viernes, 13 de enero de 2017

Entre la rubia y la morena

Ciudad de México, sábado 14 de enero, 2017.— 

Así era Penélope, como la chilena que conocí en Santiago.
Todos los sonetos del siglo XVI que se escribieron en Inglaterra giran alrededor de un modelo de belleza y sus amores imposibles en donde el poeta exalta sus características cercanas al ideal de esa sociedad, para tratarlas como a unas diosas que les declaraban su amor con toda clase de metáforas relacionadas con su belleza como un primer paso para llegar a la joi y culminar de esta manera su amor.

Ese fue el caso de Sir Philip Sidney (1554-1586) quien le dedicó 108 sonetos a Penélope Rich, condesa de Devonshire (1563-1607), quien fue su amor en la juventud: una mujer blanca, rubia con el pelo dorado y ojos negros como un cuervo. En cambio, Shakespeare (1564-1616), decide burlarse de ese modelo y escribe los últimos 27 sonetos como una ironía del modelo inglés, dedicados entonces a una «dark lady», una morena que parece era una locura.

«Estoy queriendo a una rubia y a una morena también…», como dice nuestra canción. Pero, por más que intentaba, no podía imaginarme qué tan bella podía ser una rubia de ojos negros como la señorita Rich, tal como la consideraba Philip Sidney, hasta que un día me topé con una igualita en Santiago de Chile —durante una feria del libro—, mientras comía con los hermanos Moure: Edmundo, el poeta y Antonio, mi amigo con quien trabajé en IBM de México en los 60’s. Cansados y sedientos pedimos un «pisco-sauer» doble, antes de atacar las ostras, los «locos» y las «machas» a la parmesana, con la correspondiente botella de vino. Estábamos en eso, cuando llegaron a nuestro lado dos chilenas: una rubia —falsa, pero rubia a fin de cuentas—, de ojos negros como los cuervos. ¡Es como Penélope Rich!, pensé por un segundo.

—Con su perdón —le dije, de la mejor manera posible y para sorpresa de mis amigos chilenos—, ¿me permite admirarla sin que sea para usted una molestia

Le expliqué que se parecía a esa condesa inglesa del siglo XVI, que era una belleza y que no había visto nunca en tiempo real, hasta que ella llegó a nuestro lado. Por eso, necesitaba que esa tarde me permitiera verla para poder opinar sobre ese tipo de belleza y los sonetos que le habían dedicado.

Se rió y aceptó, aunque estaba un poco sorprendida por el tipo de propuesta que nadie antes le había hecho. De esta manera, pude conocer y no sólo imaginar, cómo sería la modelo de los sonetos de Sidney. Anos años después, en casa, encontré a quienes se parecían a Emilia Bassano, la italiana de origen y posible «dark lady» de los sonetos de Shakespeare.

Sí, la rubia era de una belleza extraña: ojos negros, como capulines, cutis blanco y pelo rubio, como la chilena que encontré y que el poeta Moure no pudo resistirse, pues, sabiendo que se parecía a la modelo de los sonetos, le declamó dos que tres canciones de amor y un poema desesperado de Neruda.

Shakespeare dedicó los últimos 27 sonetos a sus amores con una morena para llevar la contra y que sus amigos se divirtieran un poco más. Lo extraño es que cuando se publicaron (1609), no hubo alguien que haya dicho algo: ni el joven amigo, ni los poetas, ni sus enemigos, ni la morena, ni los críticos… nadie en absoluto. Los había escrito para escandalizar diciendo de esa morenaza que sus ojos no eran como el sol, sus labios blancos como el coral y el pelo negro como alambres retorcidos y, cuando caminaba, parecía que pateaba la tierra y no como las diosas, pero que, a pesar de todo, era su amante y por eso, estaba dispuesto a desmentir cualquier falsa comparación.