del realismo y el otro que estaba al lado y era mágico.

Ahora, tenemos la tecnología y podemos aprovechar el tiempo que tardamos en transportarnos de un lado al otro, que bien nos puede tomar hasta una hora, para que los jóvenes que usan todo el día sus audífonos puedan entretenerse oyendo-leyendo una de esas historia que irradian pura dicha ya sea por las voces de los que leen y nos dejan con la boca abierta, como Jeremy Irons como el profesor Humbert de la Lolita de Nabokov o Stephen Fry en las aventuras de Harry Potter o alguien como el poeta Lizalde con los cuentos de Juan Rulfo.

A los Centennials del XVI les decían ‘memoriones’ y eran unos jóvenes que podían aprenderse de memoria los parlamentos completos de las obras de teatro para luego, luego, dictarlos y fusilarse la obra sin tener que pagar derechos de autor.

El entusiasmo por los libros de caballería —escribió Margit Frenk— produjo portentos ‘memoriones’, por ejemplo, el fanático de los Palmerín de Olivia que se “los sabía de cabeza” o el escándalo del moro Román Ramírez, procesado por la Inquisición para morir en la cárcel (1599) ‘acusado de tener tratos con el diablo, pues era capaz de recitar de memoria muchos libros de caballería.’

Eran épocas en donde se desarrollaban otras capacidades como ahora, los nativos, las suyas que tienen que ver con la tecnología con la que se enteran de lo que se les interesa en tiempo real, pues manejan los celulares como nadie. Por eso digo que, si se les antoja, con esa app podrán leer lo mejor de la literatura mientras viajan o corren con esos audífonos que ya son una extensión de su cuerpo.

“Oye atento y del arte no disputes, que en la comedia se hallará modo que oyéndola se pueda saber todo”, como proponía Lope de Vega como lo podremos saber con Storytel cuando cubra el mercado hispano compuesto de unos 500 millones de individuos regados por el mundo con un buen porcentaje de analfabetos que volverán a esta edad en donde leer y escuchar vuelve a significar lo mismo.
-->

sábado, 13 de mayo de 2017

Del oficio a la obra de arte

Ciudad de México, sábado 13 de mayo, 2017.— 

Fotografía de Constelaciones prismáticas de Paolo Montalvo.

Un hombre convierte el oficio que tenga en obra de arte —como don José Hernández, plomero; Jesús Cabrera, carpintero o Rainer María Rilke, poeta en aquellos días que estuvo escribiendo sus elegías en el Duino, a la orilla del Adriático—, si tiene el don y las Musas los asisten para expresar en sus obras esa pasión que le permite transformar lo que haga con su oficio en una obra de arte, como ahora lo ha hecho Paolo Montalvo con sus fotografías de las Torres de Satélite mismas que ha expuesto en el Taller Luis Barragán —hasta el 25 de mayo—, como Constelaciones prismáticas, donde podemos hacer una lectura poética, visual y múltiple, producto de un trabajo de cinco años, para observar la luz, el espacio y los efectos que sucedían a cierta hora del día con esa geometría en fuga, hasta encontrar uno o varios de los misterios que hay en esas esculturas monumentales.

En estos días se cumplen 60 años de haber iniciado su construcción para luego convertirse en marca, señal o hito de una belleza tal como la que han disfrutado millones de automovilistas que, como los glóbulos rojos, corren por las arterias periféricas de la urbe.

Paolo dijo en la presentación que hizo el sábado pasado, que esa obra ha sido el resultado de una “contemplación silenciosa a lo largo de más de cinco años. Uno de los motivos por los cuales las Torres de Ciudad Satélite se han convertido en un hito de la creación artística del siglo XX en México, por que su realización correspondió más a la exaltación del sentimiento y la emoción que a la teoría y las fórmulas racionales de Luis Barragán y Mathias Goeritz que, como fuerzas complementarias, estuvieron al servicio de la belleza, sin olvidar a Jesús ‘Chucho’ Reyes Ferreira, para darles vida a esos cinco prismas monolíticos que, a sesenta años de distancia, conservan en su interior un mensaje luminoso.”

Si viajamos hacia el Norte vemos las vértices y sus efectos, y si regresamos a la ciudad, les vemos las espaldas que sostienen el esqueleto de esa marca en el espacio que delimita a las dos ciudades. marca que es de una belleza y dignidad como no lo he conocido en ninguna otra parte del mundo, bueno, tampoco he viajado mucho que digamos.

Algunas de las fotografías de Paolo Montalvo las hizo con su Polaroid, cuadradas, que con esfuerzo pueden ser un modesto e indirecto recuerdo del trabajo de Joseph Albers y su obra Homenaje al Cuadrado porque Montalvo apunta en otra dirección: la incidencia de las formas geométricas y sus colores en donde, el azul celeste, es un protagonista.

Pensé en las torres como la marca que hace referencia Shakespeare en el Soneto 116 cuando dice que el amor debe ser… “una marca inamovible que observa las tormentas y nunca se estremece; es la estrella de todos los gritos errabundos cuyo valor desconocen aunque midan su altura. El amor no es juguete del Tiempo a pesar de esos labios y mejillas rosadas de la hoz curvada por venir; el amor no se altera con las breves horas, ni con las semanas, sino que perdura hasta el borde de su ruina.”

Bien enmarcadas y mejor expuestas, las fotografías se convierten en una obra de arte donde podemos disfrutar de esos juegos geométricos y del color de las marcas inamovibles que se fugan por las alturas en busca de la eternidad mientras cortan con sus vértices al Céfiro, el viento del Sur y, si llegan de Occidente, nada más de verlas, hace tiempo, sabíamos que habíamos atracado en puerto seguro. Ahora, como decía Paolo Montalvo, “todo lo que vale la pena, empieza como un sueño” y “la belleza y el arte que escapan al ojo desnudo, son una invitación a la reflexión”, para tratar de explicarnos cómo es que Montalvo transformó su oficio en una obra de arte.

sábado, 6 de mayo de 2017

La errata del inconsciente

Ciudad de México, sábado 6 de mayo, 2017.—

Diagrama de los dedos de las manos para escribir.

¿Qué será lo que me quiere decir el inconsciente desde hace rato y no le he hecho caso hasta ahora? Resulta que cada vez que tecleo una palabra que termina en ‘amente’, como ‘dramáticamente’, escribo, no sé por qué, ‘amante’, y lo que garabateo es ‘dramaticamante’, para reconocer, una vez más, la errata del inconsciente.

Se trata de uno de esos mecanismos que existen y que conocí hace años cuando estuve en psicoanálisis (1965-1975). Por eso, ahora puedo reconocer el origen de lo que me pasa y que no pudo remediar. Puede ser uno de esos deseos o una especie de nostalgia agazapada en alguna parte de nuestro ‘yo’, allá donde se deposita lo que pasa por encima o por debajo del consciente, sin saber, bien a bien, por dónde es que se cuela. 

Pero, eso sí, cada vez que quiero escribir ‘peligrosamente’, funciona esta extraña conexión entre los dedos índices de las manos (que son con los que escribo, hasta eso, con buena velocidad), en donde el espíritu chocarrero de las erratas atacan de nuevo y resulta que sale ‘peligrosamante’ en un especie de lapsus digitus que estoy tratando de exorcizar, aunque tal parece que no es algo tan críptico porque sé que viene ‘directamante’ del inconsciente —de plano, lo dejo así para que ustedes entiendan mejor lo que me pasa. Sin ser experto en la materia, he descubierto la fuerza y el poder del inconsciente, sabiendo que es una instancia cuyos contenidos aparecen en algún momento dado en los sueños, en los lapsus, chistes, juegos de palabras, actos fallidos o síntomas que, según Freud, tienen la particularidad de ser a la vez algo interno al sujeto y externo a la consciencia, que aparece cuando se le antoja.

‘Amante’… de eso se trata, como la paráfrasis del famoso monólogo de Hamlet ‘ser o no ser’, tal como lo tradujo Tomás Segovia en donde, en lugar de que vaya seguido de… ese es el problema, prefirió hacerlo con… de eso se trata, como ‘efectivamante’ (una vez más, ¿no les digo?) hay que considerarlo en esta vida.

Alejándome de esos asuntos filosóficos, vuelvo al tema que traigo entre ceja y ceja o entre dedo y dedo este asunto porque, ‘definitivamante’ recuerdo que cuando nuestra pareja la vivimos como tal, vivimos esa carga emocional tan atractiva porque resulta ser un tipo de amor que nos permite convertir lo temporal en eterno y, muchas veces, nos hace perder la razón para entrar, si es que así se puede decir, allí donde no existe el tiempo, para fundirnos en el paraíso de lo eterno.

No falla: el inconsciente me quiere decir algo que tiene que ver con aquello que está a flor de piel y que, por lo pronto, sale a flote abandonado su casillero, para que quede por escrito, tomado directo del inconsciente, queramos o no.

Es una errata diferente a la que ya les he contado —que me cae muy en gracia, como buen editor— y que aparecerá en mi próximo libro Fe de erratas, en la vida de un editor improvisado (Bonilla y Artigas Editores, 2017), en donde cuento lo que le pasó a Blasco Ibáñez cuando se levantaba la tipografía con letras de plomo para formar la caja de texto. El manuscrito decía: “Aquella mañana doña Manuela se levantó con el ceño fruncido”, pero lo que apareció en el libro fue que doña Manuela “se levantó con el coño fruncido”, como nos puede pasar a cualquiera de nosotros, es decir, la errata, no la manera como amaneció doña Manuela quien, por culpa del inconsciente del tipógrafo, como la de su servidor, se vio rebasada por el inconsciente que siempre llega de manera inesperada para causar un cierto desasosiego.
-->

sábado, 29 de abril de 2017

Miento, luego existo

Ciudad de México, sábado 29 de abril, 2017.— 

Paisaje noruego con esas rocas filosas como cuchillos
Peer Gynt es una de las obras de teatro de Henrik Ibsen (1828-1906) que vino a colmar esa grieta en mi alma que se produjo alrededor de 1991, el año en que murió mi madre. Es una obra sin muros ni fronteras entre la realidad y la fantasía en donde muere Aase, la madre de Peer, después de que éste la ha llevado volando hasta la puerta de San Pedro en una escena donde Ibsen parece que puso el dedo en la llaga y tuve una catarsis como nunca antes ni después he tenido.

Con el relato de esa escena terminé el seminario en el MUAC-2017: Colmar las grietas del alma con Shakespeare, Chejov e Ibsen en donde tuve la oportunidad de compartir siete obras que, de alguna manera, aliviaron algunas de esas ‘fisuras de la psique’, como decía Stephen Greenblatt. 

Peer Gynt mentía de manera compulsiva y patológica, falseando la realidad para hacerla más tolerable. Creó una imagen de sí mismo e intentó convertir en realidad su delirio de grandeza. Mentía sin considerar las consecuencias y construyó varias historias con las que sostenía sus engaños como lo hizo Ulises en la Odisea de Homero o el famoso Félix Krull de Thomas Mann o Don García en La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón.

Ulises no vacila en inventarse falsas biografías. Cuando cuenta episodios extraños y maravillas increíbles, prodigios inauditos, cuenta la verdad; cuando expone una historia verosímil, está urdiendo una mentira provechosa, como dice Carlos García Gual. 

Don García inventa haber dado una fiesta que nunca dio, pero les cuenta detalles que empieza diciendo que en las opacas sombras y opacidades espesas que el Soto formaba de olmos, y la noche de tinieblas, se ocultaba una cuadrada, limpia y olorosa mesa, a lo italiano curiosa, a lo español opulenta…, describiendo la fiesta donde había con todo y esas frutas que bien conocía Ruiz de Alarcón porque había nacido y crecido en la Nueva España.

Aase está muy enojada porque su hijo en lugar de traer leña, o piezas de sus cacerías le cuenta puras mentiras, por eso, lo primero que oímos es un categórico ¡Mientes Peer! y él le contesta que no, que no ha mentido para nada. En realidad esa era la manera en que Peer pudo sobrevivir aplicando aquello de… miento, luego existo, como si fuese la cita de Vargas Llosa en un anuncio en El País: En la literatura siempre encontré la verdad de las mentiras.

Relacioné el Cuarto Cuadro del Tercer Acto lo que, por mi parte, viví con mi madre cuando tenía su cabeza claridosa, aunque sus facultades se habían venido a menos o a casi a nada: ya no podía hablar desde hacía años porque se le pegaron las cuerdas vocales y, por eso, hablaba a señas o con los ojos, con esos ojitos sumidos que le brillaban cuando podía respirar normalmente y no tenía la angustia de los sofocos respiratorios… había días que se la pasaba luchando sólo para poder respirar.

Cuando iba a verla, se me ocurría distraerla contándole historias de El Economista que recién había fundado, así como, la fatiga y la angustia de hacerlo y mis relaciones con los Secretarios de Estado o las comidas con ellos y lo que era llegar a casa a las tres de la mañana y tratar de dormir pensando en Cova —su madre y mi abuela—, porque pensaba escribir un día su vida como novela, tal como la publiqué años después en 1995 como las Confesiones de Maclovia.

Cuando tenía que regresar a México no podía contenerme. Tal vez por eso, cuando terminó el cuadro de Peer Gynt, salí corriendo después de ver cómo es que moría Aase mientras Peer le contaba sus historias entre ellas que la llevaba volando con San Pedro donde se encargaría de que la dejaran entrar sin problemas. Mientras oía esto, sin voltear a verla, Aase había expirado.

sábado, 22 de abril de 2017

Los dioses usureros

Ciudad de México, sábado 22 de abril, 2017.—

Revisando la partitura de la Polonesa-Fantasía de Chopin.
Tuve que irme a caminar por esa playa donde baten las olas, escuchando sus arrullos constantes para subrayar esto y ver aquello que viene a cuento con esto que bien sabía Henrik… porque los dioses son, como se sabe, envidiosos, y cuando dan un año de felicidad a un simple mortal, lo apuntan como deuda y, al final de su vida, se la reclaman con intereses de usurero, tal como se la cobraron en la novela El último encuentro de Sándor Márai a Henrik, Konrad y la bella Krisztina.

Hay lecturas que se hacen cuando menos lo piensa uno, como cuando salta la liebre y nos damos cuenta de que es una joya, como esta que encontré en estas vacaciones como fue la novela en donde ese escritor húngaro demuestra su calidad ya que sabe tensar el arco al inicio y soltar la flecha al final para irnos a caminar por la playa a ver si así podemos digerir los conflictos entre esos tres personajes antes, en y después de haber vivido un feliz triángulo amoroso.

La amistad y la fidelidad, las advertencias del padre de Henrik, el General de la Guardia Imperial, cuando le dice a su hijo que su amigo era ‘diferente’ y que tiempo después lo relaciona con su madre porque también era ‘diferente’ por ser una condesa francesa, encerrada en una jaula de oro en el ámbito militar de Viena a la que tuvo que adaptarse para poder vivir al lado del General austriaco, disciplinado como pocos y con esos principios que heredó a su hijo quien, desde niño, hizo un pacto con si amigo Konrád, a pesar de que era ‘diferente’, porque le gustaba la música, era pobre y su madre era una polaca como Federico Chopin de quien interpretó un día al lado de la condesa la Polonesa-Fantasía, Opus 61 en la menor, como si fuese la versión musical de esta obra literaria.

Henrik se pasa cuarenta y un años esperando conocer la verdad de los hechos como si esperara el juicio final el día que recibió una nota de su amigo Konrád diciendo que pasaría a verlo después de haber huido hacía poco más de cuatro décadas.

El "qué hubiera pasado si" es algo que sólo podemos contestar si escribimos una novela, porque ahí es donde podemos elaborar las bifurcación de los caminos, las alternativas y desviaciones y los momentos en donde no pudimos seguir con nuestros amores porque sabíamos que se podía romper algo para que terminara abruptamente el juramento de fidelidad y, con eso, se hiciera una grieta enorme.

Mejor le damos de vueltas, una y otra vez a los hechos que imaginamos en detalle para entender lo que estuvo detrás de todo aquello, pues sabemos que es con los detalles que podemos entender lo esencial y, de esa manera, soportar la nostalgia por tantos años, anhelando los días cuando éramos tan felices.

Los que eran ‘diferentes’ al hijo del Guardia Imperial entendían la fidelidad, la disciplina, los valores, los principios y los juramentos de otra manera. Pero, como supo, la pasión se sobrepone a todo y, por eso, los ‘diferentes’ podían ser capaces de crear un vacío difícil de colmar. Henrik necesitaba saber la verdad, aunque la sabía por intuición, como esa que tienen los verdaderos cazadores.

Uno se puede identificar con Konrád, el diferente, porque le gustaba la música y, enamorado, no pudo mantener su juramento; o imaginarse como Henrik, el disciplinado como su padre, aunque de niño una día consideró que su padre era un poeta porque, según él, siempre estaba pensando en otra cosa y, finalmente, con Krisztina que manejó su fidelidad como Dios le dio a entender.

Mejor ver el ancho espaldar del océano y luego salir a caminar para pensar en otra cosa.
-->

sábado, 15 de abril de 2017

Para gozar la gloria...

Ciudad de México, sábado 15 de abril, 2017.—
Cambridge, Inglaterra.
Conozco pocas historias de amor tan apasionadas como la de Octavio Paz y Marie Jo Tramini desde el día que se conocieron en un barrio de Nueva Delhi en 1962, para vivir juntos a partir de 1964. Con ella a su lado escribió, entre miles de textos, una versión del Surandakanda cuando «Hanuman inspecciona el gineceo» y nos cuenta lo que había visto en esa estancia de las mujeres: «Aquellas que eran ríos: sus muslos, las riberas; las ondulaciones del pubis y del vientre, los rizos del agua bajo el viento; sus grupas y senos, las colinas y eminencias que el curso rodea y ciñe; los lotos, sus caras; los cocodrilos, sus deseos; sus cuerpos sinuosos, el cauce de la corriente…» como resultó la versión que nos ofrece Octavio Paz sobre esta saga.

Inspirado, en medio del movimiento, cuando su vida estuvo por un año en calma con ese silencio que tanto nos ayuda a ver desde otra perspectiva las mil y una imágenes, los recuerdos, los planes, las lecturas y los deseos que son parte del movimiento andando.

Mari Jo y Octavio en Cambridge.
Ese tiempo y espacio que tuvo Octavio Paz después de su renuncia en el 68, cuando aceptó la invitación de George Steiner para una Cátedra en Cambridge por todo un año a partir del mes de enero de 1970, donde llegó con Mari Jo a su lado para respirar hondo, conciliar sus ideas y escribir lo que sería El Mono gramático (de tan difícil lectura), antes de regresar a México para publicar la revista Plural de feliz existencia hasta el 76, cuando Echeverría en el poder, «le cobró la factura a Julio Scherer por romper con la tradición del periodismo dócil», como explicó Jenaro Villamil en Proceso.

Protegido en Inglaterra, como en su momento lo estuvo Erasmo de Rotterdam o Giordano Bruno huyendo de la Inquisición, Paz pudo renacer, alejado de las garras del poder, para evaluar su posición, considerar sus planes a futuro y permitir que Eros le tomara la mano sin que se la soltara. Hacía seis años que vivía con Mari Jo, esa corza que conoció en la India con quien se enamoró con una de esas pasiones como la que expresa en la traducción del poema To His Mistress Going to Bed (Elegía antes de acostarse) de John Donne (1572-1631), cuando estaba inspirado, como sucede si estamos al lado de la mujer que tanto nos gusta:

Ven, ven, todo reposo mi fuerza desafía… Tu ceñidor desciñe, meridiano que un mundo más hermoso que el del cielo aprisiona en su luz; desprende el prendedor de estrellas que llevas en el pecho por detener ojos entrometidos; desenlaza tu ser, campanas armoniosas nos dicen, sin decirlo, que es hora de acostarse.
   Ese feliz corpiño que yo envidio, pegado a ti como si fuese vivo: ¡fuera! Fuera el vestido, surjan valles salvajes entre las sombras de tus montes, fuera el tocado, caiga tu pelo, tu diadema, descálzate y camina sin miedo hasta la cama…

   Deja correr mis manos vagabundas atrás, arriba, enfrente, abajo y entre, mi América encontrada: Terranova, reino sólo por mí poblado, mi venero precioso, mi dominio.
   Goces, descubrimientos, mi libertad alcanzo entre tus lazos: lo que toco, mis manos lo han sellado.
   La plena desnudez es goce entero: para gozar la gloria las almas desencarnan, los cuerpos se desvisten.

Por este tipo de inspiraciones es que puede uno confirmar la pasión, el amor y la libertad que sentía Octavio Paz al lado de su mujer, al tiempo que meditaba, observaba y consideraba todo lo que podía hacer en el futuro en ese tiempo tan apacible y tan necesario como el que tuvo durante su estancia en Cambridge en 1970, entre los árboles y el río de esa ciudad, al lado de su mujer para que pudiera darle continuidad a sus ideas y llegara a plasmar su propia capacidad crítica, como la que tanto extrañamos tal como la fue desplegando, año tras año, hasta el día de su muerte.
-->

sábado, 8 de abril de 2017

Ya tiene sabor a sal mi pensamiento

Ciudad de México, sábado 8 de abril, 2017.— 

Paseo a orilla del mar de Joaquín Sorolla (1863-1923).
El mar, el mar, dentro de mí lo siento. Ya sólo de pensar en él, tan mío, tiene un sabor de sal mi pensamiento, como escribió José Gorostiza para leerlo, pensarlo y sentirlo antes de irnos a pasar unos días a la orilla del mar o ver la obra de Joaquín Sorolla para imaginar estar allí, rodeado de esas bellezas, con la brisa del atardecer y la sensación de tener las camisas al aire como a veces las traemos en vacaciones.

Estoy convencido del arte como terapia porque sé que es una manera de vernos reflejados o de recordar esos momentos cuando hayamos regresado y ya no estemos más en la playa para volver a ver el cuadro de Sorolla y recordar aquellos días cuando despreocupados caminábamos a la orilla del mar compartiendo el gesto complaciente de la esposa, de la hija o de la nieta, agradecidas de estar ahí y, fuera de la rutina, platicar de nuestras ilusiones, sueños y esperanzas —que nunca mueren—, antes de regresar a enfrentar los problemas ahora que hemos aprendido a vivir en la dificultad.

Ver la playa como la veía Sorolla con todo y los parasoles que las cuidan del sol y los beneficios de la brisa que humedece la piel y nos hace sentir que estamos en libertad o nos hace creer, por un momento, que los problemas se quedaron quién sabe dónde mientras volvemos a plantarnos, bien plantados, en el presente.

Sorolla ha de haber hecho todo eso que hizo por gusto y por eso pudo transmitir esos instantes durante sus vacaciones en la playa de Valencia donde pudo captar la luz y la alegría y todo parecía que todo estaba bien y que se podía alcanzar uno de los tantos sueños, parte de la vida, antes de que todo se convierta en silencio y negra negritud. 

Y como proponía Alain de Botton, de repente, voltear a ver Las nubes como las que pintó John Constable (1776-1837) para respirar hondo y reconocer que el espacio es más amplio que la cáscara de nuez donde vivimos o trabajamos y, al mismo tiempo, intentar reconocer si las que vemos son asperitas, las de los altos estratos o cavum, las del agujero bien puesto o cauda que tienen cola sin que se la pisen, y todas, en constante transformación para jugar a lo que se parecen: un camello, o una ballena, o un gigante gruñón.

Y otro día, tener tiempo para volver a ver el retrato de Madame Antonia Devaucay que hizo Ingres en 1807 y que tanto nos conforta al verla con la idea de sentarnos con ella a platicar de nuestra vida, seguros de que nos va a confortar o ver esas otras de Vermeer (1632-1675) para apreciar lo que se llama la ‘vida íntima’ como la de las mujeres que pintó en su casa de Delft: ya sea la que está embarazada y bien vestida de azul cielo, leyendo una carta de su amante o la que sirve la leche quitada de la pena o la joven de la perla o la que suspende su clase de guitarra para levantar la cabeza y soñar, por un instante, en el amor de sus amores.

A través del arte podemos conectar los deseos y apaciguar nuestras frustraciones para disfrutar un poco más de la vida íntima que tanto nos gusta en esta etapa de la vida y, darle así, el sentido y la dimensión que se merece.

Por lo pronto con el poema de Gorostiza y el cuadro de Sorolla se me hace tarde para irme a caminar a la orilla del mar, porque déjenme decirles que, para estas alturas, ya tiene un sabor a sal mi pensamiento.